Gripe aviar: más allá de cualquier frontera

El primer caso humano de H9N2 en la UE y la expansión global del H5N1 evidencian un cambio silencioso en el riesgo pandémico

gripe aviar

Europa ha registrado su primer caso humanos de gripe aviar A (H9N2). Ha sido en Italia, en un paciente vulnerable que había viajado fuera del continente. Las autoridades sanitarias reaccionaron con rapidez, los protocolos han funcionado y el riesgo para la población general es «muy bajo». Sobre el papel, no hay motivo de alarma. Sin embargo, sí lo hay para la reflexión.

Porque este caso aislado no es un episodio anecdótico, sino una pieza más de un tablero más complejo. Coincide, además, con un momento en el que la comunidad científica advierte de un cambio profundo en el comportamiento de otro virus de la gripe aviar, el H5N1, cuya evolución reciente apunta a un escenario distinto al que conocíamos hasta ahora.

La expansión del virus a través de aves migratorias ha dado lugar a una panzootia sin precedentes, con presencia en todos los continentes habitados. Pero lo verdaderamente inquietante no es solo su alcance geográfico, sino su capacidad para adaptarse. El salto a mamíferos —zorros, felinos, mamíferos marinos y, más recientemente, ganado bovino— marca un punto de inflexión. Cada nueva especie infectada es una oportunidad más para que el virus evolucione.

Y los virus, como ha demostrado la historia reciente, aprovechan esas oportunidades.

El caso detectado en Italia con H9N2 recuerda que Europa no es ajena a estos procesos. Aunque este subtipo concreto haya mostrado hasta ahora una baja gravedad y sin evidencia de transmisión entre humanos, su aparición subraya una realidad incómoda: las fronteras sanitarias son cada vez más finas en un mundo globalizado.

Viajes internacionales, comercio de animales, cambios en los ecosistemas y en las dinámicas de producción ganadera…Todo contribuye a un escenario en el que los patógenos circulan con mayor facilidad y encuentran nuevas vías para adaptarse.

En paralelo, el H5N1 ofrece una lección aún más clara. La amenaza no reside en lo que es hoy, sino en lo que podría llegar a ser si adquiere la capacidad de transmitirse eficazmente entre personas.

Y ese riesgo ya no se percibe como un salto improbable y repentino, sino como el resultado de un proceso gradual. La acumulación de mutaciones, la replicación en múltiples hospedadores y la interacción constante entre especies crean un caldo de cultivo perfecto para que ese escenario acabe materializándose.

No se trata de alarmismo, sino de aprendizaje. La pandemia de COVID-19 dejó una lección que no debería caer en el olvido: la anticipación es siempre más eficaz —y menos costosa— que la reacción. Sin embargo, la tentación de relajar la vigilancia cuando el riesgo inmediato es bajo sigue estando presente.

El desafío actual exige un cambio de enfoque. Ya no basta con reaccionar ante brotes. Es necesario adoptar estrategias proactivas que integren la salud humana, animal y ambiental bajo el paradigma One Health. La vigilancia genómica, la bioseguridad en las explotaciones ganaderas, el control de los contactos entre fauna silvestre y animales domésticos y la cooperación internacional no son opciones, sino pilares imprescindibles.

Porque lo que está en juego no es solo el control de un virus en aves, sino la prevención de la próxima pandemia. La gripe aviar H9N2 en Italia no es el problema. Es el aviso.

Un recordatorio de que los virus evolucionan, de que el contexto global favorece su expansión y de que la ventana de oportunidad para actuar existe, pero no permanecerá abierta indefinidamente. Ignorar estas señales sería, sencillamente, repetir errores que ya se conocen demasiado bien.