El año de decidir qué Pediatría queremos

"Hoy ninguna CC.AA. puede garantizar al 100% que todos los niños sean atendidos por pediatras y enfermeras pediátricas en sus centros de salud. No es un dato menor. Supone una pérdida de derechos para la infancia"

La pediatría española vive una paradoja que merece una reflexión serena. Nunca ha contado con un nivel tan alto de conocimiento científico, capacidad clínica y compromiso profesional. Y, sin embargo, nunca había estado tan tensionada desde el punto de vista organizativo. Al iniciar 2026, el principal desafío de la pediatría no es tecnológico ni asistencial, sino estructural. La cuestión ya no es cuánto sabemos, sino cómo estamos organizando ese conocimiento para garantizar una atención equitativa, continua y de calidad a la infancia y a la adolescencia.

Durante décadas, España ha construido un modelo pediátrico reconocido dentro y fuera de nuestras fronteras. Un modelo que ha situado a los pediatras en el centro de la atención a niños y adolescentes, tanto en atención primaria como en el ámbito hospitalario. Los resultados están ahí, mejores indicadores de salud infantil, altas coberturas vacunales, diagnósticos precoces y un seguimiento más ajustado de las patologías crónicas. Esta fortaleza clínica no está en discusión. El problema es que el sistema que la sostiene muestra signos evidentes de desgaste.

Uno de los ámbitos donde esta fragilidad se hace más visible es la pediatría de atención primaria. Este primer nivel asistencial es la puerta de entrada al sistema, el espacio donde se construye la continuidad de cuidados y donde se garantiza la equidad. Sin embargo, la sobrecarga asistencial, la dificultad para cubrir plazas y la falta de planificación a medio y largo plazo están poniendo en riesgo un modelo que ha demostrado ser eficaz y eficiente. Hoy ninguna comunidad autónoma puede garantizar al cien por cien que todos los niños sean atendidos por pediatras y enfermeras pediátricas en sus centros de salud. No es un dato menor. Supone una pérdida de derechos para la infancia y una fuente creciente de inequidad territorial.

La evidencia es clara. Los niños atendidos en atención primaria por pediatras y enfermeras pediátricas reciben una atención más adecuada a su edad, con mejores resultados en salud, una prescripción más ajustada y un uso más eficiente de los recursos. Las familias lo saben y lo reclaman. Cuando este modelo no se garantiza, solo quienes pueden permitírselo acceden a consultas privadas, mientras que el resto queda expuesto a una atención menos especializada. No reforzar la pediatría de atención primaria es una decisión que impacta directamente en la salud presente y futura de la población.

A esta situación se suma otro reto estructural que no se puede seguir posponiendo: el reconocimiento oficial de las especialidades pediátricas. Estas áreas se han desarrollado a lo largo de los últimos cincuenta años como respuesta a una complejidad clínica creciente. No han surgido por voluntad corporativa, sino por necesidad asistencial. Sin embargo, su falta de regulación genera inseguridad profesional, desigualdades entre territorios y dificultades para planificar recursos humanos. También limita el desarrollo profesional de muchos pediatras y pone en riesgo la cohesión del sistema.

Regular las especialidades pediátricas no significa fragmentar la atención ni crear compartimentos estancos. Al contrario, supone ordenar una realidad existente, establecer itinerarios formativos homogéneos y garantizar que la atención especializada llegue a todos los niños, con independencia de su lugar de residencia. La ausencia de un marco claro no solo afecta a los profesionales, sino que compromete la calidad asistencial y la sostenibilidad del sistema a largo plazo.

El riesgo de no actuar es evidente. Una atención primaria debilitada y unas especialidades sin reconocimiento oficial configuran un escenario de pérdida progresiva de calidad, desmotivación profesional y aumento de las desigualdades. En sanidad, no decidir también es una forma de decidir. Y en pediatría, las consecuencias se miden en oportunidades perdidas durante etapas clave del desarrollo.

La pediatría necesita planificación, no soluciones coyunturales. Requiere diálogo y una interlocución estable entre las sociedades científicas y las administraciones sanitarias. Desde la Asociación Española de Pediatría seguiremos ejerciendo nuestro papel como interlocutor técnico, leal y comprometido. Reclamamos coherencia, planificación y una mirada a largo plazo que sitúe a la infancia y a la adolescencia en el centro de las políticas públicas.

Estamos ante un momento decisivo. O apostamos por un modelo pediátrico sólido, equitativo y bien estructurado, o aceptamos una degradación progresiva del sistema que debe garantizar la salud infantojuvenil.

Luis Carlos Blesa Baviera es presidente de la Asociación Española de Pediatría (AEP).