Las fuerzas que precipitan el ‘final’ de una pandemia

Un artículo en la revista ‘The New England Journal of Medicine’ reflexiona sobre el fin de las emergencias sanitarias desde la "normalización de la mortalidad y la morbilidad".

Una de las UCI de España, durante la pandemia

La alarma social por la COVID-19 se diluye hasta casi desaparecer, pero ni mucho menos lo hace la enfermedad. La OMS declaró el 5 de mayo de 2023 que la COVID-19 ya no constituye una emergencia de salud pública de importancia internacional (ESPII). Esto implica que los países pasen del modo de emergencia al manejo y control de la COVID-19 con otras enfermedades infecciosas. Pero no es la epidemiología ni ninguna declaración política lo que determina el final de una pandemia, “sino la normalización de la mortalidad y la morbilidad mediante la rutinización y endemización de una enfermedad”.

Así se desprende de una editorial publicada en la revista ‘The New England Journal of Medicine’, firmada por los doctores Joelle M. Abi-Rached y Allan M. Brandt, de la Universidad de Harvard. Ambos autores reflexionan sobre el fin de la emergencia asociada a una pandemia, no desde la epidemiología, sino en el contexto de “un complejo proceso de adjudicación de poderosas fuerzas políticas, económicas, éticas y culturales”. Consideran, por tanto, que lo que pone fin a una pandemia “no es ni el resultado de una evaluación precisa de la realidad epidemiológica ni un mero gesto simbólico”.

Acontecimientos sociopolíticos

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, firmó el 10 de abril de 2023 una ley que dio por finalizada la emergencia nacional declarada por la COVID-19, a unas semanas de que expirara también la emergencia de salud pública. En España, el Consejo de Ministros acordó el 4 de julio del presente año la finalización de la crisis sanitaria. En semanas previas y posteriores, lo hicieron otros tantos estados más de todo el mundo. No porque el riesgo haya desaparecido, sino porque las sociedades han tomado en cuenta otros factores.

La Organización Mundial de la Salud considera que un brote ha terminado cuando no se registran casos confirmados o probables durante un periodo dos veces superior al periodo máximo de incubación del virus. En opinión de los autores de la editorial, titulada ‘Do Pandemics Ever End?’, como las pandemias son «acontecimientos sociopolíticos» además de epidemiológicos, su final, al igual que su principio, viene determinado también por “preocupaciones sociales, políticas, económicas y éticas”.

Precedentes históricos

No solo la gestión de la COVID-19 ha confirmado esa máxima, exponen Abi-Rached y Brandt, sino que existen precedentes históricos que refrendan que las sociedades han endemizado determinadas enfermedades, entendido esto como establecer un problema de salud de forma persistente. Pero no solo. También han “normalizado la mortalidad y morbilidad” y las han “rutinizado”, comentan los autores. “En el sentido de que una comprensión general del número de muertes que las sociedades pueden tolerar o gestionar se ha incorporado a los comportamientos sociales, culturales y sanitarios, así como a las expectativas, los costes y las infraestructuras institucionales”.

Los ejemplos mencionados se inclinan en esa dirección. En el caso de la peste, por ejemplo, el decreto del rey Luis XV autorizaba a los comerciantes a reanudar sus actividades comerciales. Pese al regocijo, la peste no desapareció y actualmente persiste como enfermedad zoonótica endémica. La pandemia de gripe H1N1 de 1918, por su parte, es el ejemplo más claro. Sigue circulando y provoca miles de muertes cada año. 

Otro ejemplo es la tuberculosis. Esta infección bacteriana es endémica en muchos países de ingresos bajos y medios. “La falta de medicamentos esenciales, la atención sanitaria inadecuada, la malnutrición y las condiciones de hacinamiento en las viviendas la permiten prosperar”, continúan explicando. Es el caso, por ejemplo, del cólera, una amenaza que nunca terminó y cada año se producen entre 1,3 y 4 millones de casos de cólera y entre 21.000 y 143.000 muertes asociadas en todo el mundo. El VIH/sida, gracias al éxito de la terapia antirretrovírica, se ha convertido en una enfermedad crónica y en una demostración, dicen los doctores, de que “este proceso social y político ha normalizado la muerte de miles de personas cada año”.

Oportunidades económicas

En última instancia, este proceso de rutinización y endemización de una enfermedad puede estar asociado a oportunidades económicas, piensan Abi-Rached y Brandt. En sus palabras, “existen consideraciones de mercado a largo plazo y beneficios financieros potenciales relacionados con la prevención, el tratamiento y la gestión de enfermedades que antes eran pandémicas”.

En ese sentido, el mercado mercado mundial de medicamentos contra el VIH, según mencionan, estaba valorado en unos 30.000 millones de dólares en 2021 y se prevé que alcance un valor de más de 45.000 millones de dólares en 2028; mientras que en el caso de la COVID-19, que ahora se considera una carga económica, «podría convertirse en la próxima bendición farmacéutica”. Todos estos factores, sociales, políticos, económicos y éticos, son los que determinan el final de las pandemias: “Terminan cuando las sociedades adoptan una visión pragmática de los costes sociopolíticos y económicos de las medidas de salud pública”.


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