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clínicas privadas

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| lunes, 31 de enero de 2011 h |

Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’

Muera la federación! ¡Viva la Confederación! A un grito prácticamente unánime, los principales gigantes de la sanidad privada en España han decidido decir basta y dar un golpe de timón en el barco en el que navegaban, sin precedentes en la reciente historia de la sanidad. En breves fechas va a cobrar forma jurídica definitiva la nueva patronal en la que han decidido integrarse grupos de tanto peso específico como la Ruber y la Ruber Internacional, Capio, el Grupo Hospital de Madrid, USP, Quirón, Recoletas, Hospiten, San Roque y todos los centros religiosos, entre otras muchas clínicas y hospitales no públicos del país.

Ninguno de ellos puede ni debe olvidar nunca el inmenso favor que han hecho al sector en su conjunto los admirables Julio Fernández Llamazares, el abogado Isidro Díaz de Bustamante y Fernando Mesa del Castillo. En un ejercicio de honestidad sin precedentes, merecedor de un aplauso general, los tres citados y varios compañeros más de junta rechazaron estampar sus firmas al vínculo que unía desde tiempos inmemoriales a la Federación Nacional de Clínicas Privadas, en la que llevaban las riendas tras el cambio de presidencia, con la empresa Aliad, impulsando así el cisma que hoy se ha consumado del todo. Cisma que aleja a las clínicas señeras, con años de historia y un gran futuro por delante, de un oscurantismo y una mala imagen que hubiera podido lastrar sus resultados y dañar sus objetivos en un momento trascendental en la sanidad española por causa de la crisis económica.

Porque, desde luego, la federación no podía tener ya peor imagen en el sector y, desgraciadamente, fuera de él. Su debilidad en la negociación de asuntos capitales como el Convenio de Tráfico, el escaso valor añadido que reportaba a sus asociados bajo la prolongada época de Antonio Bartolomé, y el escándalo de la formación que ha saltado a los medios de comunicación, con facturas y presuntos pagos de favores incluidos y documentados, han sido la perdición de este órgano y su sentencia definitiva de muerte. Su credibilidad, como la de Aliad, ha quedado tan tocada, que las clínicas privadas serias y respetables de este país han decidido poner punto y final a la relación y partir de cero. La confederación terminará fagocitando a la federación, ya sin apenas clínicas de verdadero relieve a las que representar, por mucho que se resistan los que allí aún quedan. Si otros sectores empresariales y profesionales siguieran este ejemplo de limpieza ética voluntaria otro gallo le cantaría a la sanidad española.

La génesis de la muerte de la federación arrancó hace meses, pero el estallido final se produjo a finales de noviembre del pasado año. Una auditoría encargada a PricewaterhouseCoopers so-bre el periodo 2009-2010 detectó una grave falta de información correctamente documentada sobre los cursos de formación impartidos. Un simple ejemplo basta para ilustrarlo: en uno de esos cursos, sólo 15 de las 17 evaluaciones totales pudieron verificarse, siendo todas ellas anteriores a la fecha de finalización. Existen decenas de casos parecidos. La historia, en cualquier caso, podría haberse quedado ahí, de no ser por un dato que conviene tener en cuenta: las subvenciones para tales cursos proceden de la Fundación Tripartita, ligada al Ministerio de Trabajo, y su cuantía ha ascendido hasta los 19,63 millones de euros entre 2003 y 2010. Mal asunto para la sanidad privada, justo cuando se halla en una gran encrucijada: la de seguir como hasta ahora, o la de ganar fuerza y protagonismo en el deteriorado Sistema Nacional de Salud.