Hace apenas unas semanas, el foco estaba puesto en un nuevo coronavirus detectado en África con potencial de infección humana. Ahora es un brote de hantavirus en un crucero el que vuelve a ocupar titulares y activar alertas sanitarias. Son amenazas distintas, con riesgos diferentes y contextos epidemiológicos alejados entre sí. Pero ambas dejan la misma sensación de fondo: seguimos siendo vulnerables.
«episodios como el del hantavirus generan algo más profundo que preocupación epidemiológica. Generan memoria»
No porque cada alerta vaya a convertirse en una pandemia global. Probablemente no ocurra. El problema es otro. El problema es que cada nuevo episodio nos recuerda que seguimos reaccionando igual: pendientes del siguiente brote, pero sin haber construido todavía una verdadera arquitectura de preparación.
La pandemia de COVID-19 dejó una promesa implícita a la sociedad: aprender. Aprender de la incertidumbre, de la falta de información en los primeros días, de las decisiones cambiantes y de la ausencia de herramientas preparadas para actuar antes de que la situación se desbordara. Aprender significaba transformar la experiencia en estructuras permanentes, protocolos claros, reservas estratégicas y capacidad real de respuesta temprana.
Sin embargo, cinco años después, seguimos moviéndonos más rápido en el discurso que en la construcción de esos mecanismos.
Europa ya habla abiertamente de autonomía estratégica sanitaria, reservas de contramedidas médicas, antivirales de amplio espectro y preparación operativa. La OMS insiste en que la próxima gran emergencia sanitaria no es una cuestión de “si”, sino de “cuándo”. Las sociedades científicas españolas han vuelto a reclamar recientemente, a través de un manifiesto conjunto, una estrategia mucho más ambiciosa y coordinada.
Y mientras tanto, España sigue debatiendo borradores.
El Real Decreto sobre preparación y respuesta ante emergencias sanitarias continúa en fase de consulta pública, con un planteamiento todavía demasiado general para la magnitud del desafío. Se habla de coordinación, de vigilancia y de respuesta, pero sigue faltando concreción sobre qué capacidades deben estar realmente disponibles desde el primer momento. Porque las pandemias no se controlan cuando todo está desplegado. Se contienen —o fracasan— en los primeros días.
Quizá por eso episodios como el del hantavirus generan algo más profundo que preocupación epidemiológica. Generan memoria. Nos obligan a recordar hasta qué punto la sociedad descubrió durante la COVID que incluso los sistemas sanitarios avanzados podían improvisar bajo presión. Pero ahora no es preciso improvisar; hay que prepararse.
Y eso es precisamente lo inquietante: que seguimos recibiendo señales, advertencias y recordatorios de vulnerabilidad, pero aún no hemos sido capaces de convertirlas en razones suficientes para acelerar las decisiones que llevamos años prometiendo.
Prepararse no consiste en reaccionar mejor cuando llega el problema.
Consiste en haber tomado antes las decisiones necesarias para que el problema no vuelva a desbordarnos.