Un análisis a gran escala sobre la resistencia a los antibióticos en la población general ha revelado una asociación clara entre una alta carga de genes resistentes en el intestino y un mayor riesgo de mortalidad a largo plazo. El estudio, liderado por la Universidad de Turku (Finlandia) y publicado en la revista Nature, siguió durante 17 años a más de 7.000 personas y concluye que quienes presentaban una mayor carga de genes de resistencia a los antimicrobianos (ARG, por sus siglas en inglés) tenían un 40% más de riesgo de fallecer por cualquier causa y el doble de probabilidad de desarrollar sepsis.
«El número de genes de resistencia en las bacterias intestinales predijo el riesgo de sepsis o muerte durante casi dos décadas», señaló la investigadora Katariina Pärnänen, primera autora del trabajo y académica del Consejo de Investigación de Finlandia. El hallazgo es especialmente relevante porque la resistencia a los antibióticos ya causa más de un millón de muertes al año en todo el mundo, una cifra que sigue aumentando.
La investigación forma parte del estudio poblacional FINRISK y supone el mayor análisis realizado hasta la fecha sobre la relación entre resistoma (conjunto de genes de resistencia presentes en la microbiota) y mortalidad en una cohorte representativa. El equipo utilizó técnicas de secuenciación metagenómica de heces y herramientas de informática de alto rendimiento, apoyadas por las supercomputadoras del Centro Finlandés de Tecnologías de la Información para la Ciencia, para analizar el perfil genético del resistoma intestinal.
El mal uso de antibióticos, principal impulsor de la resistencia
Los resultados confirmaron que el factor más determinante de la carga de resistencia era el uso previo de antibióticos. «Esto demuestra que la selección directa de genes de resistencia inducida por el consumo de antibióticos es un mecanismo clave y duradero», explican los autores en el artículo científico. En particular, el uso de tetraciclinas fue el que mostró la asociación más fuerte con el aumento de resistencia.
El estudio señala que los efectos del uso de antibióticos pueden persistir durante años y cambiar de forma duradera la composición del microbioma intestinal. También apunta a mecanismos de selección indirecta: es decir, no solo los antibióticos, sino también la dieta y otros factores sociales influyen en el tipo de bacterias que colonizan el intestino, y por tanto en el número y variedad de genes resistentes que portan.
La dieta y el estilo de vida también influyen
Una de las principales novedades del estudio es que vincula el resistoma no solo al uso de medicamentos, sino también al estilo de vida. Se observó que una dieta de tipo occidental, rica en carne procesada y pobre en fibra, favorecía una mayor carga de resistencia. Bacterias como Escherichia coli y Bacteroides, típicamente asociadas a este tipo de dieta, estaban correlacionadas con un resistoma más amplio. Por el contrario, las bifidobacterias y Prevotella, relacionadas con una alimentación rica en fibra (por ejemplo, a base de bayas, patatas o pan de centeno), se asociaron con una menor resistencia.
Además, ciertos alimentos crudos como ensaladas, verduras y pollo —que pueden contener altos niveles de bacterias resistentes— también se vincularon con una carga de resistencia más elevada.
Más allá de la alimentación, el estudio identificó diferencias significativas según el género, el nivel de ingresos y el entorno de residencia. «Las mujeres presentaron sistemáticamente una resistencia mayor que los hombres, y vivir en grandes ciudades o en hogares con altos ingresos también se asoció con un mayor riesgo», apuntaron en el estudio. Un hallazgo que, según destacaron, resulta paradójico: «Estos factores suelen asociarse con una mejor salud en general».
Los autores califican la resistencia a los antimicrobianos como una «posible enfermedad de la opulencia», ya que su prevalencia fue mayor en poblaciones urbanas y con ingresos más altos. Sin embargo, matizan que la mortalidad absoluta relacionada con bacterias resistentes sigue siendo más alta en países de ingresos bajos y medios, y entre bebés y personas mayores.
Un nuevo marcador del estado general de salud
Aunque el estudio no establece causalidad directa, sí sugiere que la carga de resistencia intestinal podría utilizarse como un nuevo indicador del estado general de salud. «La abundancia total de genes resistentes puede servir como predictor del riesgo de sepsis a largo plazo y su efecto sobre la mortalidad es comparable al de la hipertensión», sostuvieron los autores. En este sentido, proponen que la caracterización del resistoma debería integrarse en los esfuerzos actuales por definir un microbioma saludable.
Los investigadores reconocen algunas limitaciones, como el hecho de que la detección de genes de resistencia no garantiza por sí misma una resistencia fenotípica —es decir, una manifestación real en términos de infección—, o que el estudio se basó en una población genéticamente homogénea, lo cual limita su extrapolación a contextos más diversos.
También señalan que no se disponía de datos metagenómicos longitudinales, lo que impide analizar la evolución del resistoma en el tiempo. No obstante, consideran que los patrones identificados son consistentes y relevantes, y piden nuevas investigaciones para estudiar más a fondo la dinámica del resistoma y su impacto a largo plazo.
A pesar de ello, los resultados del estudio refuerzan la necesidad de reducir el uso innecesario de antibióticos, tanto a nivel individual como colectivo. En un contexto en el que el consumo global de antibióticos y la resistencia siguen aumentando, esta investigación aporta nuevas claves para entender el problema y plantea que la resistencia no solo es un fenómeno hospitalario o clínico, sino también una expresión más del modo en que vivimos, comemos y nos relacionamos con el entorno microbiano que nos habita.