
El 29 de octubre de 2024, la Comunidad Valenciana sufrió una de los peores tormentas y desbordamientos de su historia reciente, provocados por una DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos). Esta tempestad extraordinaria dejó un saldo trágico de más de 220 vidas perdidas y alrededor de 15.000 personas desplazadas. La mayoría de las víctimas mortales eran mayores de 70 años, lo que puso de manifiesto la vulnerabilidad de los adultos mayores ante fenómenos meteorológicos extremos. Zonas enteras quedaron anegadas y comunidades aisladas, mientras los servicios de emergencia luchaban contra condiciones sin precedentes. Las imágenes de barrios enteros bajo el agua y familias evacuadas conmocionaron al país, evidenciando el inmenso poder destructivo de esta gota fría.
Consecuencias inmediatas para la salud
Más allá de los daños materiales, la catástrofe tuvo un impacto directo en la salud pública. En las semanas posteriores a las inundaciones se observó un repunte preocupante de enfermedades infecciosas. Las autoridades sanitarias registraron un aumento de alrededor del 20% en los casos de enfermedades transmitidas por el agua (como gastroenteritis y leptospirosis), atribuido a la contaminación de las aguas potables y a la interrupción de los sistemas de saneamiento. También se dispararon las infecciones respiratorias y las enfermedades transmitidas por vectores debido a las aguas estancadas y las condiciones insalubres dejadas por la riada. La DANA dejó tras de sí destrucción, desesperación y serios interrogantes acerca de la preparación de las autoridades y la resiliencia de las comunidades ante este tipo de desastres. Y, al mismo tiempo, en medio de la devastación emergieron numerosos actos de solidaridad: profesionales sanitarios, voluntarios y vecinos se volcaron en ayudar a los afectados, mostrando un fuerte sentido de comunidad pese a la adversidad.
Secuelas en la salud mental
A medida que pasaron los días, se hizo evidente que el impacto psicológico de la tragedia sería profundo y duradero. La Dirección General de Salud Pública de la Generalitat Valenciana implementó un sistema de vigilancia epidemiológica específico en la zona afectada para monitorizar la salud mental de la población. Según su informe epidemiológico a seis meses del desastre (disponible en la web oficial de Salut Pública valenciana san.gva.es), las consultas por trastornos de ansiedad y de estrés aumentaron significativamente en las áreas más damnificadas.
En comparación con zonas no afectadas, las tasas de consulta por trastornos relacionados con el estrés fueron un 28 % mayores en hombres y 27% en mujeres durante el semestre posterior al evento. En el grupo de edad de 15 a 44 años las consultas por estrés aumentaron un 31,5%, y un 27% en el grupo de 45 a 74 años. Del mismo modo, los problemas de ansiedad mostraron un incremento aproximado del 9% en ambos sexos (con subidas cercanas al 10% en adultos jóvenes y de mediana edad) tras la DANA. Este exceso de trastornos mentales refleja el enorme estrés postraumático, la ansiedad y la incertidumbre vividos por los supervivientes. En particular, algunas de las comunidades más golpeadas –por ejemplo, municipios del sur de Valencia como Paiporta o Alfafar– registraron niveles de incidencia de ansiedad y estrés que llegaron a duplicar o triplicar lo esperable en tiempos normales. Muchos vecinos perdieron sus hogares, sus pertenencias e incluso de forma más trágica, a seres queridos en la inundación, y afrontar esa pérdida ha requerido apoyo psicológico sostenido. Equipos de profesionales de salud mental se desplazaron a las áreas afectadas para brindar atención inmediata y seguimiento a las personas en duelo, con ansiedad o insomnio, y a familias que lo habían perdido todo. Estas intervenciones tempranas resultaron fundamentales para mitigar las secuelas emocionales y prevenir problemas mayores a largo plazo. Aun así, los expertos advierten que la recuperación psicológica tomará tiempo, y subrayan la importancia de reforzar los servicios de salud mental comunitarios en el proceso de reconstrucción.
Lecciones y atención global
La catástrofe de la DANA de 2024 en Valencia ha supuesto un duro recordatorio de la necesidad de fortalecer la resiliencia frente a eventos extremos. Los errores en la prevención y respuesta evidenciadas tras la inundación han impulsado un proceso de autocrítica en las instituciones: es vital mejorar los sistemas de alerta temprana, la planificación urbana (por ejemplo, infraestructuras de drenaje y barreras contra inundaciones) y la coordinación entre administraciones. Asimismo, se debe proteger a los más vulnerables –en particular las personas mayores y con enfermedades crónicas– integrándolos en los planes de emergencia y evacuación. Los responsables de salud pública enfatizan que hace falta un enfoque integral que aborde los riesgos desde una perspectiva One Health, reconociendo la interconexión entre la salud humana, animal y ambiental, así como medidas para sostener la cohesión social durante la recuperación.
El impacto de esta inundación no ha pasado desapercibido en la comunidad internacional. De hecho, ha suscitado un gran interés y solidaridad en el ámbito de la salud pública global. Como muestra, la revista internacional Public Health Reviews publicó un trabajo de nuestro grupo, incluyendo análisis detallado de la tragedia y sus implicaciones. En dicho artículo, la inundación de Valencia se califica como una verdadera “llamada de atención” (wake-up call) no solo para la región sino para Europa y el mundo, evidenciando brechas críticas en la prevención, la preparación y la respuesta ante desastres. En el trabajo resaltamos que de esta experiencia se desprenden lecciones valiosas para el futuro, incluyendo la necesidad de enfoques integradosen la gestión del riesgo climático y una firme voluntad política y comunitaria para reconstruir con más seguridad y resiliencia. En otras palabras, la DANA de 29 de octubre de 2024 ha dejado enseñanzas que trascienden las fronteras locales. La devastación y el dolor vividos en Valencia han logrado concienciar a muchos sobre los efectos del cambio climático y la importancia de prepararnos mejor ante fenómenos extremos. La esperanza es que este trágico episodio impulse mejoras sustanciales en las políticas de salud pública, urbanismo y protección civil, de modo que futuras tormentas encuentren poblaciones más protegidas, sistemas sanitarios más preparados y comunidades más unidas y solidarias frente a la adversidad.
*José Mª Martin-Moreno es doctor en Epidemiología y Salud Pública por la Universidad de Harvard y catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Valencia