Una cuarta parte de los cánceres de pulmón se dan en personas no fumadoras, algo que, hasta ahora, no tenía una explicación corroborada. Este tumor en personas que nunca han fumado representa alrededor del 25% de todos los cánceres de pulmón y se ha asociado con la exposición al humo de tabaco ajeno y a la contaminación del aire en estudios observacionales.
En este contexto, un estudio internacional dirigido por investigadores de Estados Unidos y España ha identificado una conexión directa entre la exposición prolongada a la contaminación atmosférica y las mutaciones genéticas responsables del desarrollo del cáncer de pulmón en personas que nunca han fumado. El hallazgo, publicado en la revista Nature, arroja luz sobre una tendencia preocupante: el aumento de casos de cáncer de pulmón en personas no fumadoras, especialmente mujeres de origen asiático, y sugiere que el aire contaminado podría ser un factor de riesgo clave.
La investigación ha sido liderada por Ludmil Alexandrov, de la Universidad de California en San Diego, y Maria Teresa Landi, del Instituto Nacional del Cáncer (NCI) de EE. UU., y cuenta como primer firmante con Marcos Díaz-Gay, actual jefe del nuevo Grupo de Genómica Digital del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) en España. También participa la investigadora del CNIO Pilar Gallego García.
Los resultados del estudio se basan en el análisis genómico de tumores pulmonares de 871 personas que nunca habían fumado, residentes en 28 regiones del mundo, desde Asia hasta América del Norte y Europa. A través de técnicas de secuenciación del genoma completo, el equipo científico identificó patrones específicos de mutaciones en el ADN, conocidos como «firmas mutacionales», que actúan como huellas moleculares de exposiciones ambientales pasadas.
La principal conclusión es contundente: las personas no fumadoras que viven en áreas con altos niveles de contaminación atmosférica presentan un número significativamente mayor de mutaciones en su cáncer de pulmón. En concreto, estos individuos mostraron hasta 3,9 veces más mutaciones asociadas al tabaquismo y un 76% más de mutaciones ligadas al envejecimiento celular en comparación con quienes residen en zonas menos contaminadas.
«Observamos esta preocupante tendencia de que quienes nunca han fumado desarrollan cada vez más cáncer de pulmón, y no entendemos por qué. Nuestra investigación demuestra que la contaminación atmosférica está estrechamente relacionada con el mismo tipo de mutaciones del ADN que solemos asociar al tabaquismo», explicó Alexandrov.
Para Landi, se trata de un problema global urgente que necesita respuestas: «Hasta ahora, muchos estudios sobre cáncer de pulmón no diferenciaban entre fumadores y no fumadores. Nuestro trabajo recopila datos exclusivamente de no fumadores y utiliza la genómica para identificar exposiciones causantes».
Vinculo entre la contaminación del aire y el desarrollo del cáncer
Uno de los aspectos más relevantes del trabajo es que establece, por primera vez, un vínculo genómico entre la contaminación del aire y las mutaciones que impulsan el cáncer de pulmón. Esto va más allá de los estudios epidemiológicos previos, que ya sugerían una relación entre la polución ambiental y el cáncer, pero no habían podido demostrar cómo el daño en el ADN se relaciona con esa exposición.
El equipo también observó una correlación entre la exposición a la contaminación y la reducción de la longitud de los telómeros, los extremos de los cromosomas que protegen al ADN y cuya disminución se asocia al envejecimiento y al riesgo de enfermedades como el cáncer. «Cuanta más contaminación, más mutaciones y más telómeros acortados observamos en estos tumores», señaló Díaz-Gay.
Además del papel de la polución, el estudio identificó otras firmas mutacionales de origen ambiental. Por ejemplo, detectaron la huella de exposición al ácido aristolóquico, un conocido carcinógeno presente en algunas hierbas medicinales tradicionales, en pacientes taiwaneses no fumadores. Aunque este compuesto ya se había asociado con otros tipos de cáncer —como el renal o el hepático—, esta es la primera vez que se documenta su posible relación con tumores pulmonares.
En paralelo, los investigadores encontraron una nueva firma mutacional —denominada SBS40a— muy presente en los tumores de personas no fumadoras, cuya causa aún se desconoce y que no parece asociarse a ninguna exposición ambiental conocida. «La observamos en la mayoría de los casos de este estudio, pero aún no sabemos a qué se debe», indicó Alexandrov. Este hallazgo abre una nueva línea de investigación sobre agentes cancerígenos potenciales todavía por identificar.
Asimismo, el trabajo detectó diferencias geográficas notables en las mutaciones predominantes. Por ejemplo, las alteraciones en el gen KRAS eran 3,8 veces más frecuentes en pacientes de Europa y Norteamérica que en los de Asia Oriental. En cambio, las mutaciones en EGFR y TP53 eran más comunes en los casos asiáticos. En Taiwán, la firma relacionada con el ácido aristolóquico fue prácticamente exclusiva.
De cara al futuro, el equipo planea ampliar el estudio a regiones aún no incluidas, como América Latina, Oriente Medio y África, así como explorar la posible huella genética que pueden dejar otras exposiciones emergentes, como el consumo de marihuana o el uso de cigarrillos electrónicos. También analizarán los efectos del radón y el amianto, dos riesgos conocidos en el ámbito del cáncer pulmonar, en colaboración con grupos españoles.
«Nuestro objetivo ahora es estudiar con más profundidad los factores ambientales que afectan a la salud humana desde una perspectiva genómica, incorporando inteligencia artificial para detectar patrones ocultos y mejorar la prevención del cáncer», concluyó Díaz-Gay.
El cáncer de pulmón sigue siendo la principal causa de muerte por cáncer en todo el mundo, con un peso creciente entre personas que nunca han fumado. Comprender qué causas ambientales y biológicas están detrás de estos casos es esencial para diseñar políticas de salud pública eficaces. Este estudio no solo aporta evidencia robusta sobre el papel de la contaminación, sino que plantea nuevas preguntas científicas que podrían redefinir la prevención y el abordaje del cáncer en el futuro.
