Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’
Los sindicatos sanitarios han acertado de pleno al desmarcarse de la huelga general orquestada por las centrales UGT y CC.OO. para el 29-S. Y no porque no existan razones para protagonizar un paro masivo en hospitales y centros de salud de toda España, que las hay. La rebaja de entre un 5 y un 7,5 por ciento que han sufrido los trabajadores del sector en sus salarios es sólo la gota que colma un vaso repleto de desaires hacia los médicos y, en menor medida, las enfermeras. Desaires que van desde los drásticos ajustes de plantillas para cuadrar presupuestos hasta la polémica reforma de las especialidades, pasando por el coto autonómico a la libertad de prescripción rebajando la autonomía de los facultativos a niveles mínimos nunca vistos hasta ahora. Sin embargo, los sindicatos profesionales han dicho “no” a los cantos de sirena de las centrales de clase. Y tienen toda la razón: en primer lugar, han actuado con responsabilidad porque saben que los hospitales, como la Sanidad en su conjunto, no están para huelgas, dada la gravedad de la crisis y la situación de práctica bancarrota en la que se encuentran.
En segundo lugar, se niegan a ser comparsas, convidados de piedra o meros apéndices de quita y pon destinados a completar cupos y hacer bulto. En este sentido, resulta muy llamativo que Cándido Méndez, a través del histórico Miguel Ángel Zamarrón, pusiera toda la carne en el asador para que Patricio Martínez y la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM) claudicaran y pasaran por el aro, semanas después de que las centrales de clase se negaran a echar un cable a los médicos para mitigar su bajada salarial, con el fin de que quedara reducida a un 5 por ciento, como el resto de las profesiones sanitarias. Es lógico que la CESM y otras organizaciones no respalden ahora a quienes movieron pocos músculos por ella, y se nieguen a jugar un papel secundario en la huelga.
El tercer motivo que avala la decisión de las organizaciones sanitarias tiene que ver con la memoria histórica. Es sabido que UGT y CC.OO. nunca se han batido el cobre en la defensa de unos trabajadores altamente cualificados, que distaban mucho del empleado ‘tipo’ al que pretendían afiliar. De ahí la irrupción de sindicatos especializados en la Sanidad y su diferenciación del resto. La disparidad se aprecia hoy en día en todas las mesas sectoriales y se pudo comprobar, por ejemplo, durante la negociación para transformar los hospitales en fundaciones durante la era Romay.
Y la última razón es de peso, y ha sido bien argumentada por la CESM en la declaración en la que se desmarca del paro: esta organización no va a ir de la mano de centrales cómplices con el Gobierno en materia económica y, consecuentemente, corresponsables por su silencio de la actual situación del país. Con lógico criterio, la CESM considera que debería haberse mostrado un mayor rechazo a las actuaciones del Ejecutivo en tiempos pretéritos, porque de aquellos polvos de la pasividad llegan ahora estos lodos de la huelga. Huelga, por cierto, que los sindicatos médicos intuyen ajena a un verdadero interés de cuestionar al Gobierno. Una mascarada, en definitiva, para tranquilizar a los afiliados golpeados por la crisis.
La CESM y Satse tienen la sartén por el mango, dado que juntos son mayoritarios en el sector y el malestar médico y el del resto del personal se acrecentará en diciembre: la paga extra reflejará mejor que cualquier nómina el drástico efecto del tijeretazo. Es posible que por esas fechas sí suenen tambores de guerra en los centros sanitarios. Pero al margen de los sindicatos de clase.