La salud mental ha sido uno de los ejes centrales de la semana, especialmente con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora este viernes 10 de octubre. Sin embargo, en esta ocasión el foco ha cambiado de lugar. Si tradicionalmente el protagonismo lo tiene el paciente que acude a consulta en busca de respuestas, en esta edición del 47º Congreso Nacional de SEMERGEN la atención se ha dirigido también hacia el otro lado de la mesa: el profesional sanitario. En este contexto, la mesa titulada “Depresión, ansiedad y burnout en Atención Primaria” ha puesto sobre la mesa algunos de los retos más urgentes que afronta la salud mental dentro del sistema, especialmente en el nivel asistencial más cercano a la ciudadanía: la atención primaria..
Moderada por la Laura Araujo Márquez, médico de familia en el Centro de Salud Valencia de Alcántara (Cáceres) y coordinadora del Grupo de Trabajo de Salud Mental de SEMERGEN, la sesión ha puesto el foco en una realidad ineludible: la sobrecarga emocional que experimentan tanto pacientes como profesionales en el entorno sanitario actual.
La Araujo ha destacado en su presentación la importancia de un enfoque integral y temprano, así como el papel fundamental de la atención primaria como puerta de entrada al sistema de salud. Con un enfoque multidisciplinar y práctico, esta mesa ha unido a expertos de reconocido prestigio para analizar los solapamientos clínicos entre ansiedad, depresión y burnout, y explorar herramientas diagnósticas y terapéuticas aplicables en la consulta diaria.
La salud mental de los profesionales sanitarios ha dejado de ser una preocupación individual para convertirse en una emergencia colectiva. Así lo ha defendido con claridad la médica de familia Eva Trillo, del Centro de Salud Campo de Belchite (Zaragoza), durante su intervención. En la mesa, Trillo ha abordado el síndrome de desgaste profesional —más conocido como burnout— como una amenaza estructural para el sistema, y no solo como una carga silenciosa para quienes ejercen en la primera línea asistencial.

“Somos médicos, médicos de familia, y tradicionalmente nos han enseñado a aguantar el dolor de nuestros pacientes, pero rara vez nos han enseñado a cuidar nuestra salud mental”, ha comenzado la especialista. A su juicio, la situación de la Atención Primaria tras la pandemia es insostenible y afecta de forma directa a los profesionales y, por tanto, a los pacientes. “Tenemos el corazón del sistema, que somos nosotros, completamente colapsado”, ha alertado.
Durante su intervención, Trillo ha presentado una batería de estudios recientes que evidencian la magnitud del problema. En uno de ellos, un metaanálisis que incluye 67 estudios observacionales con más de 36.000 médicos, se concluye que un 24 por ciento de los facultativos presenta burnout, una cifra que se eleva al 37 por ciento si se tiene en cuenta solo la muestra de Atención Primaria. Otro estudio, esta vez centrado en residentes de Medicina Familiar y Comunitaria, ha revelado que el 33,6 por ciento de los encuestados presentaban riesgo alto de depresión y un 6,3 por ciento riesgo alto de suicidio. Además, casi un 19 por ciento reconocía un consumo habitual de psicofármacos.
“Aunque muchos médicos presentan síntomas graves, casi el 50 por ciento de ellos no busca ayuda profesional pese a necesitarla”, ha subrayado. En este contexto, Trillo no ha esquivado una de las cuestiones más delicadas de su intervención: la automedicación. “Uno de cada cuatro médicos de familia consume psicofármacos para sostener su día a día y sus consultas. Y lo hace sin receta formal, sin figurar en el historial clínico, porque tenemos la capacidad de prescribir y la carga emocional de no pedir ayuda”, ha afirmado.
En su repaso al reconocimiento institucional del burnout, Trillo ha recordado que la Organización Mundial de la Salud (OMS) incorporó este síndrome al catálogo de enfermedades relacionadas con el empleo en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) en 2019, lo que supuso un avance importante para visibilizarlo como un problema vinculado a la práctica profesional. “Por fin podemos decir que el burnout existe y que está ligado al estrés crónico que manejamos en el trabajo, especialmente en nuestras consultas de Atención Primaria”, ha remarcado.
A lo largo de la ponencia, Trillo ha descrito las tres dimensiones que definen este síndrome según la escala de Maslach: el agotamiento emocional, la despersonalización y la baja realización personal. “El agotamiento se traduce en cansancio extremo, en la pérdida de ilusión. La despersonalización se manifiesta en frialdad, en distancia con el paciente, en dejar de empatizar. Y la baja realización nos lleva a sentir que no estamos haciendo bien nuestro trabajo, a perder la motivación”, ha explicado. Y ha añadido: “Lo más importante es entender que esto no es un problema individual. El burnout no es una debilidad personal, es una consecuencia colectiva de un sistema que no funciona”.
“Lo más importante es entender que esto no es un problema individual. El burnout no es una debilidad personal, es una consecuencia colectiva de un sistema que no funciona”
La médica aragonesa también ha desgranado los factores que, a su juicio, explican esta situación: desde las condiciones laborales crónicamente deterioradas hasta la falta de autonomía, pasando por la excesiva burocracia y la precariedad estructural. “Cuando un compañero se va de vacaciones, la carga asistencial no se redistribuye: simplemente recae en los pocos que quedan. Hay centros de salud con 18 médicos en plantilla en los que están trabajando tres”, denunció. También puso el foco en la falta de inversión sostenida: “Si decimos que la Atención Primaria es el pilar del sistema, no podemos seguir con una desinversión cronificada desde hace dos décadas”.
Además de los factores estructurales y demográficos, Trillo ha incidido en los socioculturales, como el cambio en el perfil del paciente, más formado e informado, y la presión por responder a sus expectativas en un contexto de sobrecarga asistencial. “Muchos compañeros tiran del psicofármaco porque no tienen tiempo. Saben que hay otros abordajes, pero cuando sabes que una consulta de cinco minutos se puede alargar media hora, acabas optando por la vía rápida. Es una tragedia que estemos en este punto”, ha lamentado.
Las consecuencias del burnout, ha insistido, van más allá de lo personal. Afectan a la calidad asistencial, a la seguridad del paciente, a la relación médico-paciente y al propio sistema. “Estamos viendo jubilaciones anticipadas masivas porque la gente no puede más. Incluso quienes querían seguir trabajando acaban diciendo basta”, ha señalado. También ha advertido sobre el impacto económico del problema, apuntando a estudios canadienses que cifran en 213 millones de dólares anuales el coste directo e indirecto del burnout médico, incluyendo absentismo, presentismo y pérdida de productividad. “Aquí no hay estudios de ese tipo, pero el problema es el mismo”, ha añadido.
Pese a la crudeza de los datos, Trillo ha abogado por un enfoque optimista y propositivo. “Tenemos identificados los factores que intervienen, y ahora debemos trabajar en las soluciones”, ha afirmado. Entre ellas, ha reclamado más inversión en recursos humanos, la creación de observatorios de salud laboral, la reducción de la carga burocrática y la mejora de las condiciones laborales. “La administración debe dejar de mirar hacia otro lado y reconocer que esto está pasando. No se pueden ocultar los datos”, ha advertido.
Abordaje de la depresión y la ansiedad en la AP
Después de Trillo, ha comenzado su discurso Luis Gutiérrez Rojas, psiquiatra en la Unidad de Hospitalización de Salud Mental del Hospital Universitario Clínico San Cecilio de Granada, que ha centrado su exposición en las estrategias de abordaje sencillas, prácticas y accesibles para los profesionales.
Ha comenzado destacando una idea clave: el estrés no es necesariamente negativo. “El estrés es bueno. No hay nada peor que alguien sin estar estresado”, ha afirmado con contundencia, señalando que el estrés, en su justa medida, actúa como un potenciador del rendimiento. “Cuando tenemos algo urgente que hacer es cuando más rendimos. El problema no es el estrés en sí, sino su cronificación.” Esta tensión sostenida en el tiempo es la que, según el psiquiatra, acaba siendo disfuncional y provoca síntomas que son “como los pilotos encendidos del coche: señales que nos indican que algo no va bien”.
Desde esa perspectiva, la ansiedad se presenta en dos formas principales: la generalizada y las crisis puntuales o ataques de pánico. En la ansiedad generalizada, el paciente “siente como un motorcillo interno, una inquietud constante que le acompaña durante todo el día”, mientras que las crisis de ansiedad, aunque clínicas leves desde el punto de vista psiquiátrico, pueden vivirse de forma muy intensa, hasta el punto de confundirse con ataques cardíacos o experiencias de pérdida de control. “Esos cuadros pueden parecer menores, pero si no se tratan a tiempo, acaban derivando en evitaciones, agorafobia o incluso en una depresión”.
La depresión, por su parte, se caracteriza por un ánimo bajo persistente y una incapacidad para disfrutar de las cosas. “Puede presentarse con tristeza evidente, pero también de forma más sutil: desgana, apatía, anhedonia… Personas que simplemente no tiene ganas de hacer nada”, ha detallado el experto. Asimismo, ha añadido que el cuadro depresivo se manifiesta también en los hábitos de sueño, apetito, psicomotricidad, energía o pensamientos de culpa, y que estos deben ser evaluados con especial atención.
En este contexto, Gutiérrez ha introducido la noción del burnout como un fenómeno que no aparece como diagnóstico oficial ni en la CIE-11 ni en el DSM-5, pero que, en la práctica clínica, se reconoce con frecuencia. “El burnout no es más que una forma de depresión o ansiedad exógena, provocada por el estrés crónico laboral. Aunque no tenga entidad nosológica propia, podemos identificarlo perfectamente cuando se cronifica la sobrecarga emocional y el agotamiento profesional”, ha explicado, coincidiendo con Trillo.
Uno de los puntos más agudos de su intervención ha sido la mención de los pacientes que somatizan el sufrimiento psíquico. Se ha referido en particular a cuadros como la fibromialgia o el síndrome de fatiga crónica, que son difíciles de manejar clínicamente y con frecuencia terminan siendo derivados de un especialista a otro sin una solución clara. La reflexión de Gutiérrez Rojas ha ido más allá del diagnóstico: se ha centrado también en los profesionales que atienden estos casos. “Estar todo el día viendo a pacientes que no sabes cómo ayudar termina por generarte burnout. Esa impotencia constante es muy difícil de manejar”. A partir de ahí, ha ofrecido varias claves preventivas y de intervención, siempre desde un enfoque humano y realista. “Los síntomas no son normales. Son señales del cuerpo que nos dicen: ‘No vas bien’. Y si no los escuchamos, acabaremos quebrándonos”.
“Estar todo el día viendo a pacientes que no sabes cómo ayudar termina por generarte burnout. Esa impotencia constante es muy difícil de manejar”
Uno de los aspectos más interesantes de su exposición fue su insistencia en el papel del entorno de trabajo como factor clave en la prevención del burnout. “Lo que más angustia a los médicos no son los pacientes, son los compañeros”, aseguraba. Y puso un ejemplo muy cotidiano: “En el hospital tenemos una lista con todos los que hacen guardias. Yo sé a quién le puedo pedir un cambio y quién no me lo cambia ni por mil euros en negro”. Esta anécdota servía para ilustrar cómo un clima laboral tóxico o despersonalizado puede intensificar el malestar emocional.
También destacó el papel fundamental de la familia y el apoyo social como factores protectores. “El que tiene una buena vida personal y se siente querido, protegido, es más resistente al desgaste. Pero nuestras sociedades, con familias pequeñas y cada vez más desestructuradas, ofrecen menos redes de apoyo, y eso se nota”, señalaba.

Hizo una reflexión particularmente lúcida sobre la gestión del fracaso, tanto en la medicina como en la vida personal. “La medicina es, en esencia, un fracaso. Todos los pacientes que tratamos van a morir. Y eso hay que asumirlo sin dramatismo”, ha defendido. Rechazaba la idea de omnipotencia médica y abogaba por aceptar que no se puede llegar a todo, que no siempre se pueden obtener resultados, y que no pasa nada por no poder con todo. “Fracasar es parte del juego”, ha insistido.
En cuanto a las estrategias personales, ha subrayado la importancia de desarrollar la resiliencia a través de componentes como la perseverancia, la flexibilidad y la gestión emocional. “Las personas rígidas, cuadriculadas, con estructuras mentales obsesivas, son las que más sufren. Porque el mundo no es así. El mundo es caótico, cambiante, y hay que saber adaptarse”.
Habló también de la empatía como doble filo. Citó a Carl Rogers con su idea de la “aceptación positiva incondicional del paciente”, pero matizó: “Ser empático no significa que los problemas del paciente sean tus problemas. El que asume la carga emocional del paciente como propia, se está abriendo las puertas del burnout”. Por eso, abogaba por un modelo de profesionalidad compasiva pero con distancia emocional. “Estás con el paciente, te entregas, pero luego desconectas. Si te llevas al paciente a casa y no duermes, hay un problema”.
En cuanto a los abordajes terapéuticos, ha defendido la psicoterapia como herramienta potente y eficaz, especialmente en el ámbito de la atención primaria. “No es solo decir cosas bonitas o frases de galletitas de la suerte. La terapia es algo serio. Las terapias cognitivo-conductuales han demostrado ser coste-efectivas y eficaces. Ayudan a desmontar esas distorsiones cognitivas que arrastramos también los médicos: ‘esto es un desastre’, ‘todo está mal’, ‘el sistema es una mierda’. A veces, no es que lo diga el paciente, lo decimos nosotros”.
No ha obviado los tratamientos farmacológicos, aunque ha reconocido que “no hay uno mejor que otro”. Ha explicado que la elección depende del perfil sintomático y del neurotransmisor alterado, y ha mencionado antidepresivos útiles para casos con insomnio, síntomas obsesivos o deterioro cognitivo. Ha recalcado que la medicación debe adaptarse al perfil del paciente y ser parte de una intervención más amplia.
La práctica clínica influye en el paciente
Por su parte, otro de los ponentes ha sido Pedro Iborra Giner, psiquiatra y coordinador del Hospital de Día para Trastornos de la Personalidad en el Centro Terapéutico Espiral de Alicante, que ha reflexionado sobre la complejidad real de los trastornos de ansiedad y depresión, desmontando algunas de las limitaciones de las guías clínicas tradicionales. En su intervención ante profesionales sanitarios, el experto ha dejado claro que “las guías de criterios diagnósticos están bien para orientarnos, pero poco más”, subrayando que la práctica clínica diaria revela “una gran heterogeneidad, diferencias interpersonales y estilos de personalidad muy distintos” que influyen profundamente en la manera en que los pacientes viven y gestionan su malestar emocional.
La ansiedad, sostiene Iborra, es probablemente “el trastorno mental más frecuente en nuestras consultas” y, sin embargo, su diagnóstico y tratamiento siguen siendo insuficientes. “No lo diagnosticamos en la medida en que deberíamos, ni lo tratamos como deberíamos. Incluso en los trastornos de ansiedad que sí llegamos a diagnosticar, en un 40% de los casos no se tratan correctamente”, denuncia. Y advierte de la alta comorbilidad que presentan, no solo con otros trastornos psiquiátricos —como el uso de sustancias o trastornos afectivos—, sino también con enfermedades somáticas como obesidad, diabetes o patologías cardiovasculares.
Uno de los aspectos más críticos es la relación entre ansiedad y conducta suicida. “Cuando la ansiedad se asocia a la depresión, el riesgo de ideación y conducta autolítica puede multiplicarse hasta por 2,5”, ha señalado. En consulta, el trastorno de ansiedad generalizada es el que se detecta con mayor frecuencia, aunque Iborra recuerda que “solo diagnosticamos adecuadamente un tercio de estos casos, y entre los propios médicos probablemente sea aún menos”.
La normalización del malestar y la resistencia a pedir ayuda dentro del personal sanitario también agravan el problema. Además, llama la atención sobre el deterioro funcional que añade la ansiedad cuando se combina con otros cuadros, y cómo su presentación clínica suele ser inespecífica. “El paciente no te dice ‘tengo ansiedad’, te dice que tiene cefaleas, mareos, diarrea… El cerebro es nuestro software, y si falla, por algún lado tiene que expresarse”.
A nivel diagnóstico, Iborra destaca la dificultad de separar ansiedad y depresión como entidades aisladas. “Al principio preguntaba: ‘¿Está usted más ansioso o más deprimido?’. La respuesta habitual era: ‘No lo se, me encuentro mal’. Y es que suelen estar las dos cosas”, explica. “El 85% de los pacientes con depresión presentan síntomas de ansiedad, y el 90% de los pacientes con ansiedad tienen síntomas depresivos”. Ante esta realidad clínica, Iborra propone un enfoque más centrado en los síntomas que en las etiquetas diagnósticas: “¿Qué le pasa al paciente que tengo delante? ¿Cómo es su ansiedad? ¿Qué le afecta más, qué menos?”.
La llamada “depresión ansiosa”, aunque extremadamente prevalente, no aparece reconocida como tal en muchos manuales diagnósticos. “El DSM-5 introduce un especificador de ansiedad en los trastornos depresivos mayores y la CIE-11 contempla el trastorno mixto de ansiedad y depresión, pero estamos hablando de algo que llevamos viendo desde hace mucho tiempo”.
La comorbilidad entre ambos trastornos tiene implicaciones clínicas graves: más ingresos, mayor severidad, peor calidad de vida y peor pronóstico. Además, el tratamiento se complica. “Una depresión pura puede responder bien a un antidepresivo, pero si hay ansiedad, la respuesta es menor, y los efectos secundarios son mayores”, advierte.
En este contexto, el uso de benzodiacepinas genera preocupación. “Se nota rápido cuánto más rápido actúa una benzodiacepina, más enganche genera”, explica, alertando sobre el riesgo de tolerancia y dependencia, especialmente con benzodiacepinas de vida media corta. “El paciente nota el ‘efecto rebote’: cuando llega la hora de la toma, no solo vuelve la ansiedad que ya tenía, sino también la que aparece por la abstinencia”.
“No en monoterapia. Si pasan tres o cuatro meses solo con benzodiacepinas, estamos perdiendo tiempo y manteniendo al paciente jodido más tiempo”
Además, Iborra denuncia el creciente mal uso de estos fármacos en población joven. “O no las prescribimos cuando toca, o las prescribimos a casco porro, o no controlamos su duración. Y esto genera una dependencia brutal”. El especialista recalca que las benzodiacepinas deben usarse solo como apoyo inicial en un tratamiento combinado con antidepresivos, y con pautas claras. “No en monoterapia. Si pasan tres o cuatro meses solo con benzodiacepinas, estamos perdiendo tiempo y manteniendo al paciente jodido más tiempo”.
También recuerda sus efectos secundarios: sedación, afectación cognitiva, disfunción psicomotora y riesgos en la conducción o caídas en mayores. “Una benzo afecta a la memoria inmediata. No contestes nada importante en WhatsApp después de tomártela. No te vas a acordar”.
En cuanto al tratamiento de fondo, Iborra destaca la importancia de personalizar. “No se trata de elegir el fármaco para la depresión ansiosa, sino para el paciente concreto que tengo delante. ¿Qué síntomas predominan? ¿Qué tolerancia tiene? ¿Qué comorbilidades? ¿Qué otros fármacos toma?”. Conocer el mecanismo de acción de los antidepresivos, defiende, es clave para una elección adecuada. “Los fármacos no son iguales, aunque todos sean ISRS o duales. Algunos tienen perfiles más activadores, otros más sedantes, otros efectos pro-cognitivos”.
Como ejemplo, destaca la vortioxetina, un antidepresivo de última generación con mecanismo multimodal. “No solo actúa sobre la recaptación de serotonina, también modula receptores específicos. Tiene beneficios en síntomas depresivos, ansiosos y cognitivos, sin penalizar con los efectos secundarios clásicos: menos disfunción sexual, no afecta al peso, mejora cognitiva real”.
En cuanto al enfoque clínico, Iborra insiste en que “cuanto antes se inicie el tratamiento, mejor”. Esperar a ver si el malestar “se pasa solo” o si “es algo reactivo” puede cronificar el problema. “Todas las personas que pierden un trabajo o se separan no se deprimen. Si alguien lo hace, hay que actuar”. Y concluye: “Las guías dicen que hay que esperar hasta 12 semanas para valorar un antidepresivo. No, en dos, tres, cuatro semanas ya se ve el efecto. Si sabemos cómo funciona el fármaco, si identificamos bien los síntomas, podemos tomar decisiones terapéuticas más rápidas y eficaces”.
Con esta perspectiva clínica, Iborra lanza una llamada a la reflexión sobre cómo los profesionales sanitarios abordan la ansiedad y la depresión: no como diagnósticos aislados, sino como una dimensión clínica interconectada, con múltiples caras y un gran impacto en la vida del paciente. Identificar bien, tratar pronto y personalizar cada intervención son las claves para mejorar el pronóstico y la calidad de vida en esta epidemia silenciosa.