La fragilidad en personas mayores no es un destino inevitable. Un ensayo clínico aleatorizado liderado por el Instituto de Investigación Sanitaria INCLIVA, vinculado al Hospital Clínico Universitario de València, demuestra que una intervención basada en ejercicio físico supervisado y suplementación nutricional puede revertir la fragilidad y modular el envejecimiento biológico en adultos mayores que viven en la comunidad. Los resultados se han publicado en Aging Cell.
El estudio parte de una premisa clave: la edad cronológica no siempre coincide con la edad biológica. Esta última refleja el estado real de los sistemas moleculares y funcionales del organismo y puede estimarse mediante biomarcadores como los relojes epigenéticos, algoritmos basados en patrones de metilación del ADN que permiten calcular la «edad biológica» de los tejidos.
Un vacío en la investigación sobre la fragilidad
La fragilidad es un síndrome geriátrico caracterizado por una disminución de las reservas funcionales y una mayor vulnerabilidad frente a factores estresantes. Se asocia a mayor riesgo de discapacidad, hospitalización y mortalidad, y tiene incluso mayor valor predictivo de eventos adversos que muchas enfermedades crónicas.
Aunque se reconoce que factores como la inactividad física, la malnutrición y la obesidad aceleran el declive fisiológico, hasta ahora existía una brecha importante: la falta de biomarcadores moleculares validados capaces de detectar de forma precoz la desregulación biológica subyacente o de predecir la respuesta individual a las intervenciones.
«Este estudio integra por primera vez en un contexto clínico real mejoras funcionales con biomarcadores del envejecimiento biológico», explicó Mª Carmen Gómez Cabrera, investigadora principal del trabajo. «Nuestros resultados aportan evidencia de que la fragilidad y el envejecimiento biológico pueden modularse mediante hábitos de vida saludables».
Intervención multidominio durante seis meses
El ensayo incluyó a 47 personas mayores de 70 años con fragilidad. Los participantes fueron asignados aleatoriamente a un grupo de intervención o a un grupo control con atención habitual.

Durante seis meses, el grupo de intervención siguió un programa de ejercicio multicomponente supervisado—que combinaba fuerza, resistencia, equilibrio y movilidad— tres veces por semana. Además, recibió un suplemento nutricional diario rico en proteínas, vitaminas y minerales. El diseño incorporó una personalización del ejercicio según el nivel funcional de cada participante, un aspecto diferencial frente a otros estudios previos basados en programas domiciliarios no supervisados.
Antes y después de la intervención se realizaron evaluaciones clínicas, funcionales y nutricionales, junto con un análisis exhaustivo del metiloma en muestras de sangre periférica. El estudio incluyó cinco relojes epigenéticos (Horvath, Hannum, DNAm PhenoAge, DNAm GrimAge y DNAm FitAge), así como una estimación de la longitud telomérica basada en metilación del ADN.
Uno de los principales hallazgos fue la tendencia a la desaceleración del envejecimiento epigenético en el grupo de intervención, evaluado mediante DNAm PhenoAge, un reloj de segunda generación asociado al riesgo de morbilidad y mortalidad. Esta ralentización se observó tanto en la diferencia entre edad epigenética y cronológica como en la tasa de envejecimiento.
Asimismo, el acortamiento de la longitud de los telómeros—otro sello distintivo del envejecimiento biológico vinculado a la inestabilidad genómica— se atenuó significativamente en los participantes que recibieron la intervención. Según los autores, la modulación simultánea de metilación del ADN y dinámica telomérica sugiere un posible efecto geroprotector de la estrategia multidominio.
Aunque los investigadores advierten de que son necesarios estudios adicionales para confirmar el impacto a largo plazo, los datos aportan evidencia longitudinal de que intervenciones no farmacológicas pueden influir en mecanismos moleculares del envejecimiento sin alterar la secuencia genética.
Mejoras funcionales y fenotípicas
En paralelo a los cambios moleculares, el estudio documentó mejoras significativas en los dominios fenotípico y funcional. Tras seis meses, la escala FAMD mostró una clara separación entre el grupo de intervención y el control. Las variables que más contribuyeron a esta diferenciación fueron el estado de fragilidad, la masa grasa, el perímetro de la pantorrilla, la velocidad de la marcha y la escala de Tinetti, indicadores consolidados de función física y resiliencia.
Desde el punto de vista nutricional, la intervención mejoró las puntuaciones de la Mini Nutritional Assessment (MNA) y biomarcadores sanguíneos relacionados con el estado nutricional. Cabe destacar que más del 70% de la muestra presentaba riesgo de desnutrición al inicio del estudio, lo que refuerza la pertinencia del abordaje nutricional en esta población.
El trabajo se inscribe en la línea de intervenciones multidominio iniciada por estudios como el FINGER trial y el SPRINTT trial, que demostraron beneficios en deterioro cognitivo y discapacidad de movilidad o fragilidad, respectivamente. Sin embargo, a diferencia de estos ensayos, el presente estudio se centra específicamente en adultos mayores frágiles y combina de forma integrada métricas moleculares, fenotípicas y funcionales.
Frente a investigaciones basadas en restricción calórica o suplementación aislada, los autores subrayan que su intervención priorizó la corrección de déficits nutricionales y la personalización del ejercicio, elementos especialmente relevantes en una población con alta prevalencia de riesgo de desnutrición.
Implicaciones clínicas y preventivas
El estudio aporta argumentos para incorporar biomarcadores epigenéticos como herramientas de evaluación en programas de envejecimiento saludable. Los relojes epigenéticos, sensibles a cambios ambientales y de estilo de vida, podrían facilitar la monitorización objetiva de intervenciones preventivas y la estratificación del riesgo en población mayor.
En palabras de los investigadores, la integración longitudinal de relojes epigenéticos con mejoras clínicas abre nuevas vías para diseñar estrategias personalizadas orientadas a prolongar la autonomía y la calidad de vida. Más allá de su valor científico, el mensaje es claro: incluso en edades avanzadas y en presencia de fragilidad, el envejecimiento biológico puede modularse.
Lejos de ser un proceso rígido e inmutable, el envejecimiento se revela así como una trayectoria dinámica, sensible a intervenciones bien estructuradas. El reto ahora será trasladar este conocimiento a programas escalables en el sistema sanitario y confirmar, en cohortes más amplias, si la desaceleración epigenética observada se traduce en beneficios clínicos sostenidos a largo plazo.