En los últimos años, numerosos estudios serológicos realizados en regiones donde el sarampión es endémico y en otras donde la enfermedad se había eliminado han revelado una preocupante realidad: existen brechas significativas en la inmunidad de personas vacunadas con el esquema estándar de dos dosis durante la infancia. La mayoría de estos individuos tienen entre 13 y 30 años, aunque también se identifican casos en mayores de 40 años. Este fenómeno, conocido como fracaso secundario de la vacuna, explica en parte la aparición de brotes en adultos, incluso en países con alta cobertura vacunacional, como se observó recientemente en Mongolia.
Para contrarrestar esta vulnerabilidad, en algunos países se ha ofrecido una tercera dosis de la vacuna contra el sarampión, principalmente a trabajadores sanitarios. Aunque esta dosis adicional ha demostrado ser segura y sus efectos adversos son comparables a los de las dos dosis convencionales, los niveles elevados de anticuerpos generados disminuyen rápidamente entre uno y tres años tras la administración. Esto plantea interrogantes sobre la duración de la protección inducida por la vacunación y la necesidad de estrategias complementarias para el control sostenible del sarampión. Esta situación se analiza en un estudio de The New England Journal of Medicine (NEJM).
Repunte alarmante de sarampión a nivel global
La situación epidemiológica global del sarampión se ha deteriorado de manera notable en los últimos años. Tras un mínimo histórico de 132.490 casos notificados en 2016, el número se disparó a 869.770 en 2019. Este incremento estuvo impulsado por grandes brotes en países como la República Democrática del Congo, Madagascar, Samoa, Ucrania y Brasil, donde la reticencia a la vacunación desempeñó un papel decisivo. Europa y Estados Unidos tampoco fueron inmunes a este fenómeno, experimentando brotes que contradecían la eliminación declarada de la enfermedad en EE.UU. en el año 2000.
Reconociendo la gravedad de esta amenaza, la Organización Mundial de la Salud (OMS) incluyó en 2019 la reticencia a las vacunas entre los diez principales desafíos para la salud mundial. La crisis se agravó con la pandemia de COVID-19, que interrumpió las campañas de vacunación sistemática y de refuerzo en todo el mundo. La cobertura global de la primera dosis contra el sarampión cayó al 81% durante la pandemia, la cifra más baja desde 2008. Aunque ha mejorado levemente hasta un 83% en 2022 y 2023, sigue siendo insuficiente, especialmente en países de ingresos bajos (64%) y medios (86%).
En Estados Unidos, un análisis detallado mostró que la cobertura de la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubéola) fue inferior al 95% en 990 de 1501 condados y cayó por debajo del 74% en 70 condados, lo que ha facilitado la propagación del virus en 2024 y 2025. La región europea reportó en 2024 su mayor número de casos de sarampión en 25 años, representando un 20% del total mundial. En los siete primeros meses de 2025, EE.UU. había confirmado 1288 casos y tres muertes, con un 96% de los afectados no vacunados o con estado vacunal desconocido, y una hospitalización del 12%. La cantidad actual de casos es cuatro veces mayor que la del año anterior y, si esta tendencia continúa, el país podría perder el estatus de eliminación que había mantenido durante más de dos décadas.
De acuerdo con este estudio, la lucha contra el sarampión se ha visto entorpecida por la persistente desinformación. Falsas creencias, como la supuesta relación entre la vacuna contra el sarampión y el autismo o la idea errónea de que la vitamina A previene la enfermedad, han socavado la confianza en las vacunas, principalmente en países como Estados Unidos y Reino Unido. Aunque la comunidad científica ha demostrado repetidamente que no existe ninguna relación entre la vacuna triple vírica y el autismo, estas teorías continúan impactando negativamente las tasas de vacunación.
La reducción en la inmunización infantil vinculada a la reticencia a la vacunación podría traducirse en un escenario devastador. Se estima que una disminución del 10% en la cobertura de la vacuna triple vírica en EE.UU. podría desencadenar más de 11 millones de casos de sarampión en un período de 25 años.
Impacto de la retirada de apoyo financiero estadounidense
Además, otro factor que complica el control mundial del sarampión es la reciente reducción del apoyo financiero de Estados Unidos a las iniciativas globales de salud pública. EE.UU. contribuye aproximadamente con el 19% del presupuesto de la OMS y el 13% del de Gavi, la Alianza para las Vacunas. Su retirada parcial afecta negativamente la capacidad de estos organismos para sostener programas de vacunación esenciales, aumentando el riesgo de brotes y muertes por sarampión y otras enfermedades prevenibles en los países más vulnerables.
Esta realidad no solo amenaza la salud en los países de bajos ingresos, sino que también pone en riesgo la seguridad sanitaria nacional de Estados Unidos, dada la facilidad con la que las enfermedades infecciosas cruzan fronteras, especialmente en un mundo con crecientes viajes internacionales.
Ante este panorama, la detección rápida de casos, la genotipificación del virus y el rastreo eficiente de cadenas de transmisión son herramientas indispensables para controlar los brotes. La identificación temprana permite implementar medidas de contención oportunas y evitar la propagación comunitaria.
La coordinación internacional y el fortalecimiento de la confianza en la vacunación constituyen pilares fundamentales para superar la crisis actual. Solo con esfuerzos globales renovados y sostenidos será posible retomar el camino hacia la eliminación definitiva del sarampión.
Así, la publicación destaca que, pese a los avances científicos, el control global del sarampión apenas ha mejorado en las últimas dos décadas, y el deterioro de la salud mundial podría agravar aún más la situación. Los expertos advierten de la necesidad urgente de reforzar la investigación durante los brotes para abordar las lagunas en la inmunidad de la población y aumentar la cobertura vacunal.
Entre las estrategias prometedoras se encuentran el uso de pruebas de diagnóstico rápido como herramienta de vigilancia, la posible administración de una dosis de refuerzo de la vacuna antineumocócica en pacientes convalecientes para prevenir neumonías sarampionosas, y el desarrollo de vacunas adaptadas para lactantes. Además, tecnologías innovadoras como los parches de microagujas podrían facilitar la inmunización en zonas remotas, superando los desafíos logísticos de la cadena de frío. Sin embargo, muchas de estas soluciones requieren aún validación en ensayos clínicos.