La pandemia de COVID-19 ha demostrado que los virus respiratorios pueden adaptarse con rapidez a su entorno, lo que se refleja en la aparición de las nuevas variantes del SARS-CoV-2. Estas variantes se han desarrollado, en gran medida, por mutaciones que permiten al virus mejorar su capacidad de transmisión y evadir las defensas inmunitarias. En este contexto, la investigación ha revelado que los pacientes inmunosuprimidos pueden desempeñar un papel fundamental en la evolución de estos virus, actuando como reservorios donde se generan mutaciones.
En el marco de Hemato2024, el Congreso Nacional de la Sociedad Española de Hematología y Hemoterapia (SEHH) y la Sociedad Española de Trombosis y Hemostasia (SETH), Adolfo García Sastre, profesor del Departamento de Microbiología y director del Instituto de Salud Global y Patógenos Emergentes de la Escuela de Medicina Icahn del Monte Sinaí de Nueva York, dio una conferencia educacional enfocada a la relación de la COVID-19 con los pacientes hematológicos inmunosuprimidos.
Para comprender este proceso de evolución viral, hay que remontarse a los primeros días de la pandemia, cuando circulaba lo que conocemos como el «prototipo» del virus SARS-CoV-2. Esta versión inicial del virus pronto fue reemplazada por variantes con características de transmisión mejoradas, como la mutación D614G, que incrementó su capacidad de infectar y se volvió predominante a nivel mundial. Desde entonces, variantes sucesivas como Alfa, Beta, Gamma y, más recientemente, Ómicron, han marcado diferentes fases de la pandemia. Cada una de estas variantes ha acumulado mutaciones que mejoran su supervivencia en un entorno donde la inmunidad preexistente en la población se vuelve cada vez más común.
Selección de mutaciones que favorecen la propagación
La selección de ciertas mutaciones responde a la necesidad del virus de sobrevivir y propagarse en un entorno cambiante. Por ejemplo, García Sastre explicó que en los primeros meses de la pandemia, «se observó que la mutación D614G, que afecta a la proteína de la espícula, confería al virus una mayor capacidad de unión al receptor ACE2 en las células humanas». Esta mutación aumentó significativamente la transmisibilidad del virus y rápidamente se volvió dominante, estando presente en prácticamente todas las variantes posteriores.
«La propagación de estas variantes se produce cuando una mutación permite al virus superar la inmunidad preexistente de la persona infectada», señaló el experto. Si el virus mutante logra infectar a alguien con cierta inmunidad, por ejemplo, una persona vacunada o que ya superó la enfermedad, entonces esta variante puede evadir la respuesta inmunitaria y comenzar a replicarse y transmitirse con éxito, generando más virus con esta capacidad. Esto es lo que ocurrió con varias variantes que fueron de preocupación.
El papel de los pacientes inmunosuprimidos
«Los pacientes inmunosuprimidos representan una situación particular y crítica en la evolución del virus SARS-CoV-2», explicó García Sastre. Debido a su sistema inmunológico debilitado, estos pacientes suelen tener infecciones prolongadas, ya que sus defensas no logran eliminar el virus con la misma rapidez que una persona con un sistema inmunitario funcional. «Esto da lugar a un ambiente en el cual el virus puede replicarse de manera sostenida y generar múltiples mutaciones», añadió.
En estos pacientes, el virus permanece activo durante más tiempo, lo que aumenta las posibilidades de que se generen variantes. «Aunque muchas de estas mutaciones pueden no tener impacto significativo, algunas pueden conferir al virus una ventaja adaptativa, ya sea en términos de evasión inmunológica o de mayor capacidad de transmisión», afirmó el especialista, que también explicó que «este fenómeno explica por qué algunas variantes surgen en individuos inmunosuprimidos y luego pueden propagarse a la población general».
En estudios realizados con modelos animales y cultivos celulares, se ha demostrado que ciertas mutaciones en la región de la proteína de la espícula, como aquellas que afectan el sitio de corte de la furina, aumentan la capacidad de transmisión y la infectividad del virus. El experto explicó que en un experimento con hámsteres, investigadores encontraron que el virus con ciertas mutaciones se propagaba de manera más efectiva y dominaba frente a otras versiones del virus cuando ambas variantes se encontraban en el mismo ambiente. «Esto refuerza la idea de que, en entornos donde el virus puede permanecer durante largos periodos, como en pacientes inmunosuprimidos, las mutaciones que incrementan su propagación son seleccionadas de manera natural», subrayó.
Variante Ómicron: evasión inmune y baja patogenicidad
La variante Ómicron fue sorprendente en la evolución del virus SARS-CoV-2. A diferencia de las variantes anteriores, Ómicron presenta una menor capacidad de fusión celular y se replica principalmente en las vías respiratorias superiores, lo que explica en parte su menor patogenicidad en comparación con variantes como Delta. Sin embargo, Ómicron se ha vuelto dominante en gran parte del mundo gracias a su habilidad para evadir la respuesta inmunológica. Esta capacidad le permite infectar a personas que ya han sido vacunadas o que se han recuperado de infecciones previas.
Esta variante acumula una gran cantidad de mutaciones en la región de unión al receptor y en la región de corte de la proteína de la espícula, lo que le permite evadir anticuerpos generados contra variantes previas. «Esta combinación de alta evasión inmune y menor patogenicidad ha hecho que Ómicron se propague rápidamente, aunque provoque síntomas menos graves en muchos casos», aseguró García Sastre. Sin embargo, las nuevas subvariantes de Ómicron han comenzado a mostrar un retorno a una mayor capacidad de fusión celular, lo que podría significar un cambio en su comportamiento y en su impacto clínico.
Estrategias para controlar nuevas variantes
«Para minimizar el riesgo de aparición de nuevas variantes, es fundamental implementar estrategias de control de infecciones en pacientes inmunosuprimidos, como en aquellos con cáncer, que reciben tratamiento inmunosupresor, o que tienen enfermedades crónicas debilitantes», afirmó el experto, ya que estas personas, al tener infecciones prolongadas, incrementan las posibilidades de generar variantes que pueden propagarse en las comunidades de personas.
Además, «es crucial desarrollar vacunas y tratamientos antivirales que ofrezcan una protección amplia y sostenida contra múltiples variantes del SARS-CoV-2», señaló García-Sastre, quien aseguró que «las vacunas de nueva generación, en investigación, apuntan a proteger no solo contra las formas graves de COVID-19, sino también a reducir la transmisión del virus, lo cual sería esencial para frenar su evolución». No obstante, los avances en los tratamientos antivirales y en la inmunoterapia pueden contribuir a reducir la duración de las infecciones en pacientes inmunosuprimidos, limitando la posibilidad de que el virus evolucione dentro de ellos.
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