De la gripe al herpes zóster: las infecciones virales también impactan en la salud cardiovascular

Un metaanálisis publicado en AHA confirma que la vacunación frente a virus comunes no solo evita infecciones, sino que reduce hasta un 34% los eventos cardiovasculares mayores

infecciones

Una revisión sistemática y metaanálisis de gran alcance, publicados en la revista American Heart Association (AHA), que integró datos de 155 estudios internacionales, confirma que múltiples infecciones virales —tanto agudas como crónicas— se asocian con un incremento sustancial del riesgo de enfermedad cardiovascular (ECV), incluyendo cardiopatía isquémica, infarto agudo de miocardio (IAM) y accidente cerebrovascular (ACV). Los resultados, publicados tras un análisis exhaustivo de la literatura científica hasta julio de 2024, subrayan el papel de la inflamación viral y la disfunción endotelial como mecanismos clave y destacan el valor potencial de la vacunación como estrategia preventiva cardiovascular.

Entre las infecciones con evidencia más consistente se encuentran el virus de la gripe, el SARS-CoV-2, el VIH, el virus de la hepatitis C (VHC) y el virus varicela-zóster (VVZ).

Según el metaanálisis, la infección por VIH se asoció con un 60% más de riesgo de cardiopatía isquémica y un 45% más de riesgo de accidente cerebrovascular. En el caso del SARS-CoV-2, los datos son incluso más contundentes: el riesgo de cardiopatía isquémica aumentó un 74% y el de accidente cerebrovascular un 69% en comparación con poblaciones no infectadas.

La infección por influenza se asoció con el mayor riesgo de eventos cardiovasculares agudos. En los estudios con diseño de series de casos autocontrolados —considerado el estándar de referencia para evaluar asociaciones transitorias—, la gripe confirmada por laboratorio cuadruplicó el riesgo de infarto agudo de miocardio y quintuplicó el de accidente cerebrovascular en el primer mes tras la infección.

Asimismo, el VHC mostró un incremento del 27% en el riesgo de cardiopatía isquémica y del 23% en el de accidente cerebrovascular, mientras que el herpes zóster elevó el riesgo en un 12% y 18%, respectivamente. Estos hallazgos refuerzan la idea de que tanto las infecciones agudas como las persistentes pueden ejercer efectos cardiovasculares significativos a través de mecanismos inflamatorios sostenidos.

Mecanismos fisiopatológicos comunes

El análisis identifica múltiples vías por las que las infecciones virales pueden desencadenar o agravar la enfermedad cardiovascular. Varios virus —incluidos el VIH, el SARS-CoV-2, el VVZ y el citomegalovirus (CMV)— tienen la capacidad de invadir directamente las células endoteliales arteriales, provocando disfunción endotelial, proliferación de músculo liso vascular y liberación de citocinas proinflamatorias. Este proceso favorece la formación y desestabilización de placas ateroscleróticas, aumentando el riesgo de rotura y trombosis.

En el caso de la COVID-19, se ha descrito un papel relevante de la formación excesiva de trampas extracelulares de neutrófilos (NETs), que, aunque constituyen un mecanismo de defensa frente a la infección, pueden promover un estado procoagulante y agravar la inflamación endotelial, contribuyendo a la aparición de IAM y ACV incluso semanas después de la infección aguda.

Además, la inflamación crónica y la hipercoagulabilidad pueden persistir tras la resolución clínica de la infección, lo que explicaría los efectos a largo plazo observados en cohortes de pacientes con infecciones virales crónicas como el VIH o el VHC.

La vacunación, herramienta preventiva cardiovascular

Uno de los hallazgos más destacados del estudio es el papel protector de las vacunas antivirales frente a los eventos cardiovasculares. Los autores citan metaanálisis previos de ensayos clínicos que muestran que la vacunación antigripal reduce en un 34% el riesgo de eventos cardiovasculares mayores. En el caso del herpes zóster, la inmunización también se asocia con una disminución del riesgo de infarto y accidente cerebrovascular, probablemente al evitar los procesos inflamatorios y vasculíticos derivados de la reactivación del VVZ.

El estudio subraya que las medidas preventivas, incluida la vacunación, son especialmente relevantes en adultos mayores y personas con factores de riesgo cardiovascular preexistentes, dado que estas poblaciones presentan un mayor riesgo basal y pueden experimentar complicaciones más graves ante una infección viral.

En pacientes con VIH, el riesgo cardiovascular persiste incluso tras la instauración del tratamiento antirretroviral, asociado a niveles elevados de interleucina-6, dímero D y marcadores de activación inmunitaria. La evidencia reciente sugiere que las estatinas, además de su efecto hipolipemiante, ejercen un beneficio cardiovascular adicional en esta población. En un ensayo clínico con seguimiento medio de 5 años, la pitavastatina redujo el riesgo de eventos cardiovasculares en un 35% en personas con VIH.

Por su parte, la introducción de los antivirales de acción directa (AAD) ha transformado el manejo del VHC, logrando tasas de respuesta virológica sostenida superiores al 90%. Existen indicios de que el tratamiento con AAD también podría reducir el riesgo cardiovascular asociado a la infección crónica, aunque los autores señalan la necesidad de estudios longitudinales que confirmen este efecto.

Virus con evidencia emergente

Más allá de los virus con evidencia consolidada, el metaanálisis identifica una posible relación entre la ECV y otras infecciones virales menos estudiadas, como el citomegalovirus, el virus del herpes simple tipo 1 (VHS-1), el virus de la hepatitis A, el virus del papiloma humano (VPH), el virus respiratorio sincitial (VRS) y los arbovirus dengue y chikungunya.

Aunque los datos son limitados, algunos mecanismos biológicos son plausibles. Por ejemplo, la infección persistente por VPH se ha vinculado a niveles elevados de citocinas proinflamatorias y a la inactivación de la proteína supresora tumoral p53, lo que podría favorecer la aterogénesis. En el caso del dengue y el chikungunya, estudios realizados en Brasil y otras regiones endémicas han documentado un aumento del riesgo de miocarditis, arritmias y muerte cardiovascular en las semanas posteriores a la infección.

A pesar de que África, América Latina y el sudeste asiático soportan una carga desproporcionada tanto de enfermedades infecciosas como de ECV, la mayoría de los estudios disponibles proceden de países de ingresos altos, lo que limita la extrapolación de los resultados. Los autores subrayan la necesidad de fortalecer la investigación epidemiológica en regiones de alta endemicidad viral, donde la coexistencia de múltiples infecciones podría tener efectos acumulativos sobre el riesgo cardiovascular.

Además, advierten de que la cobertura vacunal contra la gripe y el herpes zóster sigue siendo baja en muchos países, especialmente en los de bajos y medianos ingresos, por lo que abogan por estrategias globales que integren la vacunación dentro de los programas de prevención cardiovascular.

Limitaciones y perspectivas

El estudio reconoce una heterogeneidad moderada a alta entre los estudios incluidos, atribuida a diferencias metodológicas, poblacionales y en la definición de infecciones y eventos cardiovasculares. No obstante, la consistencia de los resultados entre estudios de cohortes y casos y controles refuerza la validez de las asociaciones observadas.

Los autores concluyen que las infecciones virales —especialmente influenza, SARS-CoV-2, VIH, VHC y herpes zóster— constituyen importantes factores modificables de riesgo cardiovascular y que las intervenciones preventivas, diagnósticas y terapéuticas deben integrar este conocimiento en la práctica clínica.

“Nuestro metaanálisis destaca la importancia de abordar la salud cardiovascular desde una perspectiva infecciosa y de reforzar la vacunación como herramienta preventiva de primer orden”, señalan los investigadores.


También te puede interesar…