Un innovador estudio revela que Mycobacterium tuberculosis puede frenar su crecimiento para esquivar las defensas del organismo tras la vacunación, lo que explicaría la limitada eficacia de la vacuna actual en adultos y orienta hacia nuevas estrategias vacunales.
A pesar de que cada año se administra una vacuna contra la tuberculosis (TB) a más de 100 millones de bebés para prevenir sus formas más graves, esta enfermedad infecciosa sigue siendo la más mortal, con 1,25 millones de muertes anuales. Mientras la vacuna BCG (Bacillus Calmette-Guérin), desarrollada hace más de un siglo, protege eficazmente a los niños pequeños frente a la meningitis tuberculosa y otras formas diseminadas, su efectividad disminuye significativamente en la edad adulta, momento en que la enfermedad suele manifestarse en los pulmones y se vuelve transmisible.
En la búsqueda de respuestas para esta situación, un equipo internacional de científicos liderado por investigadores de la Universidad de Tufts, la Universidad de Utah, Harvard y Texas A&M ha dado un paso importante en la comprensión de cómo la Mycobacterium tuberculosis escapa del sistema inmune incluso en personas vacunadas. El estudio, publicado en npj Vaccines, revela que la bacteria cambia radicalmente su comportamiento al enfrentarse a una respuesta inmunitaria ya activada: en lugar de combatirla, decide «agazaparse», deteniendo su crecimiento y entrando en un estado de letargo que le permite sobrevivir y reactivarse más adelante.
No es mutación, es estrategia
A diferencia de virus como el de la gripe o el SARS-CoV-2, que escapan del sistema inmune mediante mutaciones constantes, M. tuberculosis es genéticamente muy estable. En teoría, esta característica la haría un blanco ideal para una vacuna preventiva. Sin embargo, los datos actuales y este nuevo estudio confirman que la bacteria emplea una táctica distinta: modificar su fisiología para esquivar las defensas inmunitarias en lugar de cambiar su aspecto genético.
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores utilizaron una técnica avanzada conocida como TnSeq (secuenciación por inserción de transposones) en ratones. Esta herramienta les permitió analizar qué genes necesita la bacteria para sobrevivir en diferentes contextos inmunológicos: con la vacuna actual, con una vacuna experimental más potente, tras una infección curada y en animales sin exposición previa.
El hallazgo más llamativo fue que genes clave como Esx-1 y Mce1, fundamentales en etapas tempranas de la infección para el crecimiento bacteriano y la evasión del sistema inmune, dejan de ser esenciales cuando el huésped ya cuenta con inmunidad adaptativa.
El sistema Esx-1, por ejemplo, permite a la bacteria escapar de los fagosomas —estructuras celulares que intentan destruirla— y promueve la formación de granulomas, los característicos cúmulos de células inmunes que rodean a la bacteria en un intento de contenerla. También genera potentes señales inflamatorias. En el caso de Mce1, se trata de un conjunto de genes que ayudan a importar ácidos grasos esenciales para el metabolismo rápido de la bacteria durante la infección aguda.
No obstante, cuando la bacteria infecta un huésped previamente inmunizado, parece «renunciar» a estas funciones y adoptar un perfil más conservador. Según los investigadores, esto sugiere que la vacunación induce un entorno inmunológico hostil en el que las bacterias deben esconderse, entrar en estado de latencia y suspender funciones que las harían más visibles o vulnerables.
Desarrollo de una vacuna adaptada a esta estrategia bacteriana
Este cambio de estrategia bacteriana tiene implicaciones fundamentales en el desarrollo de nuevas vacunas. Los autores del estudio destacan que diferentes vacunas inducen distintos tipos de presión inmunológica sobre la bacteria, lo que a su vez modifica los genes que necesita para sobrevivir. Por ejemplo, la vacuna experimental ΔLprG, basada en cepas humanas de M. tuberculosis y que ha demostrado mayor potencia inmunitaria en estudios preclínicos, altera los requisitos genéticos de la bacteria de forma diferente a la vacuna BCG.
Esto sugiere que las futuras vacunas podrían diseñarse no solo para activar mejor al sistema inmune, sino también para impedir que la bacteria pueda entrar en su modo «inactivo» de supervivencia. En paralelo, los investigadores plantean la posibilidad de combinar vacunas con tratamientos que ataquen específicamente a las bacterias latentes.
Aunque prometedor, el estudio tiene algunas limitaciones. Por ejemplo, los experimentos se realizaron en ratones mediante una vía de infección intravenosa no del todo equivalente a la inhalación, que es la ruta principal de contagio en humanos. Además, no se evaluaron aún otras estrategias vacunales, como las vacunas de ARNm o vectorizadas, ni se midió directamente la respuesta inmune del huésped en paralelo al análisis genético de la bacteria.
Aun así, el enfoque utilizado —basado en genómica funcional— abre nuevas puertas. Aplicado a diferentes modalidades de vacunación, cepas de desafío y tipos de respuesta inmunitaria, puede ayudar a identificar vulnerabilidades específicas de M. tuberculosis y orientar el diseño racional de vacunas más eficaces.