Hace justo un año, el 29 de octubre de 2024, la Comunidad Valenciana vivió uno de sus momentos más trágicos. La DANA que azotó la región dejó tras de sí destrucción y una movilización sanitaria sin precedentes en municipios como Paiporta, Massanassa, o Alfafar. A día de hoy, los profesionales que vivieron la emergencia recuerdan aquellos días como un reto humano y sanitario sin precedentes.
Carlos Momparler, director médico de Atención Primaria del Departamento de Salud Valencia La Fe, explica a Gaceta Médica que la primera reacción que tuvo fue de shock: «No sabíamos de la magnitud de la catástrofe ni de la tragedia que íbamos a vivir”. Durante los días posteriores, el trabajo fue intenso, con un compromiso humano que sobrepasó los horarios laborales.
Se atendieron desde heridas infectadas hasta traslados de pacientes para diálisis, reorganización de citas médicas y realización de pruebas. “Vivimos situaciones médicas de todo tipo, con mucho apoyo a los afectados y a los compañeros”, explica Momparler.
La coordinación entre los equipos médicos y de emergencia fue fundamental. El director médico detalla que “la coordinación era a través del 112 y del SES o Servicio de Emergencias Sanitarias con nosotros, los diferentes departamentos de salud, que realizamos trabajo de campo. Desde los centros de salud no afectados se llamaba a los pacientes más vulnerables para poder ser atendidos desde las zonas afectadas. Del mismo modo se puso en marcha un centro de llamadas o call center en el Hospital La Fe para priorizar la asistencia a los pacientes más vulnerables”.
“Vivimos situaciones médicas de todo tipo, con mucho apoyo a los afectados y a los compañeros”
El uso de la tecnología permitió optimizar la respuesta sanitaria. En el centro de llamadas, se utilizó inteligencia artificial: se enviaban SMS previos para avisar al paciente, y un asistente virtual realizaba la primera llamada, recabando información sobre estado de salud y disponibilidad de medicamentos.
Posteriormente, los profesionales contactaban con los pacientes en menos de una hora, realizando entrevistas clínicas apoyadas en datos del asistente y del software, que incluían asignación territorial, diagnósticos, medicación activa y último contacto con los servicios sanitarios. Durante estas llamadas, se resolvían necesidades o se derivaba a los equipos de atención primaria u hospitalaria según la complejidad.
Respecto a los recursos, Momparler reconoce que la colaboración de los ayuntamientos fue clave, cediendo locales para atención médica, y que desde el hospital se desplazaron servicios de cirugía, traumatología, pediatría y oxigenoterapia para tener quirófanos de atención inmediata.
Aunque los médicos militares habrían sido de gran ayuda, la asistencia sanitaria se realizó en tiempo récord y sobre el terreno, liderada por el Servicio de Emergencias Sanitarias junto con médicos y enfermería de atención primaria. Momparler asegura que la experiencia ha dejado un aprendizaje profundo: “Indudablemente aprendimos al igual que la pandemia de la COVID-19, en estas situaciones la colaboración fue total y determinadas especialidades se desplazaron a las zonas afectadas, incluidos médicos de urgencias hospitalarias, enfermeros y enfermeras, pediatras, cirujanos, traumatólogos, trabajadoras sociales, etc.”
Unidades de salud mental durante la DANA
Inmaculada Just, coordinadora médica del Centro de Salud de Catarroja, rememora aspectos que le impactaron especialmente, como la vulnerabilidad de las personas y la forma de prescribir medicación, “en folios de papel”. Destaca a este medio la necesidad de unidades de salud mental de emergencias y la dedicación de compañeros voluntarios que acudían cada día a apoyar a los afectados.
Mirando atrás, Just subraya que “las DANA se han convertido en una lección colectiva para profesionales sanitarios, servicios de emergencia y la sociedad en general. La DANA ha demostrado que la sanidad no puede actuar sola. Una de las grandes lecciones: el impacto emocional de estos fenómenos es tan importante como el físico”.
“la DANA se ha convertido en una lección colectiva para profesionales sanitarios, servicios de emergencia y la sociedad en general»
Según la coordinadora médica, la catástrofe sacó a relucir la solidaridad de las comunidades, con voluntariado, redes vecinales y apoyo entre desconocidos. Esa cohesión social se ha convertido en un valor estratégico para afrontar futuras emergencias.
Just también recalca la importancia de la rapidez en la gestión: “Los gobiernos autonómicos y locales han aprendido que la rapidez salva vidas: mejorar la comunicación entre AEMET, 112 y ayuntamientos es clave. Ya no se trata solo de evitar DANAS sino de aprender a convivir con ellas sin que colapse el sistema”.