Al cumplirse un año del 29 de octubre de 2024, la efeméride nos obliga a algo más que a recordar: nos exige revisar con rigor qué aprendimos —y qué no— en nuestro caso desde la medicina y la salud pública. La DANA que asoló Valencia dejó 223 fallecidos y más de 15.000 personas desplazadas, con un impacto descomunal sobre la morbilidad, la salud mental, el tejido social y la economía regional. La tragedia no fue solo hidrometeorológica: también fue sistémica.
Qué pasó aquel día… y cómo reaccionamos

La precipitación torrencial transformó cauces y ramblas en corrientes súbitas de gran fuerza. Observamos fallos en la cadena alerta–decisión–difusión: a demasiadas personas les llegaron los avisos tarde o de manera irregular. Hubo instituciones (entre ellas la Universitat de València, de la que me honra formar parte) que activaron medidas preventivas con antelación; sin embargo, el ES-Alert se activó con desfases en zonas críticas. La lección de la “autopsia de procesos” es inequívoca: retrasos, infraestimación del fenómeno y coordinación interinstitucional insuficiente.
Desde el ámbito sanitario, la reacción combinó lo mejor de nuestro sistema —profesionales volcados y voluntariado ejemplar— con carencias estructurales conocidas: circuitos de comunicación irregulares, cierta lentitud en la respuesta inicial, una vigilancia que hubo de ampliarse sobre la marcha y recursos de salud mental que, aun reforzados, quedaron por debajo de una demanda creciente semana tras semana.
Lo que nos dijo la epidemiología
Las inundaciones activan riesgos directos e indirectos, que además se despliegan en dos tiempos: agudos o inmediatos y diferidos o tardíos. Entre los directos e inmediatos predominan traumatismos y ahogamientos; entre los indirectos y tardíos, las infecciones transmitidas por agua o vectores, las complicaciones respiratorias por mohos, la descompensación de enfermedades crónicas —oncológicas, diabetes y cardiovasculares, entre otras— por interrupciones asistenciales, junto con el aumento de problemas de salud mental.
En Valencia se documentaron incrementos relevantes de enfermedades transmitidas por el agua (p. ej., gastroenteritis, leptospirosis) y complicaciones respiratorias derivadas de mohos y aerosoles durante la limpieza; la carga psicológica (ansiedad, depresión, estrés postraumático, insomnio) ha sido tan persistente como infravalorada. Estas pautas coinciden con la evidencia internacional y reforzaron la necesidad de vacunación frente a tétanos y hepatitis A, de vigilancia sindrómica intensiva y de apoyo psicosocial
¿Hemos aprendido algo?
Sí, pero no lo suficiente. A partir de lo vivido y de lo publicado a lo largo del año transcurrido hasta hoy (12 días, 1 mes, 50 días, 100 días y 10 meses), más la síntesis académica posterior, emergen siete lecciones operativas que ya no admiten prórrogas:
- Gobernanza del riesgo = minutos salvavidas. Las cadenas “pronóstico–decisión–alerta–acción” deben estar diseñadas y ensayadas para que ningún eslabón sea un cuello de botella. Indicador medible: tiempo desde aviso rojo de AEMET a ES-Alert efectivo ≤15 minutos; simulacros trimestrales con auditoría pública.
- Prevención urbanística y “One Health”. No construir en zonas inundables y adaptar infraestructuras (drenaje, barreras, saneamiento) no es negociable. Lo sanitario se juega también en planeamiento urbano y ecosistemas.
- Vigilancia que ve antes. Fortalecer la vigilancia integrada (atención primaria, urgencias, laboratorio, salud ambiental) con paneles de señales tempranas: digestivas, cutáneo-mucosas, respiratorias y zoonóticas. Indicadores: cobertura diaria de notificación en zonas afectadas ≥95%; umbrales de alerta predefinidos.
- Salud mental como primera línea. Equipos móviles, derivación ágil, apoyo grupal comunitario y continuidad al menos 12 meses. Indicadores: tiempo medio de acceso <7 días; cobertura ≥80% de población prioritaria (duelos, pérdidas de vivienda, cuidadores).
- Comunicación de riesgo sin ruido. Portavoces con legitimidad, mensajes claros, rutas seguras y mapas en tiempo real; contrainfodemias desde fuentes confiables y coordinación con medios y plataformas. Indicador: encuestas post-evento con comprensión de mensajes ≥85%.
- Capacitación continua. Escolar (currículos de autoprotección), ciudadanía (lo que técnicamente se conoce como drills vecinales o simulacros periódicos), y profesionales sanitarios (itinerarios formativos en medicina de desastres y salud ambiental), con ejercicios conjuntos y evaluables con Protección Civil.
- Cohesión política y social. Los desastres castigan la polarización: sin cooperación leal entre administraciones, la respuesta se ralentiza y la confianza se deteriora. Conviene que responsables políticos y autoridades lo tengan siempre presente. La salud pública necesita puentes, no trincheras.
De las promesas a los “entregables”: un decálogo con métricas
Para pasar del qué al cómo, propongo —desde y para la comunidad sanitaria— un decálogo evaluable en los próximos 12 meses:
- Alerta temprana operativa (con activación a móvil ≤15 min): protocolo interinstitucional revisado y ensayado, con auditoría independiente del tiempo “alerta-a-móvil”. Meta: ≤15 min.
- Mapa de vulnerabilidad clínica y social (identificar mayores solos, dependencias, crónicos, inmuebles en cota baja) integrado en las historias de AP y en Protección Civil.
- Paquete preventivo estacional: vacunación frente a tétanos/hepatitis A en zonas de riesgo + kits de higiene + guías de limpieza segura. Cobertura objetivo ≥90% hogares afectados.
- Continuidad asistencial en cáncer y crónicos. Circuitos protegidos para quimioterapia, radioterapia, diálisis y anticoagulación; cribados prioritarios; acceso a fármacos esenciales con logística dedicada y contacto proactivo con pacientes frágiles. Indicadores: ≥95% de sesiones críticas mantenidas o reprogramadas ≤72 h; ≥90% de pacientes priorizados contactados en 48 h.
- Salud mental con continuidad: equipos móviles, grupos comunitarios y e-salud para seguimiento. Indicadores de acceso y resultado reportados trimestralmente.
- Vigilancia sindrómica reforzada y protocolos “One Health”: muestreos de agua/aire/roedores post-inundación y control vectorial con ventanas de actuación definidas.
- Formación en medicina de desastres para AP, urgencias, medicina preventiva y salud ambiental; simulacros conjuntos semestrales.
- Infraestructura resiliente priorizada con criterios de “triple dividendo” (evitar pérdidas, dinamizar economía local, co-beneficios ambientales).
- Pacto de comunicación: manual operativo de mensajes, portavocías y lucha contra infodemias; panel público de indicadores de confianza.
- Memoria y evaluación: revisión externa del 29-O con recomendaciones vinculantes y seguimiento ciudadano.
El papel de la profesión médica y de salud pública
¿Qué nos toca hacer, específicamente, desde la medicina y la salud pública?
- Clínica con empatía a la par que con mirada poblacional: integrar determinantes ambientales y sociales en la práctica, y reportar señales a la red de vigilancia sin fricción.
- Atención primaria como radar y amortiguador: puerta de entrada, educación sanitaria, detección precoz de problemas de salud mental y sociales.
- Medicina preventiva y salud pública como arquitectas del sistema: marcos de preparación, auditorías de alerta y ensayos de respuesta; coordinación “One Health”.
- Academia y sociedades científicas como memoria crítica y motor de innovación: evaluar, formar y transferir conocimiento útil, no solo publicar.
- Medios y líderes sanitarios como traductores de riesgo de manera inteligible: evitar el tópico de los “mensajes de tranquilidad. Mensajes claros, empáticos y verificables, antes, durante y después.
Una nota sobre lo que aprendimos escribiéndolo: nuestro hilo en Gaceta Médica
Este texto se apoya en el seguimiento del tema que hemos venido realizando periódicamente, desde los 12 días, el primer mes, los 50 y los 100 días, y a los 10 meses, así como en análisis científicos publicados después. Ese itinerario nos permitió identificar, a tiempo real, los puntos ciegos y las oportunidades de mejora que hoy sintetizamos en claves operativas.
Conclusión: que el 29-O no se repita… en lo prevenible
La DANA de Valencia fue una lección dolorosa. Nos recordó que la medicina y la salud pública no son un “servicio de guardia” para el día después, sino una infraestructura de confianza que empieza mucho antes, en el urbanismo, la educación, las alertas y la comunicación. Un año después, hay avances; pero mientras existan minutos perdidos en la cadena de alerta, hogares expuestos y brechas de salud mental sin cerrar, el deber profesional (y humano) es insistir.
Aprender es cambiar comportamientos y presupuestos, no solo discursos. Si alineamos gobernanza, evidencia y comunidad, el próximo episodio extremo nos encontrará más preparados, con menos sufrimiento evitable. Y esa es, precisamente, la promesa que una sociedad madura se hace a sí misma cuando honra a sus víctimas: no pasar página, sino reescribir el manual para salvar vidas.
*José Mª Martin-Moreno es doctor en Epidemiología y Salud Pública por la Universidad de Harvard, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Valencia y director de la Cátedra de Gestión Innovadora para la Salud, GIS-FES