El brote de hantavirus asociado al crucero MV Hondius ha entrado en una nueva fase. La primera fue la de la inquietud, la incertidumbre y el ruido: un barco de expedición procedente de Argentina, pasajeros de múltiples nacionalidades, tres fallecidos, casos graves y una variante, el virus Andes, con capacidad de transmisión entre personas en circunstancias poco frecuentes pero posibles. La segunda fase ha sido la del despliegue: desembarco controlado en Canarias, repatriaciones, cuarentenas, protocolos nacionales e internacionales y seguimiento de contactos. Ahora empieza la tercera, quizá menos visible para la opinión pública, pero decisiva desde la perspectiva sanitaria: las semanas de vigilancia activa, detección precoz, cuidado clínico y prevención de nuevas cadenas de transmisión.
Conviene no perder el punto de partida. No estamos ante una nueva pandemia, ni ante un virus que se transmita con la facilidad de la gripe o de la COVID-19. Pero tampoco estamos ante una anécdota exótica de crucero. Según la última información atribuida a la OMS, hay siete casos confirmados de hantavirus Andes vinculados al MV Hondius, con nueve casos en total si se incluyen los sospechosos o probables, y tres fallecimientos. La última ficha pública de la OMS, fechada el 8 de mayo, recogía seis confirmados y dos probables; por tanto, el cambio parece corresponder a una confirmación adicional posterior. También señaló que la hipótesis de trabajo apunta a una primera exposición probablemente ambiental en Argentina y a transmisión posterior entre personas a bordo, pendiente aún de completar la investigación epidemiológica y genómica.
El virus Andes obliga a una prudencia particular. La mayoría de los hantavirus se transmiten desde roedores a humanos, sobre todo al inhalar partículas contaminadas por orina, heces o saliva de roedores infectados. En cambio, el virus Andes es la excepción relevante: se ha documentado transmisión limitada entre humanos, habitualmente en contactos estrechos y prolongados. Dicho con claridad: no basta cruzarse con una persona infectada para asumir un riesgo alto; pero sí hay que vigilar cuidadosamente a quienes han convivido, cuidado o mantenido proximidad intensa con casos probables o confirmados.
¿Cómo hemos visto el despliegue? Con sus tensiones, pero también con elementos positivos que deben reconocerse. El operativo ha exigido coordinación entre OMS, ECDC, Comisión Europea, España, Países Bajos, Cabo Verde, Sudáfrica, Francia, Estados Unidos y otros países con ciudadanos implicados. No era una operación portuaria ordinaria, sino una emergencia sanitaria internacional. El Centro Europeo de Control de Enfermedades, ECDC, publicó el 9 de mayo una guía específica para el manejo de pasajeros del MV Hondius, clasificando a todas las personas a bordo como contactos de alto riesgo a efectos de desembarco y repatriación, y recomendando vigilancia o cuarentena hasta seis semanas, con el 6 de mayo como día cero.
España, por su parte, aprobó un protocolo específico para las personas desembarcadas del MV Hondius, acordado por el Comité Técnico del Sistema de Alerta Precoz y Respuesta Rápida y aprobado por la Comisión de Salud Pública. El protocolo contempla seguimiento de quienes permanecieron en el barco entre el 1 de abril y el 10 de mayo o tuvieron contacto con un caso confirmado, cuarentena en el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, habitaciones individuales sin visitas, PCR a la llegada y a los siete días, y vigilancia activa con registro de temperatura dos veces al día.
La actuación a mi juicio ha estado correctamente fundamentada en sus aspectos principales. En emergencias de este tipo, el riesgo cero no existe, pero el riesgo se reduce con método: circuitos cerrados, clasificación de contactos, pruebas diagnósticas, protección de profesionales, cuarentena proporcionada y comunicación pública. Ya lo señalábamos en la reflexión que escribí al inicio de este episodio: la clave no era elegir entre alarmar o minimizar, sino ejercer una Salud Pública sin complacencia ni alarmismo. Esa idea, que presidía la tribuna previa publicada en estas mismas páginas, sigue siendo válida ahora que el foco se desplaza del barco al seguimiento de las personas expuestas.
También hay que decir que no todo ha sido modélico. El punto más mejorable ha sido, probablemente, la comunicación entre administraciones y la percepción pública de esa comunicación. Ciertas contradicciones internas dentro del propio ejecutivo (sobre la naturaleza y obligatoriedad de la cuarentena…), y sobre todo las discrepancias entre el Gobierno central y el Gobierno de Canarias pudieron ser comprensibles por la tensión del momento y la ya habitual polarización desde el vista político o territorial, pero en Salud Pública conviene que las diferencias técnicas se ordenen antes de convertirse en titulares. Cuando la población percibe fricción, aumenta el miedo. Cuando percibe coordinación, incluso en la incertidumbre, acepta mejor las decisiones.
La ciudadanía canaria tenía derecho a estar preocupada. Había visto imágenes del crucero, noticias de fallecidos y mensajes contradictorios sobre pruebas, desembarcos y mascarillas. No se podía responder a esa inquietud solo con un "tranquilidad". La tranquilidad no se impone: se construye. Se construye explicando quién desembarca, con qué condición clínica, hacia dónde va, qué protección usan los profesionales, qué seguimiento habrá, qué ocurre si aparece fiebre o disnea, y por qué las decisiones se toman de una manera y no de otra.
Dicho esto, es positivo que los ánimos se estén calmando. La información más ordenada, el desembarco progresivo, la repatriación de pasajeros y el traslado de los españoles al Gómez Ulla han contribuido a situar el episodio en coordenadas más racionales. También lo ha hecho comprobar que el operativo, aunque complejo, podía ejecutarse sin exposición relevante para la población general. Según las actualizaciones de las últimas horas, Francia ha confirmado un positivo entre sus repatriados y Estados Unidos ha informado de un caso con resultado positivo leve y otro pasajero con síntomas leves, ambos trasladados bajo medidas especiales. Estos datos no contradicen el mensaje de riesgo bajo para la comunidad; más bien confirman por qué la vigilancia de contactos era imprescindible.
A partir de ahora, las semanas clave deben afrontarse con una idea sencilla: menos ruido y más seguimiento. Las personas expuestas no son enfermos por definición, pero tampoco deben tratarse como si nada hubiera pasado. La cuarentena o vigilancia activa no son castigos, sino una forma de adelantarse al periodo de incubación. Si aparece fiebre, tos, dificultad respiratoria, dolores musculares, vómitos o diarrea, esa persona deja de ser solo un contacto y pasa a ser caso probable hasta que se demuestre lo contrario. En ese momento debe entrar en aislamiento clínico, con pruebas y atención inmediata. El protocolo español considera caso probable al contacto que desarrolla síntomas compatibles y caso confirmado a quien presenta una prueba positiva para virus Andes confirmada en el Centro Nacional de Microbiología.
Este seguimiento no es menor. El síndrome cardiopulmonar por hantavirus puede empezar de forma inespecífica y deteriorarse en 24 a 72 horas. En los casos graves, la diferencia entre llegar tarde o llegar a tiempo a cuidados intensivos puede ser decisiva. No disponemos de una terapia antiviral específica claramente eficaz ni de una vacuna de uso general. La medicina salva aquí con sospecha precoz, soporte vital, oxígeno, ventilación si hace falta, control hemodinámico y, en casos extremos, recursos avanzados. Los intensivistas han subrayado que los pacientes críticos deben atenderse en unidades preparadas para enfermedades infecciosas de alto riesgo cuando la situación clínica y epidemiológica lo justifique.
Durante estas semanas conviene cuidar también otro aspecto: la dignidad de las personas en cuarentena. No son "riesgos ambulantes", sino pasajeros y tripulantes que han vivido una experiencia angustiosa, con muertes cercanas, confinamiento, incertidumbre y exposición mediática. El protocolo español incorpora la comunicación telemática con familiares y allegados para proteger el bienestar emocional. Es un detalle importante, porque la Salud Pública no debe ser solo técnicamente correcta; también debe ser humana.
Este episodio vuelve a poner sobre la mesa una cuestión estructural. Los brotes zoonóticos, los virus emergentes, las alertas internacionales y los sucesos sanitarios complejos seguirán ocurriendo. No todos serán pandemias. La mayoría no lo serán. Pero todos pondrán a prueba la capacidad de anticipación, coordinación, diagnóstico, logística, asistencia y comunicación de nuestros sistemas. Por eso resulta tan pertinente recuperar el Manifiesto por el refuerzo de la preparación y respuesta ante emergencias sanitarias en España, suscrito por sociedades científicas y expertos, que reclamaba estructuras sólidas, marcos normativos claros, mecanismos de coordinación eficaces, reservas estratégicas, interoperabilidad de la información, capacidad de escalado asistencial, simulacros, evaluación independiente y financiación estable.
No se trata de apropiarse políticamente de una emergencia ni de convertir el MV Hondius en munición partidista. Sería un error. Pero tampoco debemos desaprovechar lo que el episodio revela. La plena operatividad de la Agencia Estatal de Salud Pública, el desarrollo efectivo del Plan Estatal de Preparación y Respuesta, la coordinación real con las comunidades autónomas y la cultura de simulacros no son asuntos burocráticos. Son capacidades que, cuando llega el problema, se traducen en tiempo ganado, confianza pública y vidas protegidas.
Hemos aprendido desde la COVID-19, sí. Hemos aprendido a valorar la vigilancia, los laboratorios, los equipos de respuesta rápida, la transparencia, la protección de profesionales y la comunicación basada en evidencia. Pero aprender de verdad no consiste solo en recordar lo que hicimos mal. Consiste en institucionalizar lo que necesitamos hacer bien. En ese sentido, el MV Hondius no debería verse solo como un episodio cerrado cuando el barco zarpe, sino como una nueva prueba de estrés para nuestro sistema.
La conclusión debe ser serena. El despliegue sanitario ha avanzado y se han aplicado protocolos basados en la evidencia. La población general no debe sentirse amenazada. Pero las próximas semanas exigen el mismo rigor que los primeros días: asistencia adecuada a los casos, vigilancia estrecha de los contactos, protección de profesionales, actualización continua de criterios y comunicación sobria, transparente y coordinada.
La Salud Pública madura no canta victoria antes de tiempo, pero tampoco alimenta el miedo. No promete riesgo cero, porque no existe. Ofrece algo más modesto y más valioso: reducir el riesgo con conocimiento, organización y responsabilidad. Ese debe ser el mensaje ahora: los ánimos pueden calmarse, pero la vigilancia no debe relajarse. En emergencias sanitarias, la serenidad no es lo contrario del rigor; es su mejor compañera.
*José Mª Martin-Morenoes doctor en Epidemiología y Salud Pública por la Universidad de Harvard, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Valencia y director de la Cátedra de Gestión Innovadora para la Salud, GIS-FES.