La obesidad se ha convertido en una de las principales amenazas para la salud pública en todo el mundo, con cifras que no dejan de crecer. En Europa, más del 60% de los adultos y casi uno de cada tres niños tienen sobrepeso u obesidad, según datos recientes de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Esta enfermedad crónica, compleja y multifactorial no solo aumenta el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, algunos tipos de cáncer y trastornos musculoesqueléticos, sino que también impacta profundamente en la salud mental y la calidad de vida de quienes la padecen.
En este contexto, los avances farmacológicos en este campo han irrumpido con fuerza como una nueva herramienta para frenar la progresión de la obesidad, más allá de la dieta y el ejercicio físico. Medicamentos como semaglutida o tirzepatida —originalmente desarrollados para la diabetes tipo 2— han demostrado una eficacia sin precedentes en la reducción sostenida de peso corporal, marcando un punto de inflexión en el abordaje clínico de esta enfermedad.
Entre las nuevas alternativas terapéuticas la última en surgir ha sido la ecnoglutida, un agonista del receptor GLP-1 con un mecanismo de acción innovador que ha mostrado resultados prometedores en un ensayo clínico de fase III. Administrado una vez por semana, este fármaco experimental logró reducciones de peso de hasta el 13% tras 40 semanas de tratamiento en personas con obesidad o sobrepeso sin diabetes, con un perfil de seguridad favorable. Los investigadores aseguran que su diseño, orientado a potenciar selectivamente la vía del AMPc —clave en la regulación del apetito y el metabolismo—, podría conferirle ventajas adicionales frente a otras moléculas de su clase.
La llegada al mercado de este tipo de tratamientos ha despertado tanto entusiasmo como debate, en un momento en que la demanda global se dispara y las autoridades sanitarias se enfrentan al reto de garantizar un acceso equitativo y seguro a estos tratamientos.
Cómo funcionan estos fármacos
La rápida evolución en el desarrollo de fármacos contra la obesidad está transformando el enfoque terapéutico de esta enfermedad crónica y compleja. Andreea Ciudin, jefa de la Unidad de Tratamiento Integral de la Obesidad del Hospital Vall d’Hebron, premio BiC 2024, destaca en una entrevista con Gaceta Médica que estos medicamentos no son productos «que vienen de otro planeta», sino que en realidad «son copias de las hormonas que el intestino de una persona sana produce cada vez que come».
Estas hormonas intestinales —entre ellas el GLP-1, el GIP, el glucagón o la amilina— cumplen funciones esenciales para regular el apetito y el metabolismo. «Se sintetizan a varios niveles del tubo digestivo a medida que la comida va pasando por ellos e informan al cerebro de que ya han llegado nutrientes para quitar el apetito. Y por otro lado, actúan a nivel de tejido graso, de hígado, de órganos periféricos para que los alimentos se procesen bien y que el metabolismo funcione», explica Ciudin.
Los nuevos fármacos son análogos de estas hormonas, es decir, moléculas similares pero modificadas para que su efecto dure más tiempo y con mayor potencia. «Las hormonas nativas que nosotros producimos duran pocos minutos, entre tres y cinco minutos», indica la experta, mientras que en el caso de los pacientes con obesidad, «se necesita que duren más tiempo y que las dosis sean más altas para corregir alteraciones metabólicas mantenidas durante años», puntualiza.
«Los nuevos fármacos están modificados ya que se necesita que duren más tiempo y que las dosis sean más altas para corregir alteraciones metabólicas mantenidas durante años»
Simples, dobles o triples
En este sentido, fármacos como la semaglutida, la tirzepatida o la ecnoglutida han supuesto avances importantes en el abordaje farmacológico de la obesidad, ya que actúan directamente sobre la biología. «El Mounjaro que tenemos disponible ahora, tirzepatida, es un agonista dual de GLP-1 y GIP. La nueva ecnoglutida es otro análogo de GLP-1, como la semaglutida, pero con una molécula un poco modificada para que el tiempo de acción sea diferente, quizá la potencia un poco más alta», señala Ciudin.
En cuanto a los resultados del estudio con ecnoglutida, que mostró una pérdida de peso del 13% en 40 semanas, la endocrinóloga reconoce que «no es para tirar cohetes». «Con semaglutida 2.4 se dieron 16-17% de pérdida de peso en algo más de un año. Con tirzepatida, 22% en 70 semanas. Es decir, es una pérdida bastante habitual con esta clase de fármacos de esta potencia. Quizá es algo menos potente que tirzepatida, que es agonista dual, mientras que ecnoglutida es un agonista simple de GLP-1″.
Desde su punto de vista, el desarrollo de nuevas moléculas es sin duda alentador, porque permitirá avanzar hacia tratamientos más personalizados. «No todos los tratamientos aplicarán para todos los pacientes porque no todos tendrán el mismo trastorno hormonal. Entonces, mientras más opciones farmacológicas tengamos más opciones para los pacientes», sostiene. La variedad de agonistas —simples, dobles o triples— amplía las opciones terapéuticas: «Cuantas más hormonas sustituyas, más potente va a ser el fármaco», explica Ciudin. «Si das un agonista simple, tiene que tener déficit de aquella hormona. Si das dos, pues ya tienes doble de probabilidad. Si das tres, pues todavía mayor probabilidad, así funciona un poco este tema».
Retos actuales
El reto actual es saber elegir qué fármacos son más adecuado para cada paciente. «El problema que tenemos es que la industria farmacéutica, gracias a la inteligencia artificial —porque quien diseña ahora estas moléculas es la inteligencia artificial, por eso van tan rápido—, va demasiado rápido en comparación con la capacidad que tenemos los profesionales de fenotipar bien a los pacientes con obesidad», destaca Ciudin, quien añade que «ahora lo que se hace es ensayo y error: pones un fármaco, ves si funciona, si no lo retiras y pones otro».
«El problema que tenemos es que la industria farmacéutica va demasiado rápido en comparación con la capacidad que tenemos los profesionales de fenotipar bien a los pacientes con obesidad»
Además, la selección del tratamiento a veces se ve condicionada por el precio, algo que, según la experta, «no debería entrar en el criterio de toma de decisiones en salud». Sin embargo, al no estar financiados, muchos pacientes deben costearlos de su bolsillo, y «en algunos casos, aunque repito, esto no deberíamos ni tomarse en cuenta cuando indicamos un tratamiento, el precio también les limita».
Para Ciudin, el futuro de estos tratamientos marca un antes y un después. «Será una revolución total», afirma, quien ejemplifica la situación: «Siempre hago la comparación con el hipotiroidismo. A la persona a la que le faltaban las hormonas tiroideas hace 200 años, cuando no tenían tratamiento sustitutivo, a saber cómo los trataban. Como hacemos nosotros ahora con la obesidad». Con estas nuevas moléculas, «estamos tratando acorde a la biología, estamos dando lo que le hace falta al paciente».
Aunque el impacto en la población todavía es limitado, ya se están observando resultados «sobre todo en Estados Unidos y, si no me equivoco, en Inglaterra, donde sí que financian por un periodo de dos años el tratamiento», concluye Ciudin.
