El consumo de alcohol ha demostrado ser un factor de riesgo en diversas patologías. Entre ellas, algunas enfermedades hepáticas o diversos tipos de tumores, situándose en 2019 como el noveno factor de riesgo de mortalidad prematura y discapacidad. No obstante, a lo largo de los años, se han realizado estudios controvertidos; mientras que algunos de ellos apuntan a los efectos perjudiciales del alcohol sin matices, otros han arrojado datos que atribuyen un posible efecto protector al consumo en bajas cantidades en determinadas patologías.
Ahora, una nueva investigación liderada desde el Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) aporta nuevas evidencias de que el consumo de alcohol no es beneficioso para la salud. Además, de este estudio se desprende que este consumo se acompaña de riesgos crecientes según aumentan las cantidades en el consumo. El estudio, que acaba de publicarse en la revista Addictive Behaviors, está liderado desde el Centro Nacional de Epidemiología del ISCIII, y su autor principal es Iñaki Galán Labaca.
En concreto, los resultados del estudio reflejan que, en comparación con los bebedores ocasionales infrecuentes (personas que consumen alcohol una vez al menos o menos), aquellas personas que beben bajan cantidades de alcohol (hasta 20 g/día, equivalente a dos cervezas o dos copas de vino) no presentan un menor riesgo de fallecer. Así, esta investigación aporta nuevos datos que contribuyen a refutar la idea de que beber alcohol en pequeñas cantidades podría ser beneficioso para la salud. Así, con los datos analizados, los investigadores concluyen que el consumo por debajo de 20 g/día no parece aumentar el riesgo de mortalidad, ni disminuirlo, a partir de esa cantidad el riesgo crece a medida que se incrementa el consumo de alcohol.
Sin embargo, los datos del estudio revelan que aquellas personas abstemias y ex bebedoras presentan un mayor riesgo de mortalidad que los bebedores ocasionales infrecuentes o aquellas personas que beben bajas cantidades de alcohol. También las personas que beben en exceso en episodios, especialmente aquellos que informan de un consumo episódico más frecuente, ven incrementado este riesgo.
La investigación ha utilizado datos de casi 44.000 personas mayores de 15 años incluidas en la Encuesta Nacional de Salud de 2011 y la Encuesta Europea de Salud de 2014, que fueron posteriormente cruzados con el registro de mortalidad hasta diciembre de 2021.
Enfoque integral
En palabras de Iñaki Galán, autor principal del trabajo, estos resultados indican que «los estudios que enfatizan que beber alcohol en cantidades moderadas puede ser bueno para la salud, están basados en utilizar como referencia a las personas abstemias, categoría que no es una buena referencia ya que por distintas razones tienen un peor estado de salud y un mayor riesgo de mortalidad. Por este motivo, se puede estar difundiendo un mensaje de salud pública muy equivocado”.
El trabajo también está firmado por las investigadoras del CNE-ISCIII Julia Fontán, Cristina Ortiz, Teresa López-Cuadrado, María Téllez y Esther García-Esquinas. Como plantea la Organización Mundial de la Salud, no existe un umbral de seguridad que garantice la ausencia de riesgo en el consumo de alcohol, por lo que el mensaje que debe recomendarse es el de “alcohol, cuanto menos mejor”, concluye Iñaki Galán.
En el estudio se recoge también la necesidad de profundizar en determinados datos, dadas las limitaciones del estudio. Entre ellas identifican que la información se basa en datos autodeclarados de los participantes, lo que puede dar lugar a ciertos sesgos; también, señalan que no han conseguido la potencia estadística suficiente para hacer un análisis de subgrupos que aporte más datos concretos sobre diferentes cohortes y el efecto de los diferentes consumos de alcohol en cada una de ellas.
No obstante, los investigadores destacan como punto fuerte del estudio la representatividad de la muestra de la población residente en España, lo que refuerza la validez externa de las asociaciones; también destacan el enfoque integral del mismo mediante ajustes por salud percibida, limitación funcional y antecedentes de enfermedades crónicas. Asimismo, se realizaron varios análisis de sensibilidad para evaluar la consistencia de las asociaciones observadas en el estudio.
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