Las olas de calor se han adelantado al calendario estival y ya están afectando a gran parte de la población. Aunque el verano comenzó oficialmente hace solo unos días, fue en las últimas semanas de la primavera cuando empezaron a sentirse los primeros efectos del ascenso térmico, con temperaturas que han superado los 30 grados en numerosas zonas del país. Y los efectos del calor ya comienzan a notarse tanto en la población como en los centros sanitarios.
Lorenzo Armenteros, portavoz Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), señala a este medio que «lamentablemente, ya estamos acostumbrados». Asegura que las olas de calor se repiten de forma periódica, y en los últimos años han empezado a ver con más claridad las consecuencias que puede tener el calor extremo sobre la salud, especialmente en personas vulnerables.
«Este año hemos observado un incremento de los casos relacionados con alteraciones de la tensión arterial, lo cual se ha vuelto más habitual de lo que era anteriormente», afirma el portavoz. Aunque en esta ocasión no se han detectado tantos problemas digestivos como en años anteriores, sí estamos viendo con mayor frecuencia casos de hipotensión vinculados al uso de antihipertensivos y diuréticos, especialmente en pacientes frágiles.
Asimismo, Asensio López, médico de familia y coordinador del Programa de Actividades Preventivas y de Promoción de la Salud (PAPPS) de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC) ha relatado a Gaceta Médica su experiencia. «El problema del calor en Atención Primaria no suele manifestarse con un golpe de calor evidente, sino con síntomas mucho más silentes: deshidratación, empeoramiento de enfermedades crónicas y un aumento de hospitalizaciones que muchas veces solo entendemos a posteriori».
«El problema del calor en Atención Primaria no suele manifestarse con un golpe de calor evidente, sino con síntomas mucho más silentes»
Asensio López, coordinador de PAPPS de semFYC
Desde los centros de salud, lo que se observa con mayor frecuencia durante los episodios de altas temperaturas no son los casos más extremos, como los golpes de calor clásicos, sino el progresivo deterioro de personas mayores o pacientes con patologías crónicas y polimedicados. «Vemos cómo empiezan a encontrarse peor, se descompensan, y muchas veces el entorno en el que viven —viviendas mal climatizadas o directamente sin refrigeración— agrava aún más su situación». El calor constante dentro de casa, combinado con salidas puntuales a la calle en momentos de temperaturas extremas, lleva al agotamiento y a cuadros de deshidratación que acaban desestabilizando su estado general.
López señala que uno de los problemas es que no se dispone de una lectura epidemiológica clara en tiempo real. «Los síntomas suelen ser inespecíficos: malestar, mareos, ingreso hospitalario por empeoramiento de enfermedades previas… pero detrás, lo que hay muchas veces es la exposición continua al calor«. El impacto real del exceso térmico se detecta con perspectiva, cuando se analizan los datos globales de años anteriores y se observa un aumento de la mortalidad, especialmente entre personas mayores y con enfermedades crónicas. «Es una mortalidad silente», advierte.
En este sentido, el profesional lamenta la falta de anticipación del sistema sanitario. «Deberíamos actuar con un mes de antelación, ya desde mayo, porque este año las olas de calor han llegado incluso antes del verano. Sabemos quiénes son las personas vulnerables, pero no siempre actuamos con suficiente previsión para protegerlas». Contactar con ellas —aunque sea por vía telefónica— e insistir en mensajes clave como la correcta hidratación puede marcar la diferencia. «La mayoría de las muertes por calor no se deben a un golpe térmico extremo, sino a una deshidratación mantenida que descompensa otras patologías».
Además, subraya la importancia de reforzar la coordinación con servicios sociales y las familias: «No solo hay que pensar en la persona mayor inmovilizada en casa. También están aquellos mayores funcionales que siguen saliendo a hacer la compra o al mercado y no tienen sensación de sed. Fisiológicamente, muchas personas mayores no perciben la necesidad de beber agua, y eso aumenta su vulnerabilidad».
Personas vulnerables
Por su parte, Armenteros incide en quienes son las personas que más sufren las olas de calor: «Las personas mayores y los niños son especialmente sensibles, ya que su sistema de termorregulación es más limitado. También son más susceptibles quienes padecen enfermedades crónicas —como hipertensión, diabetes u obesidad—, quienes están en tratamiento farmacológico continuado o las mujeres embarazadas». En todos estos casos, asegura el portavoz de SEMG, el riesgo de sufrir un episodio de estrés térmico aumenta de forma considerable.
Además, destacar el riesgo que implica no respetar los descansos laborales recomendados durante las horas más calurosas del día, especialmente entre las 12.00 horas y las 17.00 horas. «Si no se cumplen estas pausas, el cuerpo no puede recuperarse del estrés térmico continuo al que está expuesto», advierte Armenteros.
López coincide con Armenteros y explica que el calor no solo afecta a personas mayores, ya que las condiciones laborales también agravan el riesgo entre personas jóvenes. «En zonas agrícolas, por ejemplo, vemos trabajadores que empiezan su jornada muy temprano y continúan bajo temperaturas de 37 o 38 grados hasta la tarde. Eso genera agotamiento físico y, en ocasiones, baja laboral«. Aquí, el coordinador de PAPPS dice que, debería haber más control por parte de las administraciones públicas sobre las condiciones en las que trabajan estos colectivos.
«Contamos con la experiencia acumulada de años anteriores y hemos desarrollado, como profesionales, una respuesta basada en la observación y la repetición de estos episodios»
Lorenzo Armenteros, portavoz de SEMG
López detalla en que también hay grupos especialmente vulnerables por su medicación. «Los pacientes que toman diuréticos, antipsicóticos o medicamentos que reducen la sensación de sed están en un riesgo mayor. Si además trabajan o se mueven en espacios muy calurosos, la probabilidad de sufrir un golpe de calor se dispara».
La clave, insiste, está en anticiparse. «No podemos esperar a que llegue el calor para actuar. Si queremos evitar que se repitan cifras de mortalidad por encima de las 20.000 personas como en otros años, debemos adoptar una actitud preventiva clara, con especial foco en la hidratación y en la identificación temprana de las personas más vulnerables. Porque esto ya no es una situación puntual: ha venido para quedarse».
El coordinador de PAPPS también ha observado en consulta un aumento llamativo de quemaduras solares en las últimas semanas, incluso en personas que han utilizado protección solar alta. «Me sorprende ver quemaduras localizadas, por ejemplo, solo en un brazo o una zona de la espalda, en gente que asegura haberse protegido. Algo está cambiando en la intensidad de la radiación ultravioleta». Esto, añade, debe servir como llamada de atención para seguir insistiendo en la prevención de la exposición solar y sus consecuencias a largo plazo, como el cáncer de piel.
Protocolos de la Administración
En cuanto al papel de la administración, Armenteros asegura que, por el momento, no han recibido instrucciones concretas ni un plan específico para afrontar la ola de calor de este verano. «Contamos con la experiencia acumulada de años anteriores y hemos desarrollado, como profesionales, una respuesta basada en la observación y la repetición de estos episodios», explica el portavoz de SEMG.
Sin embargo, lamenta que la reacción institucional suele llegar tarde, bien cuando la situación ya está muy avanzada o tras la aparición de casos graves con impacto mediático. López coincide de nuevo con el portavoz de SEMG y asegura que aunque existen protocolos de actuación frente al calor —tanto autonómicos como del Ministerio de Sanidad—, su aplicación práctica a menudo es reactiva en lugar de preventiva.
«Nos hace falta una estrategia más proactiva, basada en acciones concretas de anticipación, especialmente en atención primaria. No basta con tener los protocolos: hay que aplicarlos con antelación y personalizarlos», concluye el coordinador.
Calambre por calor
Por su parte, Alberto Kramer, coordinador del Grupo de Trabajo de Urgencias de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN), destaca la importancia de que la coordinación sanitaria se active al ritmo de las alertas meteorológicas. No obstante, insiste en que es fundamental planificar con antelación y disponer de planes de contingencia para proteger a la población, especialmente a las personas con patologías previas, cuya salud puede agravarse durante olas de calor.
«Uno de los aspectos clave en estas situaciones es la correcta información a la ciudadanía«, asegura el coordinador. Kramer incide que es crucial que la población sepa distinguir entre un «simple calambre por calor y los síntomas iniciales de un golpe de calor», una condición mucho más grave. Los calambres musculares provocados por el calor son espasmos dolorosos que afectan a grandes grupos musculares —como piernas, abdomen o brazos— durante o después de realizar actividad física en ambientes calurosos. Suelen acompañarse de sudoración intensa y pérdida de electrolitos, pero no provocan fiebre significativa ni alteraciones del estado mental. En estos casos, el reposo, la hidratación y la reposición oral de sales suelen ser suficientes para la recuperación.
Por el contrario, el golpe de calor se caracteriza por una disfunción del sistema nervioso central y una temperatura corporal superior a los 40 ºC, requiriendo atención médica urgente. Este puede estar precedido por un cuadro de agotamiento por calor, en el que ya comienzan a manifestarse síntomas más serios.
«Otro cuadro que puede generar confusión es el dolor muscular de aparición tardía (DOMS), conocido popularmente como «agujetas»», explica Kramer. Este aparece entre 24 y 72 horas después de realizar ejercicio físico de intensidad no habitual y no guarda relación con la exposición al calor. Se trata de un dolor difuso, no espasmódico, sin síntomas sistémicos ni alteraciones neurológicas.
Finalmente, el coordinador señala que se describen también las «mialgias inespecíficas» por deshidratación leve: un dolor muscular generalizado, sin espasmos, que aparece tras actividad física en condiciones de ligera deshidratación, pero sin criterios de enfermedad por calor.