
En la facultad de Medicina dedicamos varios años a estudiar y entender la estructura de nuestro cuerpo: aprendíamos paradójicamente sobre la vida palpando cadáveres, bajábamos desde lo macroscópico a nuestras células y al material genético o la estructura visceral, los elementos físicos y químicos que nos constituyen y cómo todo ello funciona de forma normal o de forma patológica.
En ningún momento a lo largo de seis años de formación se nos explicó que esos cuerpos, esas membranas que bombean sodio o potasio, glomérulos que filtran o glándulas que secretan, hombros que giran y articulaciones que flexionan o extensionan, corazones que boquean o se fatigan, estructuras cerebrales que sienten, piensan, se emocionan, sufren, tienen vértigo, miedo e insomnio y se compadecen, estos tejidos que se aceleran y colapsan tumoralmente probables, que todas esas estructuras asombrosas y de evolución milenaria, de una belleza y finitud perfectas, pero muy prolongadas de alguna forma, nunca infinitas, pero casi, casi eternas por su continuidad en generaciones, estos depósitos que para entendernos de alguna forma, por ahora llamamos cuerpos, decíamos que en esos seis años de formación universitaria no se nos explicó que dichos cuerpos se mueven en sociedades con una organización determinada. Somos cuerpos biológicos moviéndonos en contextos y códigos postales complejos.
La importancia del Código Postal
La importancia del código postal. Los lugares que han visto nacer a nuestros cuerpos, las estanterías llenas de libros que había en casa o las estanterías vacías, la clase social, el nivel económico y cultural del que venimos y al que hemos llegado con los años, nuestra edad, nuestro sexo, nuestra orientación sexual, pertenecer a una minoría étnica, venir de determinados países, el color de nuestra piel y nuestras creencias, culturas e ideologías, ser pobres o ricos, nacer en barrios sin aceras o en barrios donde todas las casas tienen piscina privada, vivir en una sociedad con justicia social o en una sociedad donde haya desigualdad.
El código postal interacciona con esos cuerpos biológicos. Los sistemas sanitarios o educativos en los que vivimos, la calidad de los mismos, que sean públicos o que solamente puedas acceder si tienes dinero, la exposición a elementos protectores (comunidades y vecindario que nos cuida, mayor riqueza cultural en nuestras comunidades) o, por lo contrario, exposiciones de riesgos (un barrio contaminado o vivir en Gaza).
“Aunque muchas comunidades autónomas ya tienen planes de coordinación sociosanitaria, hay que dar pasos importantes en la integración de los servicios sanitarios y los sociales»
Aquel artículo de 2012
En el año 2012 publicamos en nuestro blog Salud Comunitaria un pequeño texto traducido de un original de la Robert Wood Johnson Foundation donde decíamos: “El código postal es más importante para la salud que tu código genético”. La frase ha pasado de estar en un pequeño blog asturiano a popularizarse con los años. Siendo estrictos la frase debería ser: “El código postal puede modificar nuestra epigenética”.
La interacción de nuestros cuerpos biológicos con un código postal determinado (los determinantes sociales de la salud) hay que entenderlo no sólo para la aparición de determinadas patologías sino porque la evolución y el pronóstico de todas ellas (incluso en aquellas de etiología estrictamente biológica) depende de un buen funcionamiento de los cuidados sanitarios, pero sobre todo de los cuidados sociales.
Tiene que haber un funcionamiento perfectamente engranado entre todos los recursos sanitarios y sociales acompañando el cuidado de las personas y que los cuidados no sobrecarguen a las familias. Y esto no va lo suficientemente bien. Aunque muchas comunidades autónomas ya cuenten con planes y programas de coordinación sociosanitaria y tengamos experiencias en algunos procesos, existe aún mucha variabilidad y es necesario dar pasos importantes en la integración de servicios sanitarios y sociales, así como impulsar las políticas de protección social.
Mejorar la vida de las personas
Organizar nuestros recursos en términos de Atención Integrada puede mejorar los procesos de atención y cuidados a muchas personas con enfermedades complejas, cito solamente tres grupos, pero hay muchos más: personas mayores que vivan solas y que tengan enfermedades crónicas; personas afectadas con ELA o con otros procesos con evolución similar irreversible que requieren cuidados sociosanitarios complejos y personas con trastorno mental grave.
La Atención Integrada tiene que contemplar una integración de diferentes recursos tal como indica la figura del modelo de Canterbury en Nueva Zelanda, pero a la figura le falta algo que en nuestro país si hemos avanzado mucho en modelos de salud pública y salud comunitaria: un círculo externo donde haya políticas que favorezcan entornos protectores para la salud, salutogénicos y políticas que mejoren las condiciones de vida de las personas.
*Rafael Cofiño es portavoz adjunto de Sanidad de Sumar en el Congreso.