El 29 de octubre de 2024 la Comunidad Valenciana vivió uno de sus momentos más trágicos. Hace justo un año, la DANA que azotó la región arrasó con varios municipios como Paiporta, Massanassa, Sedaví, Benetússer o Alfafar, dejando tras de sí destrucción, miedo y una movilización sanitaria sin precedentes.
“La primera reacción fue de desconcierto. Pasamos la noche dentro del centro de salud con los pacientes que se quedaron atrapados. Al día siguiente salimos como pudimos entre el barro y nos fuimos andando cada uno hasta sus casas”, recuerda Juan Carlos Beguer, médico de familia y coordinador del centro de salud de Paiporta.
Beguer explica a Gaceta Médica que fue el 31 de octubre, dos días después del desastre, cuando pudieron volver al centro y reorganizar la atención. “Volvimos los que pudimos y, tras mucho esfuerzo, rompimos un enrejado y entramos por una puerta lateral a la primera planta. La habilitamos para atender”, relata. La situación era extrema: sin luz, sin agua, sin ordenadores ni teléfono. “Conseguimos un generador para tener electricidad y contacté con los coordinadores de los centros de salud colindantes y con el Hospital General, para que viniesen traumatólogos y cirujanos los primeros días. Los ciudadanos no podían salir, todo estaba embarrado e intransitable”, recuerda.
Pese a las dificultades, el equipo consiguió establecer un circuito de medicación con ayuda del hospital y las farmacias de Torrent. “Las farmacias de Paiporta estaban destruidas, así que hacíamos listados de pacientes, gestionábamos las recetas desde los centros vecinos y las farmacéuticas traían la medicación cada tarde”, explica.
La organización sanitaria se improvisó sobre la marcha. “Distribuimos el centro en zonas: quirúrgica, médica, de recetas y psiquiatría. Conseguimos un teléfono vía satélite para las urgencias y dividimos el pueblo en cuatro zonas, con parejas médico-enfermera atendiendo a domicilio”, señala. También se habilitaron dos centros satélite en colegios públicos para quienes no podían acceder al centro principal.
A esa respuesta se sumaron apoyos de múltiples frentes: “Llegaron cirujanos, traumatólogos, psiquiatras, voluntarios, la UME, Guardia Civil, Médicos del Mundo, Médicos Sin Fronteras, ONG que cocinaban, militares… Fue una ola de solidaridad impresionante”, afirma Beguer. El impacto emocional de aquellos días sigue presente. “El momento que más me marcó fue el día de la DANA y ver al día siguiente a tantísima gente quitando el barro de la planta baja”, confiesa.
Trabajar sin medios
Una de las profesionales que también vivió la catástrofe fue María José Guijarro, miembro de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN), que vive y trabaja en una de las zonas afectadas por la DANA, en Albal. “Cuando ya pudimos salir y vimos cómo estaba todo, fuimos al centro de salud a ayudar. Algunos compañeros habían pasado la noche allí, atrapados”, relata emocionada a este medio. “Trabajábamos sin medios: sin teléfono, sin electricidad, sin electrocardiógrafo, sin vacunas. Atendíamos con papel y boli, apuntando el nombre de cada paciente y el motivo de su consulta”.
La falta de comunicación fue una de las mayores dificultades. “No podíamos contactar con nadie, ni con el ayuntamiento, ni con las ambulancias, ni con nuestras familias. Ese aislamiento era lo que más nos angustiaba”, reconoce. Guijarro recuerda también los momentos más duros: “Eran nuestros vecinos, nuestros pacientes. Escuchar cómo habían perdido a familiares o ver a niños en shock tras presenciar cómo el agua se llevaba a alguien fue devastador”.
“Trabajábamos sin medios: sin teléfono, sin electricidad, sin electrocardiógrafo, sin vacunas. Atendíamos con papel y boli, apuntando el nombre de cada paciente y el motivo de consulta”
Por su parte, Asunción Iturralde, médico de familia y vicepresidenta de la Sociedad Valenciana de Médicos Generales y de Familia (SEMG C. Valenciana) afirma a Gaceta Médica que también participó en la respuesta y recuerda la magnitud del desastre. “La primera reacción fue de dolor y preocupación”, explica.
La coordinación, cuenta, fue inmediata. “Desde los departamentos se empezaron a sacar listados de pacientes vulnerables, de medicaciones, para intentar que la gente recibiera lo que necesitaba cuanto antes. Incluso se fue casa por casa para ver si necesitaban asistencia médica”, detalla. A pesar de los problemas de comunicación y la falta de material informático, la respuesta fue ejemplar. “Los profesionales de los centros de salud, los hospitales y los voluntarios respondieron fenomenal, desde el primer momento”, subraya.
Asistente virtual sanitario
Desde el Hospital La Fe, Inmaculada Cervera, coordinadora del Grupo de Trabajo de Gestión Sanitaria y Calidad Asistencial de SEMERGEN y presidenta de SEMERGEN Comunidad Valenciana y médica de este centro, explica a este medio que colaboró como voluntaria realizando llamadas a pacientes de las zonas afectadas. “Se puso en marcha un asistente virtual sanitario, llamado Lola, que hacía un primer cribado y luego nosotros atendíamos los casos más graves”, recuerda.
“El escenario en el sur de Valencia, en todos los pueblos de la huerta, era devastador”, afirma Cervera. “Había residencias de mayores completamente anegadas, con pacientes que no pudieron ser evacuados; centros de salud destruidos, zonas comunes inaccesibles y carreteras bloqueadas. Era una imagen dantesca, con calles convertidas en ríos de barro y montones de materiales acumulados que impedían cualquier acceso”.
“Hablar con gente que había perdido familiares, escuchar la angustia, la desesperación… fue muy duro. La magnitud del sufrimiento fue enorme”
Ante esa situación, explica, “lo primero fue abrir canales de paso para las ambulancias, que intentaban llegar hasta los centros de salud para relevar a los compañeros que habían quedado atrapados, porque muchos de ellos también habían resultado destrozados por la riada”. La profesional relata que se organizaron turnos de voluntarios para reforzar las zonas más dañadas. “Había fracturas, cortes, contusiones, infecciones por el barro, diarreas y algunos casos de leptospirosis. Pero, donde no llegaban los medios, llegaba la voluntad de las personas. Las farmacias y Cruz Roja establecieron circuitos para llevar medicación a los domicilios. Fue una muestra de humanidad impresionante”, afirma.
A ella le marcó especialmente la dimensión emocional de la tragedia. “Hablar con gente que había perdido familiares, escuchar la angustia, la desesperación… fue muy duro. La magnitud del sufrimiento fue enorme”, explica. “Fue como volver a vivir la pandemia”, confiesa Cervera. “La magnitud del sufrimiento y el impacto en la población fueron extraordinarios. Quizá lo más angustiante fue la sensación de abandono, la falta de estructuras del Estado que pudieran responder con rapidez ante una tragedia de tal dimensión. Estábamos funcionando a nivel local, pero no se coordinaban los recursos del Estado. Esa soledad fue desesperante”.
Momento crítico en Urgencias
Desde el ámbito de la enfermería, Carmen Casal, vicepresidenta de la sección de Enfermería de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES), también recuerda aquellos días con intensidad. “Nadie era consciente de lo que estaba pasando hasta mitad de la tarde, cuando comenzaron a llegarnos imágenes de gente que lo estaba perdiendo todo a escasos kilómetros. La incredulidad y la negación fueron las primeras fases del shock”, relata a este medio.
Casal explica que el momento más crítico para las urgencias se vivió de dos maneras: por un lado, la imposibilidad de acceder a los lugares afectados; por otro, la incertidumbre del personal sanitario que también había perdido sus hogares. “Fue dantesco. Nos llegaba información de muchas partes y había gente que literalmente estaba luchando por su vida”, asegura.
“Fue dantesco. Nos llegaba información de muchas partes y había gente que literalmente estaba luchando por su vida”
La coordinación fue esencial. “Las reuniones previas a la jornada en el puesto de mando avanzado eran fundamentales para que todos supiéramos en qué momento de la emergencia estábamos y qué debíamos hacer”, explica. Aunque faltaban recursos materiales, la enfermera destaca la respuesta social: “Faltaban grúas, palas, botas de agua… pero la ayuda de la población fue maravillosa. Me siento muy orgullosa de la respuesta de la gente”.
Casal, que participó como voluntaria en ambulancias, no olvida algunas imágenes. “Me crucé con una amiga enfermera cubierta de barro, quitando lodo en una calle. Nos miramos y dijimos: ‘tenemos que estar ahí’. También recuerdo a compañeras gritando por las calles con mochilas llenas de material, ofreciendo ayuda. Esos momentos no se olvidan”, dice.
Un año después, la reflexión es compartida entre los profesionales: se han aprendido lecciones, pero aún queda camino. “Por mucho que hagamos simulacros, la realidad siempre supera a la ficción”, reconoce Casal. La vicepresidenta de la sección de enfermería ha reivindicado la importancia de seguir formándose para actuar en entornos hostiles, por ello ha reivindicado la especialidad de la enfermería de urgencias y emergencias: «Esta experiencia nos demostró que, aunque creamos que estamos preparados para todo, no siempre lo estamos. Y esa lección no debemos olvidarla jamás”.
Cervera coincide con Casal y afirma que “debemos reflexionar sobre lo ocurrido y aprender de ello» e insiste en la necesidad de mejorar la coordinación y la formación ante emergencias extremas. “Catástrofes como una inundación, un terremoto o una fuga química no son habituales, pero pueden volver a suceder. Por eso es fundamental contar con una actualización periódica y una preparación específica que permita a los profesionales sanitarios actuar con eficacia y seguridad cuando la naturaleza vuelve a ponerlo todo a prueba”.