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Carlos Amaya, el bastión de la profesión médica en España

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| viernes, 05 de noviembre de 2010 h |

Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’

En el intrincado mundo de las organizaciones sanitarias hay señores que son médicos, y médicos que juegan a enseñorearse a costa de los otros médicos. En el primer grupo, no muy abultado desgraciadamente, hay que situar con letras de oro a Carlos Amaya, neurocirujano, sindicalista y señor donde los haya. Señor en comportamiento, educación y cultura. Señor a la hora de cumplir su palabra. Señor en bonhomía. Y señor en inteligencia institucional. Los médicos de este país jamás podrán agradecerle suficientemente los logros que arrancó para esta profesión primero desde la Secretaría General de la antaño gloriosa Confederación Estatal de Sindicatos Médicos, y durante su efímero paso después por esa entente hoy venida a menos llamada Femyts. Tampoco podrán agradecerle nunca bastante su representación ante Europa: con él en Bruselas y en otras capitales el landismo de sucesivos delegados que no chapurreaban ni una palabra de inglés ni sabían prácticamente nada del ejercicio de la Medicina quedó desterrado de las reuniones profesionales de alto nivel.

Como ya ha pasado suficiente tiempo, se pueden contar detalles de los hitos conseguidos por este médico. Carlos Amaya fue capaz de plantar cara a todas las autoridades sanitarias a las que se enfrentó en defensa de mejoras para los facultativos españoles. Sus movimientos soterrados entre los colegios de médicos fueron determinantes, por ejemplo, para impedir que José Manuel Romay y Alberto Núñez Feijóo, el primero ministro y el segundo presidente del Insalud, operaran la mayor transformación de la gestión hospitalaria de la historia de España, convirtiendo los centros públicos en fundaciones. Como buen estoico, el neurocirujano echó mano de su independencia para aguantar todo tipo de presiones, y logró tumbar el proyecto sanitario estrella de aquella época, dejando en ridículo a las organizaciones sindicales que se prestaron a participar en una foto de familia bochornosa. Fue en los mismos días en los que la Farmaindustria de Hervada batallaba a brazo partido con Enrique Castellón y el propio Romay. Por esto y por más cosas, los que de verdad saben en UGT y Comisiones Obreras le respetan. Por aquello, algunos le tildaron de socialista.

Amaya también frenó en seco las vehementes ínfulas de Celia Villalobos a su llegada al Ministerio. “Señora, recuerde que usted mañana dejará de ser ministra, pero yo seguiré siendo médico”, cuentan que le respondió en uno de sus encuentros, apagando la incontinencia verbal de la malagueña. También guerreó el sindicalista con Ana Pastor allá donde pudo, y plantó cara a Elena Salgado durante el desembarco del PSOE. Por aquello, algunos le tildaron de derechista. Ya en Madrid, y a la chita callando, sus gestiones fueron determinantes para que los médicos de los hospitales del extinto Insalud doblaran el sueldo. Su éxito radicó en el entendimiento con Manuel Lamela. Con Güemes, en cambio, varió de estrategia y decidió moverse entre bastidores para tumbarle su proyecto de jubilación forzosa: un hito sin precedentes para la profesión que enervó al consejero y cuya paternidad se intentó atribuir, de forma manipuladora, el Colegio de Médicos. Todavía hay mucha gente que se pregunta cómo pudo hacerlo.

No busca este artículo forzar comparaciones odiosas. Los tiempos cambian y las personas, también. Pero hay tres puntos sobre los que no debería quedar ninguna duda: con Amaya al frente de una organización médica solvente, el Gobierno no hubiera tenido redaños en aprobar la prescripción enfermera, habría sudado la gota gorda para esquilmarles a los facultativos un 7,5 por ciento de su salario, y las autonomías no estarían jugando con las recetas y los fármacos consignados en ellas. Los problemas que se les avecinan ahora a los médicos son de aúpa porque no quedan más Carlos Amayas.