
Cada 8 de marzo, el debate en torno a la igualdad, al presente y futuro de la mujer en la sociedad, los derechos y obligaciones, monopolizan la actualidad informativa y las conversaciones particulares. En general, podríamos afirmar que el avance, más lento o más rápido, no detiene su marcha. Pero para las personas que representamos la dualidad de ser mujer y enfermera, este es un día marcado en el calendario, porque hoy conmemoramos también la festividad de nuestro patrón, San Juan de Dios. Es por ello que también ensalzamos los valores intrínsecos de la profesión enfermera, la pasión por los cuidados, la responsabilidad, el servicio a los demás y la vocación.
Hoy, desde el Consejo General de Enfermería de España, denunciamos que las enfermeras -nuestra profesión es mayoritariamente femenina- se enfrentan a más obstáculos, a una doble discriminación. Primero, la que experimentan cada día todos los enfermeros y enfermeras, sin distinción de género, como la ubicación en un grupo inferior al que le corresponde en la escala de la administración pública. Pero, además, en el caso de las compañeras mujeres, a ese agravio hay que sumar otras tantas losas que caen sobre su vida diaria como la dificultad para conciliar, el sexismo, los estereotipos, machismo más o menos sutil…
Es decir, que incluso aunque una enfermera no tenga falta de reconocimiento social o profesional, otros factores relacionados con el género serán los que influyan personal y profesionalmente.
El ser enfermera y mujer siempre nos hace vulnerables en los entornos laborales, y eso puede dar lugar a que otras profesiones sanitarias masculinas o incluso pacientes masculinos tengan comportamientos guiados por el rol de ser mujer en vez del rol profesional. Hoy día, a mi pesar, sigue sucediendo y prevalecen estas conductas solamente por el hecho de ser mujer. Debemos seguir luchando para que artículos de opinión como este pasen a ser historia, testimonio del pasado, de una sociedad que erradicó diferencias y desigualdades en todos los sentidos, no sólo en lo relativo a la realidad de la mujer.
Y mientras esto sucede y copa nuestra atención y nuestro esfuerzo, no debemos dejar caer en el olvido a nuestro patrón. San Juan de Dios murió un 8 de marzo de 1550 en Granada, ciudad a la que siempre quedará unido. Muchos años antes, según la leyenda, durante un incendio, se adentró en un hospital en llamas salvando a los internos del fuego. Su abnegación y lucha por los demás le llevaron a la canonización y a ser el patrón de la profesión.
Cuando las enfermeras y enfermeros de España festejamos nuestro patrón, estamos haciendo visible la grandeza de una profesión, mayoritariamente femenina, que cuidando, avanza y se desarrolla a lo largo de la historia, con compromiso y excelencia.