¿Por qué la COVID-19 nos afecta diferente? La clave está en el género y el desgaste celular

Una investigación pionera del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) identifica el desgaste de los extremos cromosómicos como un biomarcador clave para anticipar complicaciones pulmonares crónicas, revelando que el virus "envejece" de forma diferente a cada género

La pandemia de SARS-CoV-2 ha dejado tras de sí un rastro de interrogantes médicos que la ciencia apenas comienza a descifrar por completo. Uno de los mayores desafíos actuales es el llamado COVID persistente y las secuelas crónicas en pacientes que sobrevivieron a cuadros críticos.

Ahora, un estudio liderado por el Centro Nacional de Microbiología (CNM-ISCIII) ha dado un paso de gigante al confirmar que el género del paciente influye de manera determinante en qué tipo de secuelas respiratorias sufrirá, basándose en el estado de sus telómeros.

Para comprender el alcance de este hallazgo, es necesario mirar hacia el interior de nuestras células. Los telómeros son secuencias genéticas situadas en los extremos de los cromosomas que actúan como una suerte de «capuchón protector» y reloj biológico. Su longitud disminuye de forma natural con el envejecimiento celular, y este acortamiento se ha vinculado históricamente con un mayor riesgo de padecer enfermedades crónicas.

En 2024, este mismo equipo de investigadores ya había demostrado que la COVID-19 grave provoca un acortamiento acelerado de estos telómeros. Sin embargo, la nueva investigación publicada en la revista Frontiers in Immunology va más allá, confirmando que este desgaste celular es un factor directamente asociado al desarrollo de complicaciones respiratorias graves un año después del alta.

Diferencias de género: de los síntomas a la fibrosis

La investigación, coordinada por Amanda Fernández Rodríguez y María Ángeles Jiménez Sousa, revela que la «cicatriz biológica» que deja el virus no se manifiesta igual en hombres que en mujeres. El estudio identifica patrones claramente diferenciados:

  • En las mujeres. El acortamiento de los telómeros se vincula estrechamente con la persistencia de síntomas clínicos. Las pacientes con telómeros más cortos al año del alta tienden a sufrir cuadros de disnea, dolor torácico, tos persistente y expectoración. Esta asociación fue especialmente notable en aquellas mujeres que, durante su estancia en la UCI, requirieron ser colocadas en decúbito prono (boca abajo) para mejorar su oxigenación.
  • En los hombres. El impacto es más estructural y radiológico. Tener telómeros cortos un año después de superar la infección se relaciona específicamente con el desarrollo de la enfermedad pulmonar parenquimatosa difusa (DPLD). Este hallazgo radiológico es especialmente preocupante, ya que sugiere el inicio de una fibrosis pulmonar o daño profundo en el tejido. Al igual que en las mujeres, este vínculo fue más fuerte en varones que precisaron ventilación mecánica invasiva o posicionamiento en decúbito prono.

    Radiografía de la investigación: 12 meses de seguimiento

    El rigor del estudio se apoya en un seguimiento exhaustivo de pacientes que ingresaron en Unidades de Cuidados Intensivos entre agosto de 2020 y abril de 2021. Las autoras principales, Raquel Behar Lagares y Ana Virseda Berdices, analizaron inicialmente a 49 personas durante su hospitalización, ampliando la muestra a 73 pacientes para la evaluación realizada un año después del alta.

    Para medir con precisión este desgaste genético, se utilizaron ensayos de PCR cuantitativa en tiempo real, lo que permitió determinar la longitud relativa de los telómeros en sangre en dos momentos críticos: el ingreso y doce meses después de la recuperación inicial. El trabajo ha contado con la colaboración vital del Hospital Universitario del Tajo y el Hospital Universitario Infanta Cristina, ambos en la Comunidad de Madrid.

    Hacia una medicina personalizada y de precisión

    Este descubrimiento abre una nueva vía para la gestión sanitaria de los supervivientes de la COVID-19. La longitud de los telómeros se perfila no solo como un dato científico, sino como un marcador pronóstico de secuelas respiratorias a largo plazo.

    Gracias a estos resultados, los sistemas de salud podrían implementar estrategias de seguimiento individualizado. Al conocer el estado de los telómeros y el género del paciente, los médicos podrían estratificar el riesgo de forma mucho más precisa: priorizando pruebas radiológicas en hombres con alto desgaste celular para detectar fibrosis temprana, o reforzando el tratamiento de síntomas persistentes en mujeres con perfiles similares.

    En definitiva, este estudio del ISCIII no solo ayuda a entender por qué el virus envejece nuestros pulmones, sino que proporciona las herramientas necesarias para que el seguimiento clínico sea más humano, preventivo y adaptado a la realidad biológica de cada individuo.


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