Un estudio publicado en la revista científica The Lancet Infectious Diseases, realizado por investigadores de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), respalda el uso de nuevos antivirales orales como una herramienta clave para reducir las formas graves de la COVID-19.
Los expertos Vicente Soriano y Víctor Moreno Torres, especialistas en medicina interna, destacan que estos fármacos, entre ellos ensitrelvir, deuremidivir y mindeusivir, han demostrado una mayor capacidad para reducir la replicación viral, lo que contribuye a disminuir tanto la gravedad de los síntomas como la capacidad de contagiar de la enfermedad.
«Los nuevos antivirales orales frente al SARS-CoV-2 se prescribirán tanto en pacientes hospitalizados como ambulatorios con riesgo de desarrollar formas graves», afirmó Soriano. «Además, se está explorando la posibilidad de administrar medicación antiviral como profilaxis en pacientes con mayor riesgo de complicaciones (obesos, diabéticos, etc.)», señaló.
El estudio analiza las limitaciones de los antivirales actuales, como remdesivir, molnupiravir y nirmatrelvir, en comparación con las ventajas de los nuevos fármacos en fases avanzadas de desarrollo, que presentan menor toxicidad y reducen las interacciones medicamentosas.
Uno de los estudios más recientes examinó una cohorte retrospectiva de 50.055 pacientes con COVID-19, de los cuales 15.242 (30%) recibieron tratamiento con nirmatrelvir-ritonavir en los cinco días posteriores al inicio de los síntomas. Se observó que, a partir de las tres semanas siguientes al diagnóstico, los tratados con nirmatrelvir-ritonavir presentaron un riesgo significativamente menor de muerte y de complicaciones cardíacas, pulmonares y renales en comparación con aquellos que no recibieron el tratamiento. Estos beneficios fueron más pronunciados en pacientes mayores de 65 años y en aquellos que habían completado el esquema de vacunación de tres dosis contra el SARS-CoV-2.
En este sentido, los investigadores resaltaron la importancia de combinar la administración de estos antivirales con la vacunación, especialmente en un contexto donde la aceptación de las dosis de refuerzo ha disminuido.
«El rápido desarrollo de vacunas y, en menor medida, de antivirales frente al coronavirus permitió en menos de un año controlar la pandemia y las sucesivas olas de nuevas variantes emergentes, pero el grado de aceptación de la vacunación frente al COVID-19 ha caído drásticamente», indicó Soriano, quien añadió que, «de hecho, solo una pequeña proporción de ancianos e inmunodeprimidos se han vacunado a la vez frente a la gripe y al coronavirus este invierno».
Por ello, ante este aumento de la reticencia frente a las dosis de recuerdo vacunales, es deseable disponer de alternativas protectoras frente a COVID-19. «El arsenal de antivirales orales frente al SARS-CoV-2 debe crecer y el beneficio de combinar cursos cortos de tratamiento (5 días) debería investigarse”, destacó Soriano.
De los primeros antivirales a los nuevos en desarrollo
El primer fármaco aprobado contra el coronavirus fue el remdesivir, un inhibidor de la polimerasa viral. Sin embargo, su uso se limitaba al ámbito hospitalario, ya que su administración era exclusivamente intravenosa. Además, su capacidad para inhibir el coronavirus es solo moderada.
Posteriormente, se aprobaron antivirales de administración oral, como molnupiravir y nirmatrelvir, que ofrecen la ventaja de poder ser tomados en casa y contribuir a la reducción de hospitalizaciones.
No obstante, el molnupiravir presenta una eficacia antiviral limitada, mientras que el nirmatrelvir requiere ser administrado junto con ritonavir para alcanzar niveles adecuados de inhibición viral. Este último, sin embargo, puede generar interacciones farmacocinéticas con otros medicamentos, lo que restringe su uso en muchos pacientes. De hecho, un estudio señala que casi el 13% de los pacientes fueron excluidos de su análisis debido a contraindicaciones por interacciones farmacológicas graves con medicamentos como amiodarona, rifampicina, fenobarbital, carbamazepina y fenitoína.
El nuevo estudio subraya la importancia de desarrollar antivirales alternativos para aquellos pacientes que presentan contraindicaciones al uso de nirmatrelvir-ritonavir, así como para personas en las que las vacunas resultan menos eficaces, como los inmunodeprimidos.
Entre los antivirales orales en desarrollo, mindeusivir, ensitrelvir y leritrelvir destacan por su menor riesgo de interacciones medicamentosas y su potencial eficacia. En particular, el ensitrelvir, al igual que el nirmatrelvir, actúa como inhibidor de la proteasa del coronavirus, pero con la ventaja de una vida media más prolongada y sin necesidad de ser administrado junto con ritonavir. Otros inhibidores de la proteasa en desarrollo, como ibuzatrelvir, letritrelvir y olgotrelvir, también presentan una farmacocinética favorable sin requerir potenciación con ritonavir. Cabe destacar que el ensitrelvir ya ha sido aprobado en Japón y el leritrelvir en China para tratar el SARS-CoV-2.
Por otro lado, deuremidivir y mindeusivir, derivados del remdesivir, ofrecen un perfil de toxicidad reducido y administración oral. Ambos inhiben la polimerasa del coronavirus, son bien tolerados y presentan mínimas interacciones farmacológicas. Según un ensayo clínico de fase 3 publicado en 2023, el mindeudesivir no fue inferior al nirmatrelvir-ritonavir en cuanto al tiempo hasta la recuperación clínica sostenida, pero presentó un mejor perfil de seguridad.
Los investigadores también apuntan a la posibilidad de utilizar combinaciones de antivirales orales con diferentes mecanismos de acción para mejorar la protección en pacientes ambulatorios y hospitalizados. La administración temprana de antivirales orales podría ayudar a mitigar la carga de hospitalización, facilitar la profilaxis posexposición, reducir las secuelas posteriores a la COVID-19 y, potencialmente, minimizar la transmisión intradomiciliaria de la infección por SARS-CoV-2.
El desarrollo clínico de nuevos antivirales debe seguir siendo una prioridad, ya que estos fármacos, junto con la vacunación, contribuirán a reducir aún más la carga clínica global de la COVID-19 en los próximos años.