Según los últimos datos del Ministerio de Sanidad un 16 por ciento de la población adulta y un 10,3 por ciento de la infantil padece obesidad. Como apunta la Organización Mundial de la Salud (OMS), por definición, esta patología se genera por un desequilibrio energético entre la ingesta de calorías y el gasto de las mismas. Uno de los grandes estigmas que arrastran las personas con esta enfermedad es que si padecen obesidad es porque quieren o porque no tienen la fuerza de voluntad suficiente para ajustar lo que comen y/o realizar actividad física para mantener un Índice de Masa Corporal (IMC) -que actualmente es todavía, es la medida más usada para determinar la presencia de esta enfermedad- por debajo de los niveles estipulados para que se considere que una persona tiene obesidad.
Pero esta percepción no se ajusta a la realidad. Cabe destacar que desde el año 1975 la obesidad se ha triplicado en todo el mundo. Desde la OMS apuntan que una de las causas es que ha aumentado la ingesta de alimentos más calóricos y se ha incrementado el sedentarismo. NO obstante, hay otros motivos. En palabras de Miguel López, catedrático del Departamento de Fisiología y director del Grupo de NeurObesidad del CiMUS en la Universidad de Santiago de Compostela (USC), “el control del balance de calorías, lo que comemos y gastamos en el organismo y el control del metabolismo es fundamentalmente central, pese a lo que pueda parecer inicialmente”. “Aunque la manifestación más evidente de la obesidad es la de una patología periférica (incremento de masa corporal, alteraciones metabólicas, diabetes, hígado graso o enfermedad cardiovascular, entre otras), el principal centro de control del balance energético está en el encéfalo, explica. Y es que, el papel que tienen los circuitos cerebrales en la obesidad es clave.
Alteraciones en los circuitos cerebrales
“Se sabe que hay una serie de circuitos hipotalámicos (y también en el tronco cerebral) que ‘sensan’ información periférica, y cuando no funcionan de manera correcta, pueden provocar la aparición de la obesidad”, precisa López. De hecho, apunta, “el gran desafío parar tratar la obesidad es poder acceder, por ejemplo, a esos circuitos hipotalámicos de manera segura y eso es complicado, porque todo lo que implique tratar patologías centrales es complejo”. “El encéfalo está muy bien protegido y la barrera hematoencefálica “decide” muy bien qué puede entrar (y que no) en él, agrega.
Los sistemas de recompensa también están vinculados. “Aunque sean áreas distintas que tiene que ver con mecanismos hedónicos, no muy distintos a los que pueden estar presentes en otros tipos de adicciones o situaciones que proporcionan placer, porque comer es un acto que se realiza no sólo porque tengamos hambre, sino también por el placer que produce ingerir algo que nos gusta; a esto también se suma a el componente social que implica el acto de comer, por ejemplo, en reuniones o fiestas”, desarrolla. Por ello, como resume López, aunque las personas quieren perder peso, hay muchos componentes que pueden dificultar este proceso. “El control de calorías tiene que ver con un componente homeostático, es mayormente hipotalámico y en el tronco cerebral; las áreas que tienen que ver con circuitos hedónicos están ubicadas en otras zonas del encéfalo, como el área tegmental ventral o el núcleo accumbens”, detalla.
En este sentido, López apunta a fallos en el sistema de control central como mecanismos fisiopatológicos que llevan a la obesidad. “Puede haber fallos en sistemas de señalización neuronales que hagan que una señal periférica que esté informando que hay que parar de comer o gastar más calorías, no funcionen; entonces, la gente que de manera crónica no tiene esta señal funcionando va a comer más y gastar menos; por ejemplo, este problema puede venir dado por fallos en el receptor de leptina o en el receptor 4 de melanocortinas”, aclara.
Así, si se da un fallo en alguno de los receptores mencionados, puntualiza López, “la señal anorexigénica que es la que hace que se deje de comer, y también pueda inducir a tener mayor gasto energético, deja de funcionar de manera apropiada”. Además, el investigador remarca que “mientras que las mutaciones en la señalización de leptina no son frecuentes, las patologías en las que está relacionado el fallo del receptor 4 de melanocortinas son una forma de obesidad monogénica relativamente abundantes”.
Líneas de investigación
Teniendo en cuenta la importancia de los circuitos cerebrales en la obesidad, la investigación farmacológica tiene uno de sus focos puesto en este ámbito. “La línea de investigación más importante en este momento se basa en el uso de incretinas, especialmente y multi-agonistas unimoleculares basados en GLP-1”, afirma López. “Hay toda una batería de fármacos que se están comercializando ya de manera activa para el control de la obesidad y los resultados son espectaculares, llegando a niveles similares que los alcanzados con la cirugía bariátrica”, expresa el investigador. El avance conceptual, además, que esta tecnología ha supuesto ha sido de gran importancia, no sólo para el tratamiento de la obesidad.
Sin embargo, hay otras vías igualmente efectivas, todavía en desarrollo. En este sentido el grupo de López, en el CiMUS, está desarrollando exosomas que permiten modular genéticamente mecanismos hipotalámicos que previenen la obesidad. “Mediante la inhibición de la función de la proteína AMPK en poblaciones neuronales muy específicas (en pocos miles de neuronas; posiblemente el mayor grado de especificidad alcanzado hasta el momento) del hipotálamo, usando exosomas, hemos conseguido revertir la obesidad inducida por dieta y la obesidad genética inducida por mutaciones en el receptor de leptina; además, sin ningún efecto secundario”. Estos datos publicados recientemente en Nature Metabolism y Metabolism abren una nueva vía terapéutica, altamente específica para el tratamiento de la obesidad.
Abordaje integral
Al tratarse de una enfermedad multifactorial, es necesario realizar un abordaje integral de los pacientes. “Llevar una dieta y un estilo de vida saludable es importante, no sólo para la obesidad en sí misma, sino a nivel metabólico”, señala López. Pero, más allá de que se pueda producir una ingesta de calorías superior a la recomendada, indica que “hay personas con obesidad en cierta medida por el ‘sorteo genético’ que les toca cuando comienza nuestro desarrollo embrionario; de hecho, estas personas poseen unos genes que son buenos desde el punto de vista de conservación de la energía y que hubieran sido beneficiosos en ambientes donde la comida no abundaba”, manifiesta. Y, contar con estos genes, agrega, “promueve la aparición de fenotipos obesos”.
Cabe destacar que, como enumera López, padecer obesidad puede conllevar comorbilidades como “el desarrollo de diabetes, hígado graso, algunos tipos de cáncer, enfermedad cardiovascular, osteoarticular o reumatoide e inflamación en general”. Con todo esto considera que, aunque hemos avanzado mucho como sociedad en cuanto al concepto de la obesidad, todavía queda camino por recorrer para acabar, de una vez, con el estigma asociado a aquellas personas que la padecen, proporcionando a los pacientes además el apoyo psicológico que sea necesario. “Todo el mundo empatiza con personas con otras enfermedades, pero la obesidad tiende a asociarse con poca fuerza de voluntad o malos hábitos y no es así, ya que el componente genético también influye, la mayor parte de personas con obesidad no lo han elegido, simplemente el componente genético les predispone a acumular calorías de manera más eficiente que a otras personas”, explica el experto.
En definitiva, López asegura que “hay que abordar la enfermedad de una manera integral por las diferentes implicaciones que tiene”.
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