Es llamativo cómo, cada vez que aparece en la noticias el nombre de virus Nipah, el interés del público se dispara. Las búsquedas en medios y redes, los titulares más leídos y los debates ciudadanos sobre "la próxima pandemia" son pruebas de que existe un auténtico interés por las infecciones emergentes y sus posibles consecuencias. Sin embargo, esa preocupación social rara vez se traduce en una acción política sostenida y estratégica en salud pública.
El virus Nipah —un patógeno zoonótico con tasas de letalidad que oscilan entre el 40% y el 75% y sin vacunas ni tratamientos específicos aprobados— ha vuelto a ocupar titulares por un brote en la India. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo incluye entre los patógenos prioritarios en planes de investigación y desarrollo por su peligrosidad potencial. A pesar de ello, evaluaciones técnicas de autoridades españolas y europeas sitúan el riesgo para la población de Europa como "muy bajo".
Más allá de titulares, el problema de fondo es otro. El Nipah actúa como espejo de una tendencia más profunda: las estructuras de salud pública no siempre tienen el peso que merecen en las agendas políticas, ni siquiera cuando nos enfrentamos a amenazas reales.
En momento de auge mediático proliferan análisis, infografías y debates que sitúan en el centro la amenaza biológica. Pero, paradójicamente, muchas decisiones políticas sobre salud pública se toman una vez que la crisis ya está en marcha, no antes. Es decir, respondemos más que prevenimos.
Prevenir, no solo reaccionar
Lo que proponen expertos y sociedades científicas no es complejo. Más bien, implica:
- Fortalecer la vigilancia epidemiológica activa, con redes robustas que identifiquen señales de alerta antes de que el problema explote.
- Integrar profundamente la salud pública en la gobernanza sanitaria, con voz y peso en la toma de decisiones estratégicas.
- Aumentar la inversión en investigación y desarrollo de vacunas y terapias para enfermedades que aún no tienen soluciones.
- Adoptar el enfoque One Health, que conecta salud humana, animal y ambiental —clave para zoonosis como Nipah— en una visión holística de prevención.
Nada de esto es nuevo para quienes trabajan en salud pública. Pero sí choca con la realidad: los decisores políticos suelen responder a crisis, no a probabilidades. Actúan bajo presión mediática o electoral, más que basándose en evaluaciones técnicas sostenidas en el tiempo. Y cuando el tema deja de estar en los titulares, las prioridades cambian, el presupuesto se retrae y la próxima alarma nos toma otra vez desprevenidos.
Coherencia estratégica
Es comprensible que la opinión pública se sienta "fascinada"—y a veces preocupada— por amenazas como el virus Nipah. Pero más allá del interés mediático, lo que debería preocuparnos es la coherencia de nuestras políticas de salud pública: que traslademos esa atención social en decisiones estructurales y sostenidas.
La próxima vez que un patógeno exótico ocupe titulares, deberíamos preguntarnos no solo por que sabemos sobre el virus, sino qué acciones se están llevando a cabo hoy, no mañana, para que no se convierta en algo peor. Porque, si algo ha quedado claro en las últimas décadas —desde la gripe aviar, pasando por Mpox y la COVID-19, hasta el Nipah— es que las amenazas emergentes seguirán viniendo.