Un ensayo clínico internacional liderado por el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) ha sacudido uno de los pilares más arraigados en el tratamiento del infarto de miocardio: el uso rutinario de betabloqueantes tras el alta hospitalaria.
Los resultados del estudio REBOOT, publicados simultáneamente en The New England Journal of Medicine y The Lancet, concluyen que estos fármacos, prescritos durante más de cuatro décadas, no aportan beneficio a los pacientes que han sufrido un infarto no complicado y mantienen la función contráctil del corazón intacta.
El hallazgo, presentado en la sesión «Hot Line» del Congreso Europeo de Cardiología celebrado en Madrid, supone un cambio de paradigma en cardiología. Sin embargo, su difusión mediática ha generado ciertos matices que, según los propios investigadores, requieren aclaración para evitar alarmas innecesarias. En este contexto, Gaceta Médica ha hablado con Borja Ibáñez, investigador principal del estudio, director científico del CNIC, cardiólogo en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz y jefe de grupo en el CIBER de enfermedades cardiovasculares (CIBERCV), para profundizar en los hallazgos realizados y en la interpretación que deben tener.
Los hallazgos del ensayo REBOOT
El ensayo REBOOT (Treatment with Beta-Blockers after Myocardial Infarction without Reduced Ejection Fraction) incluyó a 8.505 pacientes de 109 hospitales en España e Italia. Tras un seguimiento medio de casi cuatro años, los investigadores comprobaron que no existían diferencias significativas en mortalidad, reinfarto o ingreso por insuficiencia cardíaca entre quienes tomaron betabloqueantes y quienes no.
«Los pacientes que han tenido un infarto y mantienen la función cardíaca totalmente preservada no obtienen beneficio de los betabloqueantes. En cambio, en aquellos con una función moderadamente reducida, entre el 40% y el 50%, sí hemos visto un efecto positivo», explica Ibáñez. Para reforzar esta conclusión, el equipo realizó un metaanálisis paralelo, publicado en The Lancet, que confirmó que los betabloqueantes sólo reducen el riesgo de muerte, nuevo infarto o insuficiencia cardiaca en pacientes con la función cardíaca deteriorada.
El impacto práctico de este hallazgo es enorme, pues en la actualidad entre el 60% y 70% de los pacientes que sobreviven a un infarto mantienen una función contráctil normal. «Hasta ahora, más del 80% eran dados de alta con betabloqueantes», señala Ibáñez. Esa práctica, vigente durante décadas, cambiará a partir de ahora. «El tratamiento actual del infarto está muy optimizado. Lo que hasta ahora se hacía era añadir a todo esto un betabloqueante, pero ahora ya no será necesario. Esto simplificará la medicación y permitirá optimizar el tratamiento de la tensión arterial con otros fármacos más eficaces. Además, evitaremos efectos secundarios incómodos como la fatiga, la bradicardia o la disfunción sexual», destaca el cardiólogo.
Obviar la evidencia científica
Al difundirse los resultados de REBOOT, varios titulares apuntaron a que los pacientes habían sido tratados de forma incorrecta durante décadas. Para Ibáñez, este enfoque es simplista y puede generar alarma injustificada. «No es correcto decir que se ha tratado mal a los pacientes. La comunidad cardiológica actuaba en base a la mejor evidencia disponible en los años 80, cuando los betabloqueantes demostraron reducir la mortalidad. El problema es que el tratamiento del infarto ha cambiado radicalmente. Hoy se abre la arteria ocluida de inmediato y el daño al corazón es mucho menor. En este nuevo escenario, algunos fármacos pierden su utilidad».
En este sentido, el propio Secretario de Estado de Sanidad, Javier Padilla, publicó en su cuenta de X su opinión sobre algunos titulares: «Es un despropósito increíble y obvia por completo la manera en la que se genera la evidencia en medicina».
De hecho, el investigador recuerda que no es la primera vez que se revisan dogmas médicos. «El oxígeno, la morfina o incluso la aspirina, que eran parte esencial del tratamiento en los años 80, hoy se usan de manera mucho más restringida o se cuestiona su utilidad a largo plazo», apunta.
Además, otra de las dudas más importantes que surgen en este contexto es si suspender de golpe los betabloqueantes en pacientes que ya los toman puede ser peligroso. Ibáñez despeja la incógnita: «Hemos publicado un trabajo paralelo en la revista europea EuroIntervention donde demostramos que retirarlos de forma brusca en el momento del alta no provoca efectos rebote. No hay riesgo vital. Pero eso sí, cada paciente debe consultar con su cardiólogo, porque puede que tome betabloqueantes por otros motivos, como arritmias o insuficiencia cardíaca».
Próximos avances en el estudio
Aunque REBOOT es el ensayo más grande jamás realizado sobre el tema, no es el único. Estudios en Noruega y Dinamarca han mostrado resultados parcialmente discordantes, sugiriendo un posible beneficio de los betabloqueantes en algunos subgrupos. Para zanjar el debate, los investigadores preparan un metaanálisis con casi pacientes que se publicará a finales de 2025. «Será la respuesta definitiva. Queremos que quede claro cuándo hay que dar betabloqueantes —si la función cardíaca está reducida— y cuándo no, que es la mayoría de los casos», avanza Ibáñez.
Otro aspecto que diferencia a REBOOT es su independencia de la industria farmacéutica. Más de 500 investigadores de 109 hospitales participaron sin recibir compensación económica. Para Ibáñez, este esfuerzo colectivo merece ser resaltado: «Es conmovedor ver cómo tantos profesionales han trabajado con el único objetivo de mejorar el tratamiento de los pacientes. Este proyecto demuestra el potencial de la ciencia española cuando se apuesta por un liderazgo científico sólido». La participación de instituciones como el CNIC, la Sociedad Española de Cardiología (SEC) y el CIBER de enfermedades cardiovasculares (CIBERCV) fue clave. «El éxito de REBOOT habla del gran potencial que existe en España para liderar ensayos clínicos con impacto mundial», subraya Ibáñez.
En perspectiva, el cardiólogo enmarca REBOOT como parte de la evolución histórica del tratamiento del infarto. «Cuando yo estudiaba medicina, el tratamiento del infarto era oxígeno, aspirina, betabloqueantes y morfina. Hoy sabemos que el oxígeno no aporta nada salvo en pacientes con hipoxia, la morfina apenas se utiliza y los betabloqueantes ya no son necesarios en la mayoría de los casos. Esto refleja cuánto ha cambiado la cardiología gracias a los avances en revascularización y manejo agudo», comenta.
Con REBOOT, se abre una nueva etapa en la estrategia terapéutica del infarto: menos medicación, tratamientos más personalizados y una mayor calidad de vida para los pacientes. El reto ahora será trasladar estas evidencias a las guías clínicas internacionales y comunicar a la población —sin alarmismos— que dejar atrás un fármaco histórico no significa retroceder, sino avanzar en la medicina basada en la evidencia.
