Una proteína del sistema inmunitario se alza como posible biomarcador de COVID persistente

El estudio, publicado en Frontiers in Inmunology, revela que PTX-3 se mantiene elevada incluso 10 meses después de la infección en pacientes que sufrieron la enfermedad de forma grave

PTX-3

Un equipo de investigadores de la Universidad Médica de Viena ha identificado un componente del sistema inmunitario, la proteína pentraxina 3 (PTX-3), como un posible biomarcador capaz de anticipar complicaciones posteriores a la COVID-19. El hallazgo, publicado en la revista Frontiers in Inmunology, abre la puerta a nuevas vías de diagnóstico y tratamiento de la conocida como COVID persistente, un síndrome que todavía no está estudiado en profundidad.

Desde los primeros meses de la pandemia se sabe que las llamadas proteínas de fase aguda, que actúan como defensas rápidas frente a infecciones, se disparan en la sangre de los pacientes con cuadros graves de COVID-19.

Normalmente, estas moléculas vuelven a niveles normales pocos días después de que la infección remite, pero los investigadores han descubierto que la PTX-3 se mantiene elevada incluso 10 meses después en un grupo de pacientes que había sufrido la enfermedad en su forma más severa.

La proteína PTX-3 permanece elevada

En el estudio participaron 141 pacientes convalecientes de COVID-19, a los que se les tomaron muestras a las diez semanas y a los diez meses tras superar la infección aguda. Sus datos se compararon con los de 98 personas no infectadas. La conclusión fue clara: mientras que la mayoría de proteínas analizadas regresaron a la normalidad, la PTX-3 permanecía elevada en quienes habían pasado una COVID grave, en contraste con quienes tuvieron cuadros leves o no se contagiaron.

«Suponemos que los niveles elevados de PTX-3 indican mecanismos de reparación tisular en curso o la posible presencia de restos virales en el organismo», explicó Winfried Pickl, uno de los responsables de la investigación. Su compañero Rudolf Valenta añadió que esta proteína podría servir como «biomarcador de daño tisular prolongado o de activación inmunitaria a largo plazo, lo que en algunos casos puede derivar en complicaciones posteriores a la infección».

Vínculo con la COVID persistente

El estudio se enmarca en un terreno especialmente sensible: la COVID persistente, un síndrome que afecta a millones de personas en todo el mundo. Fatiga crónica, dificultad respiratoria, problemas neurológicos o cardiovasculares son solo algunos de los síntomas que pueden persistir durante meses tras superar la infección inicial.

Aunque los mecanismos que explican este fenómeno aún no se comprenden del todo, los investigadores apuntan a que la activación prolongada del sistema inmunitario podría jugar un papel clave. «Nuestro trabajo aporta información adicional importante sobre los procesos que podrían llevar al desarrollo de la COVID persistente», señaló Bernhard Kratzer, primer autor del artículo.

Lo novedoso de este hallazgo radica en que la PTX-3 no parece comportarse como un simple marcador de inflamación aguda, como ocurre con la PCR (proteína C reactiva) u otras moléculas similares.

En los pacientes estudiados, la PCR había vuelto a la normalidad, lo que descarta un cuadro inflamatorio activo. En cambio, la PTX-3 podría estar indicando procesos de reparación tisular o secuelas internas en órganos como los pulmones, que resultan dañados en los casos graves de COVID.

Papel dual

Este estudio sugiere que incluso podría existir un papel dual de PTX-3. Por un lado, podría ser testigo de que aún quedan restos virales o señales de daño en el organismo. Por otro, la proteína también parece participar en mecanismos beneficiosos, como la reparación del tejido pulmonar, la resolución de la inflamación y la eliminación de microtrombos asociados a la infección.

«Es posible que lo que observamos sea un intento del cuerpo de reparar los estragos que ha dejado el virus en los pacientes más graves», explicaron los autores.

Más allá de estos resultados, la investigación fue más que una medición de proteínas en sangre. Los investigadores analizaron la región genética asociada a PTX-3 y encontraron que ciertas variantes genéticas (SNPs) podrían influir tanto en los niveles de esta proteína como en la gravedad del curso de la enfermedad.

En concreto, detectaron una mutación que se asociaba a mayor riesgo de cuadros graves y a niveles más altos de PTX-3, lo que refuerza la idea de que la genética del paciente también desempeña un papel en la evolución de la COVID-19 y sus secuelas.

Limitaciones y próximos pasos

En el estudio se reconocen limitaciones. Por ejemplo, los pacientes fueron analizados solo en dos momentos (a las 10 semanas y a los 10 meses), lo que impide trazar con precisión la evolución intermedia de la proteína.

Además, el trabajo se realizó en los primeros meses de la pandemia, con las variantes originales del virus y antes de la vacunación masiva, por lo que los resultados podrían variar en escenarios actuales con variantes menos agresivas y una población ampliamente inmunizada.

Aún así, el hallazgo es relevante porque aporta una pieza más al puzle de la COVID persistente. La identificación de biomarcadores fiables es clave para diagnosticar y tratar a los pacientes, un reto urgente para los sistemas sanitarios, dado el gran número de afectados y el impacto socioeconómico que supone está enfermedad.


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