Vacunar frente a la COVID-19 a partir de los 60 años: «Simplificar tiene un impacto directo en las coberturas»

Daniel Ocaña, miembro del Comité Asesor de Vacunas de Andalucía y de la Sociedad Andaluza de Medicina Familiar y Comunitaria, explica a Gaceta Médica que los distintos umbrales de edad de 60 y 70 años entre gripe y COVID-19 generan confusión en la práctica clínica de Atención Primaria

La posible equiparación de los criterios de vacunación frente a la COVID-19 con los de la gripe gana peso en el debate sanitario como una vía para mejorar coberturas y simplificar la práctica clínica. Así lo defiende Daniel Ocaña, miembro del Comité Asesor de Vacunas de Andalucía y de la Sociedad Andaluza de Medicina Familiar y Comunitaria, quien subraya el impacto que tiene la falta de uniformidad en la recomendación y administración de vacunas en atención primaria.

“Cuanta más uniformidad hay, más seguridad siente el profesional y más consistentemente actúa. Cuando en una vacuna el umbral es de 70 años y en otra de 60, está más que comprobado que se genera confusión, tanto por exceso como por defecto, y se pierden oportunidades de vacunación”, explica a Gaceta Médica. En este sentido, advierte de que la disparidad de criterios “descarta pacientes” y complica la toma de decisiones, pese a que la uniformidad “es mucho más importante de lo que parece”.

En los últimos años, la estrategia de vacunación frente a la COVID-19 ha evolucionado desde un enfoque de emergencia hacia un modelo más integrado en los calendarios vacunales habituales. A diferencia de la gripe, un virus estacional con patrones relativamente predecibles, la COVID-19 continúa siendo objeto de seguimiento y ajuste continuo en sus recomendaciones, en función de su circulación y comportamiento epidemiológico.

Esto ha llevado a que, en la práctica, ambas campañas se hayan gestionado de forma separada en determinados periodos y con criterios diferenciados, especialmente en lo relativo a los grupos diana y la pauta de refuerzo, que actualmente se establece en muchos casos con dosis adicionales en torno a los seis meses.

En este contexto, la falta de alineación entre ambos calendarios no solo tiene implicaciones organizativas, sino que también se traslada a la práctica clínica diaria, especialmente en Atención Primaria, donde se toman las decisiones de vacunación.

Por ello, Ocaña señala que esta falta de homogeneidad tiene un efecto directo en la práctica diaria: “Si un paciente tiene indicada la vacuna de la gripe y no la de COVID, lo sistemático acaba siendo vacunar de gripe a todos. Pero cuando no es igual con COVID, al final se pierde esa rutina y se deja pasar la oportunidad”. Además, añade que la menor frecuencia en la recomendación de la vacuna frente a la COVID repercute en la experiencia del profesional: “No se desarrolla tanto la habilidad ni la experiencia en su recomendación”.

Desde la perspectiva de la Atención Primaria, insiste en la necesidad de simplificar los calendarios: “El profesional tiene que manejar muchas patologías, seguimientos y varias vacunas en adultos con distintos criterios de edad. Si a eso se suman diferencias —60 años para unas, 70 para otras—, se complica todo. Hay que simplificar en la mayor medida posible”.

Sobre el papel de la edad como criterio, matiza que “la edad cronológica por sí sola ya aumenta el riesgo frente a enfermedades infecciosas”, pero recuerda que los pacientes crónicos constituyen otro grupo clave: “Las patologías crónicas empiezan antes de los 65 años, a partir de los 50-55. Si bajas la edad de captación, aunque incluyas a personas sin riesgo aparente por edad, estás llegando también a pacientes con enfermedades crónicas que de otra forma quedarían fuera”.

Captación de población vulnerable

En este contexto, defiende que rebajar los umbrales de edad facilita la captación de población vulnerable: “A partir de los 50 años es cuando se desarrollan con más frecuencia hipertensión, diabetes o patologías respiratorias. Ese es el punto en el que empiezas a captar a muchos pacientes que realmente lo necesitan”.

Pese a la mejora de la situación epidemiológica general, los expertos advierten de que la COVID-19 sigue teniendo un impacto relevante en los grupos de riesgo: aunque las hospitalizaciones han disminuido en conjunto, en los pacientes vulnerables la enfermedad mantiene una elevada gravedad y la mortalidad continúa siendo significativa, con tasas de defunción hospitalaria en mayores de 70 años que se sitúan aproximadamente entre el 6% y el 15%, lo que refuerza la necesidad de no trivializar su impacto clínico ni relajar las estrategias de prevención.

Asimismo, Ocaña considera que equiparar criterios contribuiría a normalizar la vacunación frente a la COVID dentro del calendario habitual: “Todo lo que sea simplificar y facilitar tiene un impacto directo en las coberturas. Desde los criterios de edad hasta aspectos prácticos como los viales o la accesibilidad para pedir cita, todo influye. Pueden parecer detalles menores, pero no lo son: actúan como facilitadores y tienen mucha más repercusión de la que se piensa”.


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