Cerca de un tercio de los pacientes con linfoma presentan células tumorales que expresan el receptor CD30, lo que abre la puerta a la aplicación de un nuevo tratamiento dirigido. Esta misma característica se observa en los linfomas de células T, una forma de cáncer en la que los linfocitos T del sistema inmunitario se transforman en células malignas, y que hasta ahora ha resultado especialmente difícil de tratar.
En esta línea, la terapia con radionúclidos basada en el elemento radiactivo terbio muestra un alto potencial para combatir el linfoma de forma eficaz. Así lo reflejan los resultados prometedores obtenidos en los experimentos realizados por el Instituto Paul Scherrer (PSI), en colaboración con el Inselspital del Hospital Universitario de Berna. Los hallazgos del equipo se publicaron en la revista Journal of Nuclear Medicine. Actualmente, los investigadores están afinando esta estrategia terapéutica con el objetivo de iniciar ensayos clínicos.
Impacto de los linfomas
Los linfomas afectan cada año a más de 500.000 personas en todo el mundo y se asocian a más de 200.000 muertes anuales. Dentro de estos tumores hematológicos, los linfomas de células T constituyen un subgrupo poco frecuente y muy heterogéneo, con más de 20 tipos distintos identificados. Esta diversidad complica su abordaje clínico, ya que las manifestaciones pueden ir desde formas indolentes hasta otras altamente agresivas.
Actualmente, el tratamiento de los linfomas de células T es limitado y suele basarse en esquemas de quimioterapia con múltiples fármacos y, en algunos casos, trasplante de células madre. También se emplean terapias dirigidas, radioterapia e inmunoterapia, aunque con resultados dispares.
Entre las escasas opciones terapéuticas específicas se encuentra el conjugado anticuerpo-fármaco anti-CD30 brentuximab vedotin. No obstante, sus beneficios son moderados: la duración media de la respuesta a este tratamiento en monoterapia es de apenas 7,6 meses y su uso prolongado se ve restringido por la aparición de neuropatía periférica acumulada, un efecto adverso significativo.
En los casos más avanzados y en recaídas, especialmente en las variantes agresivas, el pronóstico sigue siendo muy complicado, con tasas de recaída que pueden alcanzar el 60%. Todo ello pone de manifiesto la necesidad urgente de desarrollar nuevas estrategias terapéuticas más eficaces y sostenibles.
Terapia con radionúclidos
La terapia con radionúclidos es una estrategia consolidada en la práctica clínica oncológica. En la actualidad, muchos hospitales la aplican utilizando el isótopo radiactivo lutecio-177, especialmente en el tratamiento del cáncer de próstata y de determinados tumores originados en células productoras de hormonas. Este compuesto emite partículas beta, es decir, electrones de alta energía y velocidad, que resultan eficaces para destruir masas tumorales de cierto tamaño.
Sin embargo, esta terapia presenta limitaciones frente a células tumorales aisladas o pequeños conglomerados celulares, que pueden escapar a la acción del lutecio-177 y favorecer la recaída del paciente. Esta característica la hace poco adecuada para el tratamiento del linfoma, una enfermedad en la que las células malignas pueden circular de forma dispersa por el torrente sanguíneo en lugar de agruparse en tumores localizados y visibles.
Por otro lado, el terbio-161 ofrece una ventaja significativa frente al lutecio-177: además de emitir partículas beta, también libera electrones de conversión y electrones Auger. Este tipo de radiación tiene un alcance extremadamente reducido, inferior a un micrómetro —el tamaño aproximado de una célula tumoral—, lo que permite una acción muy localizada.
Gracias a esta propiedad, el terbio-161 puede actuar de manera precisa en el entorno inmediato de las células tumorales, lo que lo convierte en una opción especialmente prometedora para el tratamiento de tumores pequeños o de células cancerosas individuales, como las que se encuentran en ciertos tipos de linfomas.
El terbio-161 destaca por su capacidad para emitir radiación de alta precisión, lo que permite atacar de forma más eficaz las células tumorales. Además, facilita la detección de pequeños focos de cáncer que podrían pasar desapercibidos en evaluaciones clínicas convencionales, lo que mejora el diagnóstico y el seguimiento del tratamiento.
Otra de sus ventajas es su vida media de 6,9 días, lo que significa que su actividad se reduce a la mitad en ese periodo. Este equilibrio resulta beneficioso para su uso clínico: permite que el fármaco sea transportado desde el lugar de producción hasta el hospital sin perder una cantidad significativa de su eficacia, y, al mismo tiempo, garantiza que los niveles de radiación desciendan rápidamente en el organismo tras el tratamiento, reduciendo el riesgo de efectos secundarios prolongados.
Nuevo principio activo
Los investigadores del Instituto Paul Scherrer desarrollaron un nuevo principio activo compuesto por el isótopo terbio-161 unido a un anticuerpo dirigido contra el receptor CD30, presente en ciertos tipos de células cancerosas. El equipo probó esta sustancia en el laboratorio utilizando tres líneas celulares que expresan CD30 y observó que, según el tipo de célula, el compuesto basado en terbio resultaba entre 2 y 43 veces más eficaz para eliminar células tumorales en comparación con su equivalente basado en lutecio-177.
Esta mayor eficacia se atribuye a la capacidad del terbio-161 para causar daños más severos en el ADN de las células cancerosas, daños que estas no pueden reparar, lo que conduce a su destrucción. En ensayos posteriores con modelos animales, los investigadores confirmaron que el fármaco se dirigía preferentemente al tejido tumoral.
En promedio, los ratones tratados con la formulación de terbio-161 duplicaron su supervivencia respecto a los tratados con lutecio-177, y en algunos casos, los animales quedaron completamente libres de cáncer tras el tratamiento.
Actualmente, el terbio-161 se está evaluando en varios ensayos clínicos como posible agente anticancerígeno. El estudio liderado por el PSI representa la primera vez que este compuesto se analiza como potencial tratamiento para el linfoma, con resultados prometedores que sugieren su posible eficacia también en pacientes humanos.