La exposición prolongada a la contaminación atmosférica podría aumentar de forma significativa el riesgo de desarrollar enfermedades de la neurona motora (EMN, por sus siglas en inglés), incluida la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), y acelerar su progresión una vez diagnosticada, según revela un estudio nacional realizado en Suecia y publicado en JAMA Neurology. Los resultados refuerzan la hipótesis de que los factores ambientales desempeñan un papel clave en estas enfermedades neurodegenerativas y subrayan la importancia de mejorar la calidad del aire como medida de salud pública.
El trabajo, liderado por investigadores del Instituto Karolinska, analizó datos de 1.463 personas con diagnóstico reciente de EMN, comparadas tanto con 1.768 hermanos como con más de 7.000 controles de la población general. A partir de registros nacionales y modelos de alta resolución espacial, los autores reconstruyeron la exposición residencial a distintos contaminantes atmosféricos —partículas finas (PM2,5), partículas inhalables (PM10), partículas gruesas (PM2,5–10) y dióxido de nitrógeno (NO₂)— durante los diez años previos al diagnóstico.
A pesar de que los niveles de contaminación en Suecia se sitúan entre los más bajos de Europa y, en general, solo ligeramente por encima de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la exposición prolongada se asoció con un incremento del riesgo de EMN de entre el 20% y el 30%. «Observamos una asociación clara, a pesar de que los niveles de contaminación atmosférica en Suecia son inferiores a los de muchos otros países», señaló Jing Wu, investigador del Instituto de Medicina Ambiental del Instituto Karolinska. «Esto subraya la importancia de mejorar la calidad del aire».
Impacto en la evolución de la enfermedad
Más allá del riesgo de desarrollar la enfermedad, el estudio aporta evidencia novedosa sobre el impacto de la contaminación atmosférica en la progresión de la EMN. Los pacientes que habían vivido durante años en zonas con mayores concentraciones de contaminantes presentaron un deterioro más rápido de las funciones motoras y respiratorias tras el diagnóstico, así como un mayor riesgo de muerte y una mayor probabilidad de necesitar ventilación invasiva.
«Nuestros resultados sugieren que la contaminación del aire podría no solo contribuir a la aparición de la enfermedad, sino también afectar a la rapidez con la que progresa», explicó Caroline Ingre, profesora adjunta del Departamento de Neurociencia Clínica del Instituto Karolinska. Estos patrones se mantuvieron cuando el análisis se limitó exclusivamente a pacientes con ELA, que representa entre el 85% y el 90% de todos los casos de EMN.
El trabajo muestra además que la ventana de exposición prolongada —hasta diez años antes del diagnóstico— parece especialmente relevante, lo que apunta a un efecto acumulativo de la mala calidad del aire. Las asociaciones fueron consistentes en distintos contaminantes y se observaron tanto en la comparación con la población general como en el análisis entre hermanos, diseñado para reducir la influencia de factores genéticos y ambientales compartidos en la infancia.
Aunque el diseño observacional del estudio no permite establecer una relación causal directa, los autores destacan que sus hallazgos son coherentes con evidencias experimentales previas. Se sabe que la contaminación atmosférica puede inducir inflamación sistémica, estrés oxidativo y alteraciones de la barrera hematoencefálica, procesos implicados en la neurodegeneración.
Las partículas finas pueden alcanzar el sistema nervioso central tanto a través de la circulación sanguínea como por vía olfativa, activando la microglía y los astrocitos y favoreciendo la liberación de citocinas proinflamatorias y especies reactivas de oxígeno. Estos mecanismos son especialmente relevantes en enfermedades como la ELA, en las que la neuroinflamación y el estrés oxidativo desempeñan un papel central.
Fortalezas, limitaciones e implicaciones
Entre las principales fortalezas del estudio destacan su diseño a nivel nacional, el gran tamaño muestral, la disponibilidad de datos clínicos detallados y el uso de modelos de contaminación atmosférica de alta resolución durante largos periodos de tiempo. Además, es uno de los pocos trabajos que examina de forma sistemática la relación entre la exposición ambiental previa y la evolución clínica tras el diagnóstico.
No obstante, los autores reconocen algunas limitaciones, como la falta de información sobre exposición en interiores, en el lugar de trabajo o sobre hábitos de vida como el tabaquismo, así como la imposibilidad de analizar partículas según su fuente específica. Aun así, consideran poco probable que estas limitaciones expliquen los resultados observados.
En conjunto, el estudio respalda la idea de que la contaminación atmosférica, incluso a niveles relativamente bajos, contribuye tanto al desarrollo como al peor pronóstico de las enfermedades de la neurona motora. “Estos resultados resaltan la importancia para la salud pública de mejorar la calidad del aire para reducir el riesgo de enfermedades neurodegenerativas y mejorar el pronóstico de los pacientes”, concluyen los autores.