Las emergencias graves tienen una peculiaridad muy llamativa: ponen a prueba, en muy poco tiempo, aquello que un sistema lleva años —a veces décadas— construyendo. No admiten improvisaciones reales, aunque sí exigen una enorme capacidad de adaptación. El reciente accidente ferroviario de Adamuz vuelve a situarnos ante esa evidencia.
En situaciones así, la atención se desplaza con rapidez hacia el recuento de víctimas, la gestión política del relato o la búsqueda inmediata de responsabilidades. Todo ello es comprensible, pero conviene no perder de vista lo esencial: que exista un sistema sanitario capaz de responder de forma organizada, eficaz y universal ante lo extraordinario.
La experiencia acumulada demuestra que las respuestas sanitarias de calidad no dependen únicamente de la competencia técnica individual de los profesionales —que es imprescindible—, sino de algo más complejo y menos visible: capacidad de decisión bajo incertidumbre, organización flexible y corresponsabilidad institucional. Es decir, la posibilidad real de que cientos de profesionales, pertenecientes a distintos servicios y niveles asistenciales, actúen como un solo sistema cuando la situación lo exige.
Este fenómeno no es nuevo. En España quedó claramente demostrado en el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid, donde la respuesta sanitaria — prehospitalaria y hospitalaria— alcanzó niveles de excelencia que aún hoy se estudian. No fue solo una cuestión de medios o de pericia clínica, sino de una combinación poco frecuente: servicios de emergencia sanitarios públicos, bien organizados, capaces de una respuesta primaria eficaz sobre el terreno y de una respuesta secundaria coordinada en los centros hospitalarios, integrados en una misma red asistencial y dotados de una elevada capacidad de adaptación creativa ante situaciones extraordinarias.

Adamuz vuelve a recordarnos ese mismo principio. Las emergencias no avisan, no respetan agendas ni marcos administrativos, y obligan a decidir rápido, con información incompleta y bajo presión extrema. Cuando la respuesta funciona, suele pasar desapercibida; cuando falla, se convierte en objeto de controversia inmediata. Pero el éxito no surge de la nada: es el resultado de planificación previa, financiación suficiente, entrenamiento continuado y estabilidad organizativa.
Hay otro aspecto que conviene subrayar en un contexto como el actual, donde todo tiende a politizarse con rapidez. La atención sanitaria en una emergencia no tiene color ni ideología. No pertenece a un partido, ni a un gobierno concreto, ni a una organización profesional aislada. Pertenece a la ciudadanía. En el momento crítico, lo único que importa es que quien necesita ayuda la reciba, con independencia de su origen, condición o circunstancia.
La confianza social en la sanidad es un activo frágil y esencial. Las emergencias sanitarias, grandes o medianas, deberían servir para reforzar consensos básicos.
Entre ellos, uno fundamental: la necesidad de mantener y proteger un sistema sanitario organizado, público o de acceso universal real, capaz de responder con eficacia tanto en la rutina diaria como en lo imprevisible. Sin esa base, ni la mejor tecnología ni el mayor compromiso individual bastan.
Adamuz no es solo una terrible noticia. Es también un recordatorio de que la calidad de un sistema sanitario no se mide únicamente en tiempos de normalidad, sino —sobre todo— en su capacidad de estar a la altura cuando todo se desordena. Y eso es algo que debería situarse, siempre, por encima de cualquier interés particular.
*Fernando Carballo es catedrático jubilado de Medicina de la Universidad de Murcia. Presidente de la Asociación MedicineAI. Expresidente de la Sociedad Española de Patología Digestiva (SEPD) y de la Federación de Asociaciones Científico Medicas Españolas (FACME)