Es justificable que la OMC se gaste más de 130.000 euros en los premios del certamen de arte del Patronato de Huérfanos con los recortes que se están aplicando a los médicos en toda España?
Dónde suelen acabar los cuadros y esculturas resultantes de tales premios?
Por qué pensó Patricio Martínez en pedir la cabeza de Carlos Amaya a la Federación Europea de Médicos Asalariados? ¿Se ha enterado la CESM de que la organización no exige a su cúpula directiva estar afiliada a ningún sindicato?
En qué comunidad que no es Valencia se le ha abierto otro fuego a la CESM?
Por qué le entran ahora las prisas a Sanidad para hacer un registro médico, cuando se ha tirado ocho años sin hacerlo?
Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’
Lo apunta Ana Pastor y, como suele ser habitual, tiene más razón que un santo. La Sanidad necesita un giro de 180 grados. Su estado de catatonia es tal, que si no se opera una revolución, el modelo perecerá víctima de los vicios adquiridos y de la quiebra. En estos momentos, su déficit asciende a más de 15.000 millones de euros, y en los despachos de los consejeros aparecen todavía facturas impagadas en pesetas. Se dice pronto. La ex ministra propone para tal fin una medida estrella: hincar el diente al sistema de funcionamiento de hospitales y centros de salud. Un giro copernicano, en definitiva, en un sistema anquilosado por la burocracia, que premia la ineficiencia y desincentiva el esfuerzo, la entrega y el sacrificio, pese a que estos valores se mantengan mucho más elevados en los sanitarios de base que en las organizaciones que dicen representarles. Hay que acabar, pues, con el régimen laboral vigente. Los gerentes, los servicios de salud, las autonomías y el Estado deben premiar al que más trabaje, porque se lo merece, sancionar al vago, y no promocionar al que acude a su lugar de trabajo a cumplir el expediente sin más. Lo han pedido en estos años Julio Zarco desde Semergen y algunas otras sociedades científicas, conscientes de la degradación profesional que causa el arcaico sistema sobre los médicos, y sus peticiones han caído en saco roto por el juego de los intereses creados, el contubernio de los receptores de prebendas y el estatus quo existente. Pastor viene a dar con sus palabras la razón a este movimiento que pide el cambio, que exige reformas y que se niega a trabajar en un régimen funcionarial que ha terminado lastrando la sanidad.
No habla la ex ministra de los liberados y demás paraestructura que sólo pone palos en las ruedas de la sanidad, pero lo voy a hacer yo. Evaluemos el número de liberados por todo tipo de organizaciones sindicales, analicemos las rebajas de sueldos que han experimentado sus supuestos representados y la degradación que están experimentando sus condiciones de trabajo en estos tiempos de recortes, y lleguemos a una conclusión clara: no valen para casi nada. Salvo honrosas excepciones individuales, las centrales sindicales son un lastre para el cambio, una rémora para los trabajadores y un apoyo en el que se apoya el Gobierno central o autonómico de turno a cambio de jugosas subvenciones. ¡Qué desgracia para el trabajador! No digo que no tenga que haberlos, pero su número debe reducirse drásticamente. La Administración no puede costear tanto sueldo sin trabajo, ni a tanto sustituto. Ni los profesionales que luchan a diario, consentirlo. El fruto que han dado a sus condiciones laborales es nefasto y no justifica tan alto precio para las arcas públicas. Cualquier revolución verdadera debe pasar también por esto, y si analizamos las veces que han pisado una consulta o tratado un paciente las cúpulas de las organizaciones sindicales actuales, veremos que el aserto tiene razón.
Y hace falta, en fin, insuflar aire a la gestión de los centros. La Sanidad no es hoy la de hace 20 años. La autonomía de gestión, la flexibilidad en el trabajo, y el movimiento de sanitarios entre hospitales para cubrir con excedentes de unos las plazas que hacen falta en otros es clave para mejorar una sanidad que se nos muere sin remedio. Si no se hace todo esto, el sistema será igual que Saturno devorado por sus hijos.