En los últimos años, ha resurgido un movimiento antipsiquiátrico, distinto al que surgió en las décadas de los 60 y 70. Este nuevo enfoque, lejos de ser una crítica constructiva o una propuesta de reforma en la atención psiquiátrica, apunta directamente a la destrucción de la psiquiatría como ciencia y como profesión. Esta nueva corriente esta más próxima a movimientos conspiranóicos como los antivacunas o los terraplanistas, que a cualquier disciplina científica. Su argumento se basa en una opinión sin ningún sustento científico y que pretenden imponerse por encima de la ciencia.
La antipsiquiatría contemporánea, que se caracteriza por una visión profundamente ideológica y anticientífica, amenaza con desmantelar los pilares fundamentales sobre los que se sustenta la psiquiatría
Según José Luis Carrasco, psiquiatra, catedrático y jefe de servicio del Hospital Clínico San Carlos, esta tendencia pone en peligro la atención médica de los pacientes más vulnerables. La antipsiquiatría contemporánea, que se caracteriza por una visión profundamente ideológica y anticientífica, amenaza con desmantelar los pilares fundamentales sobre los que se sustenta la psicopatología y, por ende, la psiquiatría misma.
Diferencias entre la antipsiquiatría clásica y la actual
Carrasco describe con claridad la evolución del movimiento antipsiquiátrico. La antipsiquiatría de hace 50 años, aunque también crítica con ciertos aspectos de la práctica psiquiátrica, contribuyó a importantes avances. Movimientos de reforma impulsaron la desinstitucionalización de pacientes y fomentaron el desarrollo de modelos comunitarios de atención, como los hospitales de día, que mejoraron la calidad de vida de muchos enfermos mentales. Estos cambios, aunque impulsados por un espíritu antipsiquiátrico, estaban fundamentados en un conocimiento sólido de la psicopatología y la realidad clínica.
La antipsiquiatría de hace 50 años contribuyó a la desinstitucionalización de pacientes y fomentaron el desarrollo de modelos comunitarios de atención
En contraste, la antipsiquiatría actual se aleja del conocimiento científico y adopta un enfoque ideológico. Niega la existencia de las enfermedades mentales como entidad médica y promueve la idea de que los trastornos mentales son construcciones sociales impuestas por una sociedad opresiva. Según esta corriente, la psiquiatría no sería más que un instrumento de control social, y los diagnósticos psiquiátricos, una forma de violencia estructural.
Para Carrasco, este movimiento es particularmente peligroso porque diluye el concepto de enfermedad mental, negando la validez de la investigación neurobiológica y rechazando los tratamientos basados en evidencia científica. Al igual que ciertos grupos conspiranoicos, los defensores de esta ideología desconfían profundamente de la ciencia y cuestionan el papel de la psiquiatría en la sociedad. De esta manera, no solo atacan la psiquiatría como disciplina médica, sino que también perjudican a los pacientes, negándoles la legitimidad de su sufrimiento.
Psicopatología
Uno de los aspectos más alarmantes de la nueva antipsiquiatría, según Carrasco, es el intento de desmantelar la psicopatología, el núcleo científico de la psiquiatría. La psicopatología es la disciplina que estudia los mecanismos subyacentes en el funcionamiento mental anómalo, como los que ocurren en enfermedades como la esquizofrenia o la depresión mayor entre muchos otros. Es el equivalente a la fisiopatología en otras ramas de la medicina, y constituye la base sobre la cual se construyen los tratamientos y se comprende el sufrimiento de los pacientes.
La psicopatología es la disciplina que estudia los mecanismos subyacentes en el funcionamiento mental anómalo
Sin la psicopatología, argumenta Carrasco, la psiquiatría perdería su armazón científico. Negar la existencia de los trastornos mentales y reducir todo a «malestares de la vida cotidiana» coloca a los pacientes en una situación de extrema vulnerabilidad. Además, trivializa las condiciones serias que requieren atención médica especializada, como el trastorno bipolar, la esquizofrenia y la depresión severa.
En este sentido, la postura antipsiquiátrica no solo es perjudicial para los pacientes que sufren enfermedades mentales, sino que también bloquea el avance del conocimiento científico y la mejora de los tratamientos. Al desmantelar la psicopatología, el paciente queda desprotegido, enfrentándose a una sociedad que no reconoce su sufrimiento como legítimo.
Consecuencias para los pacientes y la práctica psiquiátrica
Carrasco subraya que esta corriente antipsiquiátrica tiene un impacto directo en los pacientes con trastornos mentales. En lugar de ofrecerles una alternativa de tratamiento, la antipsiquiatría actual genera en ellos una sensación de desesperanza. Les transmite la idea de que no existen tratamientos efectivos y que los psiquiatras son agentes de opresión. Esto no solo aumenta el miedo hacia los tratamientos médicos, sino que también desincentiva a los pacientes a buscar la ayuda que necesitan.
La antipsiquiatría actual genera en los pacientes una sensación de desesperanza
Otro problema grave es el desvío de recursos destinados a la atención de los trastornos mentales hacia lo que esta corriente denomina «malestares de la vida cotidiana». En lugar de priorizar a pacientes con condiciones psiquiátricas graves, se otorgan recursos a problemas que, aunque significativos, no requieren la intervención especializada de un psiquiatra. Como resultado, muchos pacientes que realmente necesitan atención psiquiátrica se ven relegados a listas de espera interminables o, peor aún, no reciben tratamiento adecuado.
Para los psiquiatras, el reto es doble. No solo deben continuar ejerciendo su profesión en un entorno que cuestiona su labor y niega la validez de sus tratamientos, sino que también deben enfrentar las consecuencias de una ideología que frivoliza su práctica médica. Carrasco recalca que la respuesta más adecuada a este desafío no es entrar en debates políticos o ideológicos con los defensores de la antipsiquiatría, sino seguir comunicando los avances logrados en la psiquiatría y destacando los beneficios que los pacientes obtienen de los tratamientos basados en evidencia.
Respuesta de la Psiquiatría médica
La comunidad psiquiátrica, representada por la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (SEPSM), también ha alzado la voz ante esta amenaza. En un comunicado, la SEPSM ha destacado que este nuevo movimiento no solo busca eliminar la psiquiatría médica, sino también desmantelar el marco científico que sustenta la psicopatología. Al banalizar los problemas de los pacientes y negar la existencia de las enfermedades mentales, la antipsiquiatría deja a los más vulnerables desprotegidos y sin acceso a tratamientos efectivos.
Si la psicopatología se derrumba, la psiquiatría perderá su capacidad para comprender y tratar el sufrimiento psíquico de los pacientes.
La SEPSM ha alertado de las graves consecuencias que podría tener permitir que este movimiento deconstruya el saber psiquiátrico. Si la psicopatología se derrumba, la psiquiatría perderá su capacidad para comprender y tratar el sufrimiento psíquico de los pacientes. Además, se abre la puerta a soluciones simplistas y peligrosas que no abordan la complejidad de los trastornos mentales.
Enfoque biopsicosocial
Carrasco concluye que la única respuesta posible desde la psiquiatría médica es seguir defendiendo la ciencia y promoviendo el conocimiento basado en la evidencia. La psicopatología, como disciplina científica, ha permitido avances significativos en la comprensión y el tratamiento de las enfermedades mentales, y cualquier intento de desmantelarla pone en peligro la salud y el bienestar de los pacientes. Frente a los movimientos ideológicos que pretenden destruir la psiquiatría, Carrasco insta a los profesionales a mantener un discurso positivo, centrado en los avances de la disciplina y en la mejora continua de los recursos y tratamientos.
La única respuesta posible desde la psiquiatría médica es seguir defendiendo la ciencia y promoviendo el conocimiento basado en la evidencia
La psiquiatría debe continuar su misión de ofrecer una atención integral, biopsicosocial, que abarque tanto el tratamiento farmacológico como el apoyo psicológico y social a los pacientes. Solo así se garantizará una atención médica adecuada para los más vulnerables, protegiéndolos de ideologías que infravaloran su sufrimiento y los alejan de las soluciones basadas en ciencia y evidencia clínica.