La contaminación del aire, en el punto de mira como factor clave en el desarrollo de la demencia

Dos estudios refuerzan la relación entre la exposición prolongada a partículas contaminantes y el riesgo de enfermedades neurodegenerativas, como el alzhéimer o la demencia por cuerpos de Lewy

contaminación

La contaminación atmosférica ya no solo es una amenaza para los pulmones o el corazón. También lo es para el cerebro. Así lo revelan dos investigaciones recientes publicadas en The Lancet y Science, que consolidan el vínculo entre la exposición a contaminantes del aire y un mayor riesgo de padecer demencia, especialmente en formas menos conocidas como la demencia por cuerpos de Lewy (DCL), una de las más complejas y devastadoras.

Con más de 57 millones de personas afectadas por demencia en el mundo, y estimaciones al alza para las próximas décadas, The Lancet ha publicado un análisis donde analizan datos de más de 24 millones de personas y han encontrado una asociación entre la exposición prolongada a partículas finas (PM2,5), dióxido de nitrógeno y carbono negro con un mayor riesgo de desarrollar demencia. Por cada aumento de 5 µg/m³ de PM2,5 en el ambiente, el riesgo de demencia aumentó un 8%. La evidencia ha sido calificada como de «certeza moderada«, y los autores han concluido que reducir la contaminación podría traducirse directamente en una menor incidencia de demencias.

Pero un segundo estudio, publicado en Science, va un paso más allá: han identificado mecanismos moleculares concretos por los cuales los contaminantes del aire podrían desencadenar la demencia, especialmente la relacionada con los cuerpos de Lewy, que afecta a millones de personas y comparte rasgos con el párkinson y el alzhéimer.

La contaminación es un riesgo modificable

Los investigadores han descubierto que la exposición crónica a PM2,5 puede inducir una forma patógena de la proteína α-sinucleína, característica de la demencia con cuerpos de Lewy. En modelos animales, esta proteína alterada provoca déficits cognitivos, atrofia cerebral y daño neurológico, replicando el curso de la enfermedad en humanos. La cepa generada por los contaminantes se ha mostrado más tóxica y resistente que otras, lo que sugiere un vínculo directo entre la polución y esta patología neurodegenerativa.

En ratones, esta cepa ha provocado un deterioro cognitivo severo, mientras que los animales que no producen α-sinucleína quedaron protegidos del daño inducido por la contaminación, reforzando la hipótesis del impacto directo de la polución sobre el cerebro a través de esta proteína.

Los autores de ambos estudios coinciden en una advertencia clara: la contaminación del aire es un factor de riesgo modificable, y las políticas ambientales deben tener en cuenta su impacto en la salud neurológica. «En conjunto, estos resultados enfatizan la importancia de continuar la investigación sobre el papel de la contaminación atmosférica en las enfermedades neurodegenerativas y sus implicaciones para las estrategias de salud pública», señalaron los investigadores de Science.


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