Un crucero de expedición, 147 personas a bordo, 23 nacionalidades, tres fallecidos, evacuaciones médicas internacionales, una variante viral con capacidad (aunque infrecuente) de transmitirse entre contactos estrechos, y una sociedad que aún conserva en la piel la memoria de la COVID-19 y de errores recientes en la gestión de emergencias y catástrofes. El brote de hantavirus en el MV Hondius no es una anécdota sanitaria. Pero tampoco debe convertirse en el prólogo imaginario de una nueva pandemia. Entre la frivolización y la sobrerreacción se encuentra el único territorio razonable: la Salud Pública bien ejercida.
La cronología del brote ayuda a entender la inquietud. El buque zarpó el 1 de abril de Ushuaia, (en la Patagonia argentina), el 1 de abril. Apenas cinco días después, un primer pasajero comenzó con fiebre, cefalea y diarrea leve. Lo que inicialmente podía parecer un cuadro inespecífico evolucionó con rapidez hacia distrés respiratorio y fallecimiento el 11 de abril. El 24 de abril, en Santa Elena, desembarcó el cuerpo del primer fallecido y también una persona considerada contacto estrecho, con síntomas gastrointestinales, que murió poco después en Sudáfrica. Más tarde se sumaron otros casos, uno ingresado en UCI, nuevos cuadros respiratorios y la confirmación de infección por hantavirus mediante PCR. A fecha 6 de mayo, la OMS cifraba ocho casos detectados, tres de ellos confirmados por laboratorio, con tres muertes vinculadas al brote.
Hay un dato especialmente relevante: un laboratorio colaborador de la OMS ha confirmado que el virus implicado pertenece a la cepa Andes, la única variante de hantavirus en la que se ha documentado transmisión entre humanos, aunque en circunstancias muy concretas de contacto estrecho y prolongado. Esto no cambia la naturaleza de la respuesta, pero sí eleva la exigencia de prudencia, trazabilidad y vigilancia.
Conviene recordar qué es el hantavirus. No es un virus nuevo. Es una familia de virus zoonóticos, asociados sobre todo a roedores. La vía habitual de infección humana es la inhalación de partículas contaminadas por orina, heces o saliva de roedores infectados, especialmente en espacios cerrados o mal ventilados. Puede producir cuadros leves, pero también formas graves, como el síndrome cardiopulmonar por hantavirus, con fiebre, síntomas generales o digestivos y, en ocasiones, rápida progresión a neumonía, insuficiencia respiratoria y shock. Los hantavirus europeos no se transmiten entre personas; la excepción conocida es el virus Andes, presente en regiones de Sudamérica.
Dicho de forma sencilla: no estamos ante un virus respiratorio comunitario como la gripe o la COVID-19. No basta cruzarse con una persona infectada para asumir un riesgo relevante. Pero tampoco estamos ante una enfermedad trivial. Es un evento grave, bajo vigilancia, con riesgo bajo para la población general, siempre que se apliquen medidas adecuadas de prevención y control.
La pregunta de fondo no es solo qué hacemos con el barco. La pregunta es qué hemos aprendido.
La pandemia nos enseñó que no podemos fallar en vigilancia, coordinación, protección de profesionales, logística, laboratorios, comunicación y liderazgo técnico. También nos enseñó que la confianza se gana antes de la crisis, no cuando la ciudadanía ya está asustada. Y la DANA de Valencia nos recordó otra lección esencial: las emergencias no son solo acontecimientos bruscos, sino pruebas de resistencia de los sistemas. Cambia el agente: allí lodos, agua contaminada, leptospirosis por exposición a orina de roedores, saneamiento, salud mental y continuidad asistencial; aquí hantavirus, crucero, contactos estrechos, evacuaciones y Reglamento Sanitario Internacional. Pero el fondo es el mismo: preparación, respuesta ordenada y cuidado de las personas.
En este brote hay actuaciones correctas que conviene reconocer. La respuesta se ha coordinado con la OMS, el ECDC, la Comisión Europea, Países Bajos, Sudáfrica, Cabo Verde, España y el Gobierno de Canarias. Los casos sintomáticos han sido evacuados del buque y Sanidad ha informado de que quienes continúen rumbo a Canarias serán pasajeros y tripulantes sin síntomas. En el momento de escribir estas líneas, el operativo prevé atraque en Granadilla de Abona, circuitos sanitarios controlados, traslado directo y ausencia de tránsito por espacios abiertos a la población general. Los ciudadanos españoles residentes en España serán trasladados al Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla para realizar cuarentena bajo supervisión sanitaria.
Esto debe decirse con claridad. Canarias no debe ser presentada como una comunidad «expuesta» pasivamente a un peligro, sino como un punto de recepción bajo control sanitario, en el marco de sus capacidades, sus responsabilidades, las obligaciones internacionales y los principios humanitarios. España actúa en cumplimiento del Reglamento Sanitario Internacional y de sus compromisos de cooperación técnica y logística ante emergencias sanitarias internacionales.
Ahora bien, reconocer lo que se hace bien no impide señalar espacios de mejora. El primero es la comunicación. La población canaria tiene derecho a estar inquieta. Ha habido tres fallecidos, se habla de una variante con potencial de transmisión interpersonal y el barco se dirige hacia sus costas. No se puede responder a esa inquietud con superioridad técnica ni con mensajes genéricos de “tranquilidad”. La tranquilidad no se decreta; se construye explicando. ¿Quién llega? ¿En qué condiciones? ¿Hay sintomáticos a bordo? ¿Qué puerto recibirá el barco? ¿Qué circuito se seguirá? ¿Qué profesionales intervendrán? ¿Qué EPI utilizarán? ¿Dónde irán los españoles? ¿Qué seguimiento tendrán los contactos? ¿Qué ocurrirá si alguien desarrolla síntomas? La respuesta a esas preguntas debe ser pública, coherente y repetida tantas veces como sea necesario.
El segundo espacio de mejora es evitar que la tensión institucional contamine la gestión del riesgo. Puede ser comprensible que existan reticencias políticas o territoriales ante la escala del buque, pero sanitariamente no es deseable que esas discrepancias ocupen el primer plano. En una emergencia, las diferencias deben resolverse en el ámbito técnico antes de convertirse en titulares. Cuando la población percibe descoordinación, aumenta el miedo; cuando percibe método, aunque exista incertidumbre, acepta mejor las decisiones.
El tercer espacio de mejora es estructural. Este brote reabre una cuestión pendiente desde la COVID-19: si España dispone ya de estructuras estatales, coordinación y planes plenamente operativos para responder ante amenazas sanitarias emergentes. La Agencia Estatal de Salud Pública y el Plan Estatal de Preparación y Respuesta siguen siendo piezas decisivas.
El manifiesto por el refuerzo de la preparación y respuesta ante emergencias sanitarias, firmado por las principales entidades de Salud Pública junto a Fundamed, reclamaba precisamente estructuras sólidas, marcos normativos claros, mecanismos de coordinación eficaces, reservas estratégicas, interoperabilidad de sistemas de información, capacidad de escalado asistencial, simulacros, evaluación independiente y financiación estable.
No se trata de utilizar el MV Hondius para hacer reproche partidista. Sería injusto y, sobre todo, poco útil. Se trata de entender que los brotes no esperan a que las agencias terminen de desplegarse ni a que los planes maduren administrativamente. Llegan. Irrumpen. Se sientan a la mesa. Y entonces descubrimos si los deberes estaban hechos o si todavía dependemos demasiado del talento individual, la buena voluntad de los equipos y la improvisación razonable.
El protocolo básico ante una situación así debería ser nítido: evaluación epidemiológica completa antes de la llegada; evacuación de sintomáticos a centros preparados; clasificación de contactos de alto y bajo riesgo; PCR, serología y secuenciación para caracterizar el virus; circuito portuario cerrado, sin desembarco libre ni tránsito por zonas abiertas a la población general; protección de profesionales sanitarios, portuarios, transporte y limpieza; cuarentena o vigilancia activa según riesgo; inspección ambiental del buque; limpieza, desinfección, ventilación y control de roedores; repatriación coordinada; y comunicación pública diaria, breve, honesta y no defensiva.
No debemos frivolizar ni sobrerreaccionar. La Salud Pública madura no estigmatiza, pero tampoco se confía. No dramatiza, pero tampoco disimula. No promete riesgo cero, porque el riesgo cero no existe. Lo que ofrece es algo más modesto y más valioso: reducción del riesgo mediante conocimiento, organización y responsabilidad.
Estamos ante un brote grave para las personas afectadas, pero no ante una amenaza general para la población canaria, española, europea o mundial. La prioridad es atender a los enfermos, estudiar el barco, identificar contactos y actuar ocupándose, no preocupándose. Esa es, precisamente, la diferencia entre el miedo y la Salud Pública.
*José Mª Martin-Moreno es doctor en Epidemiología y Salud Pública por la Universidad de Harvard, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Valencia y director de la Cátedra de Gestión Innovadora para la Salud, GIS-FES.