«El alivio del dolor mejora la supervivencia del paciente oncológico»

Luz Cánovas, coordinadora del Grupo de Trabajo de Dolor Oncológico de la SED analiza para GM los retos en el manejo del dolor oncológico

El dolor oncológico es uno de los desafíos más complejos y significativos en el tratamiento del cáncer. A menudo subestimado, su manejo eficaz es clave no solo para mejorar la calidad de vida de los pacientes, sino también para influir en su supervivencia. Luz Cánovas, anestesióloga y Coordinadora del Grupo de Trabajo de Dolor Oncológico de la Sociedad Española del Dolor (SED), destaca la evolución del tratamiento del dolor en pacientes oncológicos y su impacto directo en el bienestar de los pacientes.

La evolución del tratamiento del dolor oncológico

En las últimas décadas, el tratamiento del dolor en pacientes oncológicos ha experimentado una transformación significativa. Esto se debe, en gran medida, a los avances en los tratamientos contra el cáncer, que han aumentado la supervivencia y, con ello, el número de pacientes que padecen dolor relacionado con el cáncer o sus tratamientos. Según Cánovas, esta evolución ha cambiado el enfoque del manejo del dolor, que ahora se adapta a pacientes que no solo enfrentan dolor agudo por la enfermedad activa, sino también dolor crónico como secuela de tratamientos quirúrgicos, quimioterapia o radioterapia.

«El dolor oncológico ha dejado de ser exclusivamente un problema para pacientes en etapas terminales», comenta Cánovas. «Hoy en día, los largos supervivientes del cáncer también presentan dolor crónico debido a los efectos secundarios de los tratamientos, lo que requiere una atención específica y constante». A diferencia de otros tipos de dolor, el dolor oncológico a menudo está ligado a la supervivencia del paciente, lo que añade una dimensión psicológica crítica que debe abordarse de manera temprana y efectiva.

Prioridad en la atención del dolor oncológico

Los pacientes con dolor oncológico reciben una atención prioritaria, un aspecto que subraya la relevancia de este tipo de dolor en el manejo global del cáncer. Según Cánovas, en muchas unidades de dolor los pacientes con cáncer son atendidos de manera preferente, evitando las listas de espera. «El circuito de atención en estos casos es rápido, con la primera consulta en menos de 24 horas y la realización de la primera técnica intervencionista, si es necesario, en una semana», explica la especialista.

Este enfoque proactivo tiene como objetivo no solo mitigar el sufrimiento físico, sino también mejorar la calidad de vida del paciente, un factor que influye directamente en la respuesta al tratamiento oncológico y, potencialmente, en la supervivencia. Un adecuado control del dolor permite al paciente mantener una mayor funcionalidad y reducir la interferencia del cáncer en su vida cotidiana, lo que, a su vez, puede optimizar el éxito de las terapias contra el cáncer.

Tratamientos más frecuentes: opioides y técnicas intervencionistas

El manejo del dolor oncológico sigue un enfoque escalonado, comenzando generalmente con tratamientos farmacológicos como opioides, que son efectivos para el dolor moderado a severo. La morfina, aunque sigue siendo el opioide de elección en muchos casos, ha sido complementada por otros fármacos como el fentanilo, la oxicodona con naloxona y el tapentadol. Estos nuevos opioides tienen la ventaja de generar menos efectos secundarios, un factor crucial en el tratamiento del dolor crónico, donde la calidad de vida del paciente es prioritaria.

No obstante, cuando los opioides no son suficientes para controlar el dolor o cuando el paciente experimenta efectos secundarios indeseables, se recurre a técnicas intervencionistas como los bloqueos neurolíticos o la implantación de bombas de infusión intratecal. Estas bombas permiten la administración de fármacos directamente en el líquido cefalorraquídeo, reduciendo drásticamente las dosis necesarias y, por ende, los efectos secundarios. Cánovas destaca que estas intervenciones son esenciales para pacientes con dolores complejos, como los causados por metástasis óseas, donde el tratamiento farmacológico convencional no es suficiente.

Tolerancia y adicción: un riesgo controlado

Un tema recurrente en el tratamiento del dolor con opioides es el riesgo de adicción. Sin embargo, Cánovas aclara que en los pacientes oncológicos el riesgo es considerablemente menor que en aquellos con dolor crónico no oncológico. Además, existen tests específicos para predecir el riesgo de adicción en estos pacientes. «Si un paciente requiere un aumento constante de la dosis sin cambios en la enfermedad, se puede estar desarrollando una tolerancia, pero esto es fácilmente manejable con las técnicas intervencionistas», añade.

La detección precoz de la tolerancia o adicción se realiza a través de una monitorización exhaustiva, que incluye revisiones continuas y el apoyo de psicólogos clínicos, quienes pueden identificar cambios en el comportamiento del paciente que podrían indicar un problema. Esta atención constante permite ajustar el tratamiento de manera precisa y reducir los riesgos asociados al uso prolongado de opioides.

El estigma del fentanilo

El fentanilo ha sido objeto de controversia debido a la crisis de adicción que afecta a los Estados Unidos. Sin embargo, como explica Cánovas, la situación en España es muy diferente. «Aquí los pacientes que necesitan opioides para el alivio del dolor están monitorizados exhaustivamente», lo que reduce significativamente el riesgo de adicción. En los casos en los que existe un riesgo elevado o el paciente desarrolla tolerancia, las bombas intratecales son una opción efectiva que permite reducir la dosis de opioides necesarias en un 100 por cien en comparación con la administración oral.

Supervivencia y calidad de vida

Uno de los aspectos más destacados del manejo del dolor oncológico es su impacto en la supervivencia del paciente. No se trata solo de paliar los síntomas, sino de mejorar su calidad de vida para que puedan responder mejor a los tratamientos oncológicos. Las bombas intratecales, por ejemplo, no se reservan únicamente para pacientes en cuidados paliativos. Estas se implantan en pacientes que se espera que sobrevivan más de tres meses, lo que les permite llevar una vida más funcional con un tratamiento menos invasivo.

En definitiva, el correcto manejo del dolor oncológico es esencial no solo para aliviar el sufrimiento, sino para mejorar la respuesta al tratamiento del cáncer y, en última instancia, prolongar la supervivencia del paciente. La atención rápida, la monitorización constante y las intervenciones personalizadas son los pilares de un tratamiento que tiene como objetivo mejorar la vida de los pacientes en todos los sentidos. Según Cánovas, “controlar el dolor no es solo una cuestión de bienestar, es también una cuestión de supervivencia”.

Retos en el manejo del dolor

Uno de los grandes desafíos en el manejo del dolor, tanto oncológico como no oncológico, es la falta de formación específica en dolor en las facultades de medicina. Como destaca la profesional, «el dolor es la principal causa de atención en primaria y especializada», y sin embargo, la formación en este campo es prácticamente inexistente en muchas universidades. A corto plazo, uno de los principales retos es incorporar una educación integral en dolor en las carreras de medicina.

A medio plazo, también es fundamental fortalecer la formación en dolor dentro de las especialidades médicas que tratan este tipo de pacientes. La anestesiología, la traumatología y la rehabilitación, entre otras, deberían integrar el dolor como un área clave dentro de sus programas de especialización. Actualmente, el tratamiento del dolor es una de las áreas menos desarrolladas dentro de estas especialidades, lo que limita la capacidad de los profesionales para ofrecer soluciones efectivas a los pacientes.

A largo plazo, Cánovas propone que las unidades de dolor adopten un enfoque verdaderamente multidisciplinar. El manejo del dolor no solo abarca la esfera física, sino también la psíquica y, en algunos casos, la espiritual. Por ello, las unidades de dolor deberían incluir, además de anestesiólogos que aplican los tratamientos intervencionistas, a fisioterapeutas, psicólogos clínicos, nutricionistas y otros profesionales especializados en el manejo del dolor. «El dolor afecta todas las esferas de la vida de un paciente, y un equipo multidisciplinar es esencial para abordarlo de manera integral», concluye Cánovas.


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