La evolución de la COVID-19 y su transición hacia un escenario de mayor complejidad en la gestión clínica y preventiva centró el debate de la sesión COVID-19 Insights, en la que expertos de distintos ámbitos analizaron los retos actuales y futuros de la enfermedad. El encuentro abordó desde la dinámica de las nuevas variantes y la estacionalidad del virus hasta la adaptación de las estrategias de vacunación, la vigilancia epidemiológica y el impacto del Long-COVID.
La sesión, moderada por Santiago de Quiroga, presidente de Fundamed, contó con la participación de un panel multidisciplinar de expertos en salud pública, inmunología, geriatría y gestión sanitaria: María Fernández-Prada, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública del Hospital Vital Álvarez Buylla de Mieres; José Gómez Rial, jefe de servicio de Inmunología del Hospital Clínico Universitario de Santiago; Daniel Ocaña, miembro del Comité Asesor de Vacunas de Andalucía y de la Sociedad Andaluza de Medicina Familiar y Comunitaria; Jorge del Diego, exdirector general de Salud Pública y Ordenación Farmacéutica de la Junta de Andalucía; Iván Sanz, responsable del Centro Nacional de Gripe de Valladolid; Lizzeth Canchuchaja, miembro del Grupo de Trabajo de Infecciones y Vacunas de la Sociedad Española de Gerontología y Geriatría (SEGG); y Ángel Gil, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Rey Juan Carlos.
En este sentido, Gómez Rial matizó que el debate no debe centrarse únicamente en las vacunas, sino en “la duración de los anticuerpos circulantes”, especialmente en población vulnerable que “necesita protegerse frente a la infección”. A su juicio, la estrategia ha evolucionado desde un enfoque poblacional a uno más dirigido: “Ya no estamos hablando de una estrategia de emergencia sino de una estrategia personalizada”.
Uno de los principales retos identificados por los expertos es la durabilidad de la inmunidad vacunal, en un contexto en el que el virus ya no responde a patrones clásicos. Sanz advirtió que «ahora mismo, la COVID-19 no se comporta como un virus estacional o al menos no lo parece, ni tampoco como un virus endémico que perdure todo el año», lo que complica la planificación de campañas: «Si pensábamos inmunizar en la temporada de gripe tenemos un problema porque no va a ser lo más pertinente».
Esta idea de segmentación de la vacunación fue compartida por varios participantes. Del Diego, así, destacó que la evolución del virus está condicionada por la inmunidad previa de la población, lo que obliga a «ajustar mejor y ser más selectivo frente a quién vamos a estar vacunando”.

En los últimos años se observan “pequeñas olas justo antes del verano” en pacientes ancianos, lo que deja a estos colectivos “desprotegidos”, especialmente en ausencia de una estacionalidad claramente definida
Lizzeth Canchuchaja, miembro del Grupo de Trabajo de Infecciones y Vacunas de la SEGG
Desde la práctica clínica, Fernández-Prada confirmó que en estas semanas ya están recibiendo casos, incluyendo también pacientes inmunodeprimidos. En este contexto, defendió explorar nuevas estrategias, como la vacunación en primavera para grupos concretos, de especial riesgo, “como los institucionalizados”.
Una percepción que coincide con la experiencia geriátrica. Canchuchaja señaló que en los últimos años se observan “pequeñas olas justo antes del verano” en pacientes ancianos, lo que deja a estos colectivos “un poco desprotegidos”, especialmente en ausencia de una estacionalidad claramente definida.
Revacunación
Precisamente, la posible estacionalidad no invernal del virus es otro de los elementos emergentes. Ocaña apuntó a una “interferencia viral” con otros patógenos respiratorios como la gripe o el VRS, lo que desplazaría los picos de COVID-19 fuera del invierno: “Hasta que no cae gripe no sube COVID”. Este fenómeno abre la puerta a estrategias como la revacunación semestral o la anticipación al pico epidemiológico.
Sin embargo, estas propuestas no están exentas de dificultades. El propio Sanz reconoció que, en el corto plazo, la opción más pragmática podría ser “vacunar o revacunar cada seis meses”, mientras se avanza en vacunas con mayor duración de protección.

“Incorporar esta vacuna con la campaña de gripe nos garantiza ese mínimo de coberturas, que como mucho llega al 30%»
Ángel Gil, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Rey Juan Carlos
No obstante, esta estrategia choca con los actuales marcos regulatorios y logísticos. Del Diego advirtió de las limitaciones derivadas de la actualización anual de vacunas por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS), lo que podría dificultar la implementación de campañas adicionales: “Me va a costar mucho recomendar una vacunación en marzo, abril o mayo cuando llegue la nueva vacuna más actualizada”.
Desde la perspectiva de salud pública, Gil puso el acento en la viabilidad real de las estrategias: “Incorporar esta vacuna con la campaña de gripe nos garantiza ese mínimo de coberturas, que como mucho llega al 30%”, mientras que fuera de ese marco “lo que se haga va a ser mínimo, y decirle a Atención Primaria que haga un esfuerzo para captar es casi imposible”. En su opinión, desestacionalizar la vacunación sin mecanismos eficaces de captación podría traducirse en bajas tasas de inmunización.
Sigue el riesgo
En el análisis de la situación actual, los expertos coincidieron en que, pese a la percepción social de menor gravedad, la COVID-19 continúa teniendo un impacto clínico relevante, especialmente en los grupos más vulnerables, y afronta importantes carencias en los sistemas de vigilancia.
Desde la práctica asistencial, Fernández-Prada subrayó la importancia de reforzar la vigilancia: “La vigilancia epidemiológica es fundamental”, advirtiendo además de las limitaciones diagnósticas actuales: “Hacemos test de antígenos que dan negativo, pero eso no significa que no sea COVID”. En cuanto al perfil clínico, confirmó que las complicaciones siguen concentrándose “principalmente en personas de edad avanzada y con comorbilidades múltiples”.

«La vigilancia epidemiológica es fundamental. Hacemos test de antígenos que dan negativo, pero eso no significa que no sea covid»
María Fernández-Prada, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública del Hospital Vital Álvarez Buylla de Mieres
En este sentido, varios participantes insistieron en que la aparente “menor gravedad” no debe llevar a mensajes complacientes. Sanz alertó de que, aunque han disminuido las hospitalizaciones globales, en los grupos de riesgo “la enfermedad sigue siendo igualmente grave y la mortalidad sigue siendo especialmente elevada”, con tasas de defunción hospitalaria en mayores de 70 años “de entre el 6% y el 15%”. Por ello, recalcó que “hay que evitar los mensajes de que ‘esto ya no es grave’”.
Gómez Rial coincide con el experto y considera este factor como determinante: “Lo grave es la percepción del riesgo por parte de los profesionales sanitarios”, alertando de que muchos consideran la COVID-19 “algo completamente superado”, lo que dificulta mantener una recomendación activa de vacunación.
Más allá de la fase aguda, comienza a ganar protagonismo el impacto a medio y largo plazo. Ocaña señaló que “más que la fase aguda nos importa un poquito más la fase subaguda o a largo plazo”, con un aumento de patologías asociadas como “alteración tiroidea, diabetes, enfermedad cardiovascular u oncológica”, lo que refuerza la necesidad de una visión más amplia de la enfermedad.

“Más que la fase aguda nos importa más la fase subaguda o a largo plazo”, con un aumento de patologías asociadas como alteración tiroidea, diabetes, enfermedad cardiovascular u oncológica”
Daniel Ocaña, miembro del Comité Asesor de Vacunas de Andalucía y de la Sociedad Andaluza de Medicina Familiar y Comunitaria
Sin embargo, uno de los principales problemas identificados es la debilidad de los sistemas de vigilancia epidemiológica. del Diego fue especialmente crítico: “Ahora mismo no tenemos una buena vigilancia sobre la COVID”, denunciando la falta de continuidad en los sistemas centinela y la ausencia de homogeneidad entre comunidades autónomas: “No se hace una vigilancia homogénea”.
En paralelo, el debate sobre la vacunación vuelve a situarse en el centro de la estrategia, con especial atención a los entornos más controlados. Fernández-Prada defendió que la vacunación en residencias “es factible” gracias a estructuras organizativas ya consolidadas, recordando experiencias previas con “coberturas superiores al 80% en residencias en verano”. En la misma línea, Gil consideró que dispositivos similares, como el existente en Madrid con las UAR, podrían replicarse en otras regiones “con coberturas altas”.
También desde el ámbito geriátrico, Canchuchaja coincidió en la viabilidad logística, aunque planteó dudas sobre el calendario óptimo de vacunación, especialmente por la duración de la inmunidad: “Una opción viable es retrasar la vacunación, es decir, que la gripe y el VRS sea en octubre y que la vacunación de la COVID sea a finales de campaña”.
No obstante, la implementación de nuevas estrategias presenta obstáculos operativos. Del Diego advirtió de que una campaña masiva fuera del calendario habitual “implica una gestión de recursos” compleja, con “bloqueos de agendas” en Atención Primaria que “no es factible a día de hoy”.

Una campaña de vacunación masiva fuera del calendario habitual “implica una gestión de recursos” compleja, con “bloqueos de agendas” en Atención Primaria que “no es factible a día de hoy”
Jorge del Diego, exdirector general de Salud Pública y Ordenación Farmacéutica de la Junta de Andalucía
Por su parte, Gómez Rial abogó por mantener una estrategia clara y comprensible, combinando la vacunación en otoño con “ese refuerzo en primavera”, frente a alternativas más complejas que podrían generar “mucha confusión” dentro de los profesionales sanitarios.
Ocaña aseguró que el sistema se enfrenta a un momento de transición en el que “hay muchas opciones” sobre la mesa, pero en el que será necesario “abordarlo de forma seria dada la epidemiología”, especialmente si no se logran mejorar las coberturas vacunales ni los sistemas de seguimiento.
Long-COVID
Otra de las cuestiones que tocó el debate fueron las consecuencias de la COVID-19 a largo plazo, donde el llamado Long-COVID sigue generando controversia tanto clínica como conceptual.
Gómez Rial puso sobre la mesa una de las principales barreras: la falta de reconocimiento. “El Long-COVID sigue teniendo esa etiqueta negativa de que no se la creen los propios profesionales sanitarios”, afirmó, alertando de un paralelismo preocupante: “Mucho me temo que se ha convertido en la nueva fibromialgia”. A su juicio, se trata de “un síndrome postviral” que requiere avanzar hacia una mejor definición, incluso replanteando su nomenclatura como “síndrome post-COVID”.
El especialista insistió en la necesidad de avanzar en herramientas diagnósticas y, sobre todo, en la estratificación clínica de los pacientes, ya que “hay pacientes que realmente se ha visto afectada su calidad de vida”, lo que refuerza la relevancia sanitaria del problema más allá de la infección inicial.

“El Long-COVID sigue teniendo esa etiqueta negativa de que no se la creen los propios profesionales sanitarios”
José Gómez Rial, jefe de servicio de Inmunología del Hospital Clínico Universitario de Santiago
Desde una perspectiva más crítica, del Diego advirtió de la complejidad del abordaje: “Cuando hay más de 200 síntomas siempre es un problema”, lo que dificulta tanto su delimitación como su gestión. No obstante, puso el acento en la evidencia disponible, señalando que estudios recientes muestran que “la vacunación frente al Long-COVID también ayuda”.
En este contexto, la vacunación continuada emerge como una herramienta clave no solo para reducir hospitalizaciones y mortalidad, sino también para mitigar las secuelas a largo plazo de la enfermedad.
Sin embargo, persisten importantes diferencias en las coberturas vacunales a nivel internacional. Sanz llamó la atención sobre el contraste con los países nórdicos: “Noruega, Suecia y Finlandia están obteniendo coberturas de más de 80% en mayores de 70 años, que es un auténtico triunfo”. Ante esta situación, planteó una reflexión directa: “¿Qué hacen ellos que no hacemos nosotros?”, apuntando a la necesidad de analizar modelos exitosos para mejorar la adherencia en España.
Estrategias de prevención
El futuro de la COVID-19 estará condicionado por dos grandes ejes: la capacidad de adaptación frente a nuevas variantes y los cambios estructurales en las políticas de vacunación, tanto a nivel nacional como internacional.
En el ámbito científico, Sanz reclamó una mayor coordinación global: “Echo de menos que la OMS dé un paso hacia adelante para transformar el sistema de la COVID a algo muy similar a lo que tenemos en la gripe”, apostando por un modelo de vigilancia que permita decisiones más ágiles y homogéneas. El experto, explica que, por ejemplo, “desde que la OMS puso la LP8, aquí en España no ha habido ningún cambio adicional y han venido subvariantes posteriores”.
En su opinión, el escenario ideal sería encontrar una respuesta institucional ante las subvariantes que surjan y marquen las campañas, como ocurrió recientemente con la XFG.

“Echo de menos que la OMS dé un paso hacia adelante para tranformar el sistema covid a algo similar a lo que tenemos en gripe”
Iván Sanz, responsable del Centro Nacional de Gripe de Valladolid
No obstante, no todos los expertos coinciden en el grado de amenaza de estas variantes. Ocaña consideró que “los cambios no están siendo lo suficientemente importantes” como para comprometer la eficacia de las vacunas actuales, defendiendo que el factor clave sigue siendo “tener una dosis de refuerzo”.
Frente a esta visión, Sanz insistió en que la evolución antigénica sí puede tener impacto: “La nueva variante tiene 53 mutaciones en la proteína S”, lo que podría afectar al reconocimiento inmunitario.
A este contexto científico se suma un cambio relevante en la gobernanza de las vacunas. del Diego anticipó que “las cosas van a cambiar y mucho en España” a partir de la próxima temporada, cuando las comunidades autónomas asuman un mayor protagonismo en la adquisición de vacunas. Este nuevo escenario, con posibles acuerdos marco no obligatorios, abre “un juego completamente distinto” que podría generar mayor heterogeneidad en las estrategias.
Facilitar la vacunación
En cuanto a las recomendaciones de vacunación, el debate se centró en el equilibrio entre precisión clínica y simplicidad operativa. Desde la práctica asistencial, Fernández-Prada valoró positivamente la reciente diferenciación por grupos de edad en las campañas: “No es ‘un café para todos’, vacunamos a quien verdaderamente lo necesita”.
Sin embargo, esta segmentación también plantea retos en la práctica clínica diaria. Ocaña advirtió que la coexistencia de distintos criterios puede generar confusión: “Para el profesional de a pie que unos tengan 60 y otros 70 confunde mucho”. En este sentido, defendió que la edad sigue siendo un criterio útil para facilitar la toma de decisiones, aunque reconoció que “la edad cronológica difiere muchísimo de la edad biológica”.
Por ello, abogó por avanzar hacia una mayor homogeneización de criterios, especialmente en el ámbito de las infecciones respiratorias: “No ser precisos hace que el profesional no experto se inhiba”, lo que puede repercutir negativamente en las coberturas vacunales.
En conjunto, los expertos coincidieron en que la COVID-19 ha cambiado, pero no ha desaparecido ni ha dejado de ser relevante. Aunque haya quien la perciba como menos grave, sigue teniendo un impacto importante, en las personas más vulnerables. Y, como recordó Ocaña, la vulnerabilidad no siempre va de la mano de la edad.
