Europa y España se encuentran ante una encrucijada. En un contexto geopolítico inestable marcado por nuevos retos y amenazas a nivel global, la Unión Europea debe hacer frente a un acusado problema de competitividad en todos sus sectores industriales y a una pérdida relativa de su peso en el mundo.
Uno de los sectores clave en la geopolítica mundial y que más contribuye a la economía de la UE es el sector farmacéutico. Sin embargo, con una inversión pública en I+D cada vez menor y más fragmentada en comparación con los Estados Unidos, y dado el aumento de la inversión y financiación en China, existe el riesgo de que la UE se quede rezagada. En los últimos veinte años, Europa ha perdido el 25% de su cuota de inversión mundial en I+D en favor de otras regiones del globo1, al tiempo que su cuota de ensayos clínicos mundiales también ha descendido del 25,6% al 19,3%2. De no reaccionar, corremos el riesgo de convertirnos en un consumidor dependiente de medicamentos fabricados fuera de nuestras fronteras, con las consecuencias estratégicas y económicas que implica.
Por ello, la Comisión Europea ha situado la competitividad y la autonomía estratégica en el centro de su agenda económica y legislativa, reconociendo que los retos globales requieren una Europa más resiliente, impulsada por la innovación y preparada para los desafíos del futuro. Y uno de los pilares sobre los que se pretende y debe apalancarse la pretendida autonomía estratégica abierta en Europa es el sector sanitario.
Sabemos que los beneficios económicos de invertir en salud superan con creces los costes. De hecho, las inversiones en salud, cuando están bien orientadas, generan enormes beneficios: hasta 14 euros por cada euro invertido3. Más concretamente, los programas de inmunización de adultos pueden devolver hasta 19 veces su inversión inicial, teniendo en cuenta los beneficios duraderos para la salud de la población, el sistema sanitario y la sociedad en general.4 Además, por cada euro invertido en medicamentos se genera un ahorro directo de entre dos y siete euros.5
Asimismo, invertir en salud no solo reduce la carga de enfermedad y los costes asociados a la atención aguda, sino que también genera empleo de calidad, dinamiza la industria del conocimiento y fortalece la resiliencia económica. Un sistema sanitario orientado a la prevención y más predictivo genera sectores intensivos en capital humano y tecnología que crean empleo estable y altamente cualificado, y atraen inversión privada y pública.
“Ahora más que nunca necesitamos poner la salud y la biotecnología en el centro de la agenda europea para lograr una Unión más fuerte, competitiva y resiliente, a la vez que aseguramos un mayor bienestar social”
La salud como motor industrial implica también políticas activas de fomento de la innovación y de cadenas de valor nacionales y regionales. La colaboración público-privada en investigación biomédica, ensayos clínicos, fabricación de medicamentos y producción de tecnologías sanitarias es esencial para aumentar la autonomía estratégica frente a crisis sanitarias y para reducir la dependencia externa en eslabones críticos (insumos farmacéuticos, reactivos, dispositivos). Las sinergias entre universidades, centros de investigación, pequeñas y medianas empresas tecnológicas y grandes fabricantes permiten acelerar la traslación de descubrimientos a productos y servicios con alto impacto clínico y social.
Para ello los modelos de financiación deben adaptarse a esta visión: promoción de incentivos fiscales para I+D, esquemas de compra pública innovadora y mecanismos de financiación compartida que faciliten el escalado de tecnologías y capacidades productivas estratégicas.
Una buena oportunidad para ello es la Ley de Biotecnología presentada en diciembre pasado por la Comisión Europea, que reconoce a la biotecnología y la biofabricación como piezas clave en la consecución de la autonomía estratégica de la Unión.
Está claro que el sector ofrece grandes oportunidades: detección de amenazas biológicas, desarrollo de antibióticos y vacunas, nuevos materiales y producción descentralizada. Además, tiene potencial de doble uso y puede servir a objetivos estratégicos relacionados con la competitividad, la resiliencia, la defensa y la seguridad. Para aprovechar todo su potencial, es necesaria una estrategia europea integral que impulse la financiación de proyectos de I+D, priorice la producción local y fortalezca la autonomía tecnológica de la UE, posicionándola como referente en innovación segura y responsable. El papel del uso de datos y la aplicación de la Inteligencia Artificial sobre éstos también es un factor relevante.
Además, es imprescindible que la legislación propuesta contemple tres vectores clave: una financiación más rápida y accesible para impulsar la innovación; una simplificación y agilización regulatoria que ayude a acelerar los procesos de desarrollo; y una Unión Europea más fuerte y cohesionada para reforzar su competitividad global.
En definitiva, ahora más que nunca necesitamos poner la salud y la biotecnología en el centro de la agenda política europea para lograr una Unión más fuerte, más competitiva y más resiliente, a la vez que aseguramos nuestra seguridad y un mayor bienestar social.
*Cristina Nadal es directora ejecutiva de Government Affairs de MSD España.
Referencias:
1. Moll: “Europa ha perdido hasta el 25% de la inversión en I+D biomédica en los últimos 20 años” – El GlobalFarma.
2. EFPIA. (2024). A Competitiveness Strategy for European Life Sciences. Retrieved from a-competitiveness-strategy-for-european-life-sciences.pdf.
3. Masters, R., Anwar, E., Collins, B., Cookson, R. & Capewell, S. (2017). Return on investment of public health interventions: a systematic review. Journal of epidemiology and community health, 71(8), 827–834. https://doi.org/10.1136/jech-2016-208141. 4. El Banhawi et al. (2024). The Socioeconomic Value of Adult Immunisation Programmes. OHE Contract Research Report: Office of Health Economics. https://www.ohe.org/publications/the-socio-economic-value-of-adult-immunisation-programmes/. 5. Cada euro invertido en medicamentos genera un ahorro directo de entre dos y siete euros.