Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’
Javier López de la Morena ha metido la pata hasta el cuello. Joaquín Pérez Argüelles, con su cambio de chaqueta y su predilección por moverse siempre en la dirección en la que sopla el viento, también. Y Patricio Martínez, con su distanciamiento, su errática estrategia y su renuncia a mojarse en los momentos importantes, más aún. Apunten bien estos nombres. Junto con algún otro actor secundario, los tres son los responsables directos de que la antaño gloriosa Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM), martillo siempre del poder político fuese del color que fuese y ejemplo en la defensa de los facultativos españoles, prosiga la caída libre en la que se encuentra inmersa desde hace meses, y termine hundiéndose en la mediocridad. Y con ella, también, la devaluada y capitidisminuida rama madrileña llamada Femyts.
El punto de inflexión de este deterioro que parece ya irreversible coincide con la salida de los órganos directivos del sindicato de Carlos Amaya, un hombre cabal, inteligente y honrado. Un señor con mayúsculas, de los que cumplen su palabra y de los que, desgraciadamente, quedan pocos en la sanidad y en todo el país. Créanme lo que digo. A lo largo de mi vida profesional he capeado con jueces y funcionarios, gerifaltes políticos y altos cargos de diferente pelaje, militares y organizaciones varias de todas las ramas y de todos los sectores. Sé de lo que hablo cuando ensalzo al neurocirujano, como lo saben numerosos agentes del sector, que le han tendido gentilmente la mano, y los propios médicos europeos. Tiene bemoles: lo que le niegan sus compañeros españoles se lo reconocen los foráneos, manteniéndole como vicepresidente de la federación. Como se ve, la estulticia sigue siendo un patrimonio exclusivo de nuestras fronteras.
Pero nada es gratuito en esta vida, y menos la insidia, la añagaza barata y la puñalada trapera, cobarde y ruin por la espalda. La marcha de Amaya de la CESM, gestada desde hace meses en el sindicato, ha empezado a tener consecuencias nefastas para los médicos. El panorama empieza a ser desolador. De entrada, y ante la incapacidad manifiesta de los actuales rectores para captar fondos, el sindicato se ha visto obligado a echar el cierre a la fundación. Una lástima, porque con Amaya fue puntera en el hasta entonces ignorado estudio de la demografía médica en España. Tampoco le van bien las cosas a la confederación en las elecciones sindicales. Allá donde se coaliga con Satse, vence, pero cuando desaparecen las enfermeras, los resultados son ramplones. Tanto, como su grado de interlocución y de influjo con numerosas autoridades autonómicas y del Gobierno.
Pero una de las consecuencias más graves que ha tenido para la CESM la salida de Carlos Amaya se ha producido en el terreno de la identidad. En apenas unos meses, la entidad que preside Patricio Martínez se ha diluido como un azucarillo en el entramado de foros y subforos tejido por Juan José Rodríguez Sendín desde la devaluada Organización Médica Colegial (OMC). De llevar la voz cantante, ha pasado a convertirse en un agente secundario cuyo espacio está siendo copado por colegios, sociedades científicas y, si me apuran, hasta los estudiantes. Este debate no es ficticio. Andrés Cánovas, a la sazón presidente, sabe de lo que hablo, e intuye de forma inteligente que por esa vía, su entidad se encamina hacia la desaparición.
Como la realidad no es estática, sino dinámica, se están produciendo muchos movimientos estos días. Sabedor de su debilidad, el sindicato CSIF ha empezado a ocupar el rol al que ha renunciado absurdamente la CESM. El crecimiento del primero será así directamente proporcional a la caída de la segunda, si nadie le pone remedio o corta cabezas de verdad.