En España, las olas de calor ya no son simples fenómenos estivales: son emergencias sanitarias en toda regla. Las temperaturas extremas no solo se sienten en las calles, también saturan las urgencias, desbordan centros de salud y ponen al límite a profesionales sanitarios agotados que afrontan jornadas marcadas por la presión y la incertidumbre clínica.
“Estamos sobrecargados. Los turnos de verano son duros y es difícil reforzar personal en pleno periodo vacacional”, explica Paula Samper Rodríguez, médica de urgencias en el Centro de Salud Chile de Valencia y miembro del Grupo de Trabajo de Urgencias de SEMERGEN. En sus últimas guardias ha detectado un “aumento notable de pacientes con síntomas compatibles con golpe de calor: mareos, agotamiento, náuseas, visión borrosa, vómitos o dolor muscular”. Esta falta de claridad en el diagnóstico retrasa la atención y puede agravar los cuadros clínicos.
En otras zonas del país, la situación es similar. Laura Carbajo, médica de Urgencias del Hospital de Riotinto (Huelva) y miembro de la junta permanente de semFYC, confirma que las consecuencias del calor extremo se manifiestan más por la descompensación de enfermedades previas que por cuadros clínicos típicos: “No vemos tantos golpes de calor, sino agravamiento de patologías previas: deshidratación, desequilibrios hidroelectrolíticos o cambios en el comportamiento, especialmente en personas mayores”.
El colapso no es solo de pacientes. La infraestructura sanitaria, especialmente en zonas rurales o centros con recursos limitados, también se resiente. “No contamos con protocolos internos específicos frente a olas de calor, más allá de las alertas que emiten las consejerías”, explica Carbajo. Ambas facultativas coinciden: el sistema sanitario no se adapta aún a esta nueva realidad térmica.
Plan de Calor 2025
Desde el Ministerio de Sanidad se insiste en que “el calor extremo no debe considerarse solo una molestia veraniega, sino un riesgo para la salud pública”, tal como subrayó recientemente la ministra de Sanidad, Mónica García, en la presentación del Plan de Calor 2025. El objetivo de este plan es claro: reducir el impacto del calor sobre la salud, especialmente en los grupos más vulnerables.
Aún así, la implementación práctica de estos planes varía según la comunidad autónoma. En la Comunitat Valenciana, por ejemplo, ya se han activado alertas de nivel rojo en varios municipios y se han emitido avisos por “noches tórridas”, donde las mínimas no bajan de los 28 grados. "En Molina de Aragón consideramos ola de calor si se superan los 33 grados durante tres días; en Ciudad Real, ese umbral asciende a 38 grados”, explican desde la Dirección General de Salud Pública de Castilla-La Mancha.
Las consecuencias del calor son numerosas y muchas veces invisibles: “Desde partos prematuros hasta un repunte en los suicidios y comportamientos violentos”, recuerdan desde Castilla-La Mancha. Lo que está en juego no es solo la atención inmediata, sino el futuro de la salud pública en un país cada vez más afectado por el cambio climático.
Los datos avalan esta preocupación: solo en 2022 se registraron 4.813 muertes atribuibles al calor, 3.009 en 2023 y 2.012 en 2024, según Sanidad. El calor extremo se ha convertido en la principal causa de mortalidad asociada al cambio climático en España. En este contexto, el Plan de Calor 2025 se presenta como una herramienta necesaria, pero no suficiente. Se requiere un compromiso que incluya infraestructuras adecuadas, refuerzo de personal y atención prioritaria a los colectivos más vulnerables. Porque como advierte Carbajo, “el calor es un riesgo sanitario silencioso, pero muy real”.