El cambio horario, especialmente el de primavera y otoño, puede tener varios impactos negativos en la salud debido a la alteración del ritmo circadiano. Este desajuste afecta la calidad del sueño, provocando insomnio y dificultad para despertarse, lo que puede durar unos días hasta que el cuerpo se adapta. Además, también se ha observado un aumento temporal en el riesgo cardiovascular, como ataques al corazón o accidentes cerebrovasculares, asociado con la falta de sueño y el estrés.
En este sentido, una nueva investigación internacional global, en el que participa Darío Acuña, profesor emérito del Departamento de Fisiología de la Universidad de Granada (UGR), alerta sobre el impacto biológico negativo del cambio horario en las personas.
Este consenso científico propone mantener el horario de invierno, al considerarlo más equilibrado. El estudio argumenta que las variaciones de luz a lo largo de las estaciones son suaves y permiten la adaptación humana, una transición que se ve interrumpida por el cambio al horario de verano. Además, el horario de invierno previene el exceso de luz por la tarde/noche, lo cual se considera perjudicial para la salud al alterar el sistema cronobiótico de las personas.
“Los seres vivos, y me voy a referir ahora al ser humano, llevamos unos cuantos años en este planeta, y nos hemos adaptado perfectamente a esos ciclos a través de un exquisito mecanismo de relojería que está constituido por unas 20.000 neuronas localizadas en los núcleos supraquiasmáticos (NSQ) del hipotálamo, una zona del cerebro muy antigua filogenéticamente, y que por eso refleja un mecanismo puesto en marcha con la evolución para adaptarnos al ciclo anual de estaciones”, explicó Acuña, autor principal del estudio.
Cómo funciona el reloj biológico
El reloj biológico central en los NSQ regula de manera rítmica la expresión de una serie de genes y proteínas conocidas como ‘genes y proteínas reloj’, que siguen un ciclo cercano a las 25 horas en animales diurnos como el ser humano.
Sin embargo, este ciclo se ajusta a 24 horas gracias al ciclo luz/oscuridad, a través de unas neuronas en la retina, las células ganglionares intrínsecamente fotosensibles. Estas células responden directamente a la luz sin necesidad de fotorreceptores, enviando información a través del nervio óptico a las neuronas del reloj biológico, que reciben datos sobre el espectro electromagnético que las alcanza a lo largo de las 24 horas.
De este modo, el reloj biológico humano no solo es capaz de calcular la hora del día, sino también de percibir el cambio estacional, lo que le permite identificar en qué día del año se encuentra. Funciona como un reloj y un calendario, prediciendo e informando a otras estructuras del organismo sobre cómo actuar. Por ejemplo, muchos animales eligen el momento de la reproducción en el período del año en el que, según la duración de la gestación, sus crías nacerán en primavera o verano, cuando las condiciones ambientales son más favorables para su supervivencia.
Papel de la melatonina
En este sentido, el reloj biológico informa al resto del organismo a través de la melatonina, una hormona producida por la glándula pineal, que es una glándula neuroendocrina encargada de recibir señales del reloj biológico.
Durante el día, la luz solar, que contiene un espectro de 460-480 nm correspondiente a la luz azul, inhibe la producción de melatonina, lo que mantiene al organismo alerta. Al atardecer, cuando la luz solar adquiere un tono más cálido y pierde el espectro azul, comienza la producción de melatonina. Unas horas más tarde, cuando su concentración es suficiente, se da inicio al período de sueño.
Una vez sintetizada, la melatonina se libera en la circulación y llega a todas las células del organismo. Su concentración alcanza su pico entre las dos y las cuatro de la madrugada, transmitiendo así la información sobre la hora de la noche, lo que activa los procesos celulares que ocurren en ese momento.
Estos procesos, que son esenciales para el funcionamiento del cuerpo, se repiten diariamente, ya que 24 horas después, una nueva señal de melatonina nocturna resetea estas funciones e inicia un nuevo ciclo.
“Realmente, cada célula del organismo posee su propio reloj biológico, con los mismos genes y proteínas que el reloj central», señaló el especialista, que añade que «somos 30 billones de células y, por tanto, 30 billones de relojes biológicos perfectamente sincronizados cada 24 horas precisamente por esa señal de la melatonina, que por ello se llama la hormona de la oscuridad y sincroniza la hora periférica con la del reloj central”, detalló Acuña.
Impacto del horario de verano
El exceso de luz, especialmente la luz blanca por la tarde y noche, altera el mecanismo de sincronización endógena del reloj biológico, lo que es una de las causas más comunes de trastornos del sueño debido a la alteración del sistema circadiano.
«Precisamente, eso es lo que ocurre cuando se cambia la hora», señala el profesor Acuña. Al adelantar una hora, los relojes digitales y mecánicos se ajustan, como sucederá el próximo fin de semana, pero el reloj biológico no cambia, lo que altera la luz que recibe y, por ende, las señales que envía a la glándula pineal y al resto de los relojes biológicos del cuerpo.
Esto provoca una desincronización interna y afecta al sistema cronobiótico, según el estudio. La desincronización impacta los 30 billones de relojes biológicos del organismo, alterando la fisiología y generando manifestaciones variadas en cada individuo.
El informe de expertos a nivel mundial destaca efectos adversos, conocidos como «cronoriesgo», como alteraciones cognitivas en atención y memoria en los días posteriores al cambio horario (debido a la alteración del ritmo circadiano de los neurotransmisores cerebrales), un aumento del riesgo cardiovascular, especialmente en mujeres durante el cambio al horario de verano, alteraciones de la presión arterial, reducción de la inmunoprotección, incremento de alergias, ataques de artritis reumatoide y patologías asociadas al envejecimiento, entre otros.
“Además, la división celular está intrínsecamente conectada con el reloj biológico, que marca cuándo y cuánto la célula se divide, al alterar su reloj interno, se produce una proteína, PASD1, que bloquea su propio reloj celular para que la célula se divida eternamente», señaló el experto. «En este sentido, cabe destacar que con el envejecimiento perdemos capacidad funcional del reloj central y desregulación de los relojes periféricos, que se afectan aún más cuando incluimos un nuevo artefacto como el cambio horario”, concluyó Acuña.