Hantavirus: unas dudas muy incómodas

Expertos y autoridades mandan mensajes tranquilizadores, el dispositivo planteado para encapsular los casos del crucero se antoja solvente pero… ¿podríamos haber llegado mejor preparados?

Solemos pensar que todo va a salir bien. Que nuestro equipo de fútbol, aunque vaya perdiendo al descanso, finalmente remontará. Que aprobaremos ese examen para el que no hemos estudiado lo suficiente. O que, pese a la estadística, la enfermedad no llamará nunca a nuestra puerta. La autoprotección es un sentimiento muy humano, nos agarramos al clavo ardiendo, pero nunca está de más estar preparados para el giro de guion o un desenlace inesperado.

El hantavirus y ese dichoso brote que se concentra en un crucero que nadie conocía hace unos días han agitado viejos fantasmas en el subconsciente de nuestra sociedad. La herida de la pandemia de COVID-19 todavía supura. Si alguien tiene dudas, solo hace falta ver la reacción que ha despertado la reaparición de Fernando Simón en España.

Los expertos mandan mensajes tranquilizadores, las autoridades hacen esfuerzos por explicar con normalidad las acciones que se están tomando y el operativo dispuesto para encapsular a los infectados o expuestos al virus parece razonable y además está consensuado con las instituciones sanitarias internacionales. Pese a todo, es imposible esquivar unas dudas muy incómodas a las que me gustaría regatear, pero que aparecen: ¿podríamos estar mejor preparados?

El dolor de la última pandemia está demasiado reciente para lo hondo que escarbó. Igual que es humano buscar esa salida positiva, también lo es ver el vaso medio vacío. No pudimos escapar de la COVID-19, de aquella pesadilla no nos pudimos despertar. Ahora no hay motivos para el alarmismo. Y precisamente por eso es el momento adecuado para hablar de preparación.

No podemos controlar estas dudas tan incómodas, como tampoco podemos saber cómo acabará todo esto. Hay que escuchar a los que más saben y ahí está la esperanza de que todo esto saldrá bien, de que en un par de semanas todos los titulares que hoy nos ponen alerta serán una anécdota.

Pero vamos al fondo de la cuestión: llevamos años escuchando a los preventivistas, a los expertos en salud pública, alertándonos sobre el riesgo que representan las zoonosis, del peligro que puede suponer ese ‘salto’ de una enfermedad desde los animales a los humanos. No podemos controlar que un virus mute y nos sorprenda, lo que sí está en nuestra mano es llegar preparados a ese momento.

Y no lo hemos hecho. Hemos dado algunos pasos, pero la pugna política ha vuelto a pasar por encima de las cuestiones estratégicas, las nucleares, de lo importante. El Parlamento dio luz verde el año pasado a la Agencia Estatal de Salud Pública, pero todavía no está engrasada, de hecho no tiene Reglamento, director ni tampoco sede.

Cabe recordar que este último trámite debía estar ya despachado pero que el Ministerio de Política Territorial prefirió dar un patadón a seguir hasta el próximo 18 de agosto. ¿Cálculos electorales? Es aventurado asegurarlo. Lo que está más claro es que el movimiento no denota demasiada urgencia por impulsar una herramienta fundamental para responder ante amenazas graves para nuestra salud, ya se llamen COVID-19, gripe aviar o hantavirus.

Son incómodas, pero quizá es normal que afloren estas dudas después de ver cómo aquel consenso que cristalizó en el dictamen de la Comisión para la Reconstrucción avanza a trompicones. Al margen de la Agencia, tampoco tenemos operativo el Plan Estatal de Preparación y Respuesta frente a Amenazas de Salud Pública, un texto que ayudaría a clarificar competencias y mejorar la coordinación. Solo la Comunidad de Madrid puede presumir de haber hecho los deberes en este sentido.

Confiemos en que todo salga bien, o al menos según lo esperado. Que todo esto se quede en un momento complicado pero pasajero. En definitiva, que no tengamos que lamentar todo lo que hemos dejado de hacer tras la pandemia. Que esta crisis del hantavirus se quede en el último y definitivo recordatorio de que tenemos que estar preparados para cuando lleguen los problemas de verdad.


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