En estas fechas hemos asistido a un episodio preocupante en el terreno de la comunicación en salud: el presidente estadounidense Donald Trump, acompañado por Robert F. Kennedy Jr. (como Ministro / Secretario de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos desde el 13 de febrero de 2025), ha afirmado públicamente que el uso de paracetamol (acetaminofén, conocido comercialmente como Tylenol en EE.UU.) durante el embarazo estaría vinculado con el autismo. La declaración, realizada en rueda de prensa, se presentó con un aire de revelación científica, pero carece de base en la evidencia disponible. Más aún, se enmarca en una peligrosa tendencia: figuras públicas con gran altavoz mediático difunden mensajes infundados que minan la credibilidad de la ciencia y, lo que es más grave, ponen en riesgo la salud pública.
Lo que dice la evidencia
El acetaminofén es uno de los fármacos más prescritos durante el embarazo, considerado durante décadas como el analgésico-antitérmico de elección cuando está indicado. La literatura científica ha explorado posibles asociaciones entre su uso prenatal y trastornos del neurodesarrollo, incluyendo el autismo y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Algunos estudios observacionales iniciales sugirieron una relación débil, pero siempre con limitaciones metodológicas: riesgo de confusión por indicación, autorreporte inexacto y ausencia de control genético o ambiental.

La pieza clave llegó en 2024, con un estudio sueco publicado en JAMA, que analizó más de 2,4 millones de nacimientos e incluyó comparaciones entre hermanos. El hallazgo fue claro: no existe una asociación causal entre el uso de paracetamol en el embarazo y el autismo, el TDAH o la discapacidad intelectual. La aparente relación observada en estudios previos se debía a factores de confusión.
En la misma línea, la Organización Mundial de la Salud (septiembre de 2025) revisó la evidencia y concluyó que los estudios son inconsistentes y no permiten establecer causalidad. La OMS reitera, además, que las vacunas no causan autismo, desmontando otro de los mantras compartidos por Trump y RFK Jr.
Por su parte, el Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos (ACOG) publicó en 2025 un posicionamiento categórico: el paracetamol sigue siendo un medicamento seguro en el embarazo cuando está indicado clínicamente, y califica de “irresponsables” las afirmaciones que siembran alarma sin sustento científico.
El problema de las voces influyentes
Que un político recurra a su «sentir» para contradecir los hallazgos de estudios bien diseñados sería anecdótico si no tuviera consecuencias. Pero las tiene. La misma comparecencia fue analizada por The Atlantic, que subrayó cómo Trump apeló explícitamente a «what I feel» (‘lo que siento’) por encima de los datos. Este estilo discursivo, basado en la intuición personal y no en la ciencia, resulta letal para la confianza pública en la medicina.
Columnistas de Bloomberg Opinion calificaron la intervención como «junk science«, ciencia basura disfrazada de preocupación social. The Washington Post fue aún más tajante: «la perorata de Trump sobre las vacunas y el Tylenol carece de toda base en hechos». Y en STAT, el bioeticista Arthur Caplan señaló que se había «saltado el tiburón», al recomendar prácticas alejadas de la evidencia.
RFK Jr., ya conocido por su paranoica cruzada antivacunas, encuentra en estas narrativas un terreno fértil para amplificar sus mensajes. Lo preocupante es la combinación: un exmandatario con millones de seguidores y un activista con historial de desinformación refuerzan mutuamente un discurso que erosiona el consenso científico.
Consecuencias clínicas y sociales
El daño de estas afirmaciones no es teórico. En la práctica, mujeres embarazadas pueden quedar atrapadas en la duda y decidir no tomar un fármaco seguro cuando lo necesitan, exponiéndose a fiebre o dolor mal controlados, lo cual sí conlleva riesgos para el feto. Al mismo tiempo, los mensajes refuerzan el mito antivacunas, dificultando campañas de inmunización en un contexto de brotes reemergentes de sarampión y tos ferina.
La ciencia progresa con matices, hipótesis, réplicas y refutaciones. Presentar hallazgos preliminares como certezas, o peor aún, fabricar certezas a partir de intuiciones personales, equivale a desinformar. Como bien recordaba Nature, los estudios disponibles no avalan una relación causal, y el discurso político no puede sustituir al método científico.
Una responsabilidad compartida
No basta con indignarse: corresponde a la comunidad científica, a los medios especializados y a los colegios profesionales reafirmar la evidencia con voz clara. Necesitamos explicar de forma accesible que:
- El paracetamol es seguro cuando se prescribe correctamente en el embarazo, y no hay pruebas de que cause autismo.
- Vacunas y autismo no están vinculados.
- La desinformación, en cambio, sí provoca daños reales en la salud pública.
Las columnas de The Guardian y Scientific American lo subrayan: sembrar miedo en torno a fármacos de uso común erosiona la confianza en la ciencia y genera incertidumbre en colectivos vulnerables, como las mujeres gestantes.
Conclusión
En una era en la que la evidencia científica está más disponible que nunca, resulta paradójico que líderes políticos cometan el disparate de desestimar estudios de cohortes masivas y pronunciamientos de organismos internacionales para basarse en «lo que sienten». La ciencia no es infalible, pero dispone de mecanismos para corregirse y avanzar. La política, en cambio, cuando se desliza hacia el terreno de la ocurrencia, puede deshacer en segundos lo que décadas de investigación han consolidado.
La credibilidad de la ciencia no es un lujo: es un bien común que sostiene la salud pública. Defenderla frente a la desinformación es una tarea urgente, porque lo que está en juego no es solo la reputación de un medicamento, sino la confianza misma de la ciudadanía en la medicina y en las ciencias de la salud.