Reforzar la competitividad, el gran reto de 2026 para la industria

"Con el entorno adecuado, Europa puede atraer ensayos clínicos, proyectos biotecnológicos y desarrollos punteros en ámbitos como las terapias avanzadas o la aplicación de la IA en el descubrimiento de nuevos fármacos"

El año 2026 será clave para el futuro de la industria farmacéutica en Europa y en España. En un contexto de incertidumbre geopolítica y cambios normativos, el sector se enfrenta al reto de seguir siendo un motor de innovación, crecimiento y empleo cualificado, al tiempo que garantiza el acceso de los pacientes a los medicamentos que necesitan. La manera en que abordemos este momento marcará la capacidad de Europa para competir, atraer inversión y responder a los desafíos de salud del presente y del futuro.

Por eso, creo que el principal reto en 2026 para la industria farmacéutica es reforzar su competitividad en un entorno global cada vez más exigente. En los últimos años, Europa ha ido perdiendo peso en I+D biomédica frente a otras regiones. La inversión en I+D se dirige allí donde existen marcos regulatorios estables, incentivos adecuados y una protección sólida de la propiedad industrial.

El acuerdo alcanzado sobre la reforma de la legislación farmacéutica europea se queda corto en este sentido. Aunque el paquete reconoce la importancia estratégica del medicamento para la salud y la economía, carece de ambición y medidas concretas para frenar la pérdida de liderazgo y atraer y estimular la innovación biomédica en Europa.

En este sentido, la Ley de Biotecnología se presenta como una gran oportunidad para reforzar el ecosistema de innovación y atraer nuevas inversiones. Este marco puede facilitar la colaboración entre empresas, centros de investigación y administraciones, así como impulsar la fabricación avanzada y la digitalización, elementos clave para garantizar la autonomía estratégica y la competitividad de Europa y España en salud.

Disponer de un sector biofarmacéutico competitivo no es únicamente una cuestión industrial, sino una decisión estratégica con implicaciones directas sobre la salud de los ciudadanos, la sostenibilidad de los sistemas sanitarios y la posición de Europa en el contexto global. Un entorno atractivo para la innovación y la inversión permitiría acelerar el acceso de los pacientes a los medicamentos. La rapidez en la incorporación de estas terapias es un factor determinante para mejorar los resultados en salud.

Por ello, es imprescindible asegurar una financiación pública suficiente y predecible de los medicamentos. Debemos evitar que la innovación biomédica se vea relegada en España y Europa. Garantizar el acceso equitativo y sostenible a los nuevos medicamentos no es un gasto prescindible, sino una inversión estratégica en salud, cohesión social y competitividad económica.

La innovación farmacéutica tiene, además, un impacto directo sobre la eficiencia del sistema sanitario. Los medicamentos contribuyen de forma creciente a prevenir complicaciones, reducir estancias hospitalarias y evitar procedimientos más costosos o invasivos, lo que se traduce en una menor presión asistencial. En un contexto de envejecimiento poblacional y aumento de la cronicidad, apostar por la innovación terapéutica es una de las palancas más eficaces para garantizar la sostenibilidad del sistema a medio y largo plazo.

Desde el punto de vista científico y tecnológico, un sector biofarmacéutico competitivo es sinónimo de más investigación y desarrollo de vanguardia en Europa. Con el entorno adecuado, Europa puede atraer ensayos clínicos, proyectos biotecnológicos y desarrollos punteros en ámbitos como las terapias avanzadas, la medicina personalizada o la aplicación de la inteligencia artificial al descubrimiento de nuevos medicamentos.

Otro de los beneficios de contar con una industria biofarmacéutica competitiva es lo que aporta el sector en términos de fabricación. Contar con una base industrial sólida no solo favorece la inversión y el empleo, sino que mejora la seguridad del suministro y reduce la vulnerabilidad frente a disrupciones externas. La pandemia nos hizo ver la importancia de disponer de capacidades productivas propias y de cadenas de suministro resilientes, un aprendizaje que Europa no debería olvidar.

El impacto económico de un sector biofarmacéutico fuerte y competitivo es también muy relevante. Se trata de una industria estratégica, intensiva en conocimiento, generadora de empleo altamente cualificado y con un efecto tractor sobre otros sectores tecnológicos e industriales. Contribuye al crecimiento económico, a la competitividad del tejido productivo y a la atracción de talento, elementos clave para el desarrollo sostenible de Europa.

En conjunto, una industria biofarmacéutica competitiva refuerza la resiliencia del continente y su autonomía estratégica en un entorno global cada vez más complejo e incierto. Apostar por este sector es apostar por más salud, más innovación y más capacidad de respuesta ante futuras crisis, situando a Europa en una posición de liderazgo que beneficie tanto a los pacientes como al conjunto de la sociedad.

El sector está preparado para seguir invirtiendo, investigando y en definitiva, contribuyendo a crear una sociedad más saludable y próspera en 2026. El reto ahora es crear un entorno que permita convertir esa capacidad en más innovación, más empleo y, sobre todo, más y mejores soluciones para los pacientes.

*Juan Yermo es director general de Farmaindustria.