Las inundaciones provocadas por la Depresión Aislada en Niveles Altos (DANA) en la provincia de Valencia han dejado un impacto que se prolongará en términos sanitarios, planteando un riesgo elevado de infecciones para las próximas semanas. En medio de un desastre natural que ha arrasado poblaciones enteras, la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC) hace una llamada a la prevención de infecciones, ofreciendo recomendaciones de salud clave. Esta situación subraya la importancia de la preparación y planificación ante emergencias, sean sanitarias o de naturales.
«Esta situación subraya la importancia de la preparación y planificación ante emergencias, sean sanitarias o de naturales»
Riesgos de infecciones
Desde la SEIMC, alertan sobre el riesgo de infecciones provocadas por distintos agentes que se transmiten a través del aire, el agua contaminada y las heridas. Entre las infecciones más preocupantes figuran:
1. Infecciones gastrointestinales: el agua contaminada por bacterias como Escherichia coli, capaz de causar enfermedades digestivas en personas que hayan tenido contacto con agua estancada o hayan consumido agua no potable. La ingestión de agua contaminada puede provocar síntomas como diarrea, vómitos y deshidratación, los cuales son particularmente graves en personas mayores y en niños.
2. Infecciones de heridas: Las heridas que hayan estado en contacto con el agua de las inundaciones tienen un alto riesgo de infección si no se tratan adecuadamente. Bacterias y otros patógenos en el agua estancada pueden causar infecciones en la piel y tejidos blandos, lo cual puede complicarse si no se dispone de una higiene adecuada y atención médica oportuna.
3. Tétanos: Aunque es prevenible mediante vacunación, la SEIMC advierte que Clostridium tetani representa un riesgo grave, particularmente para aquellas personas que no están completamente inmunizadas. Este patógeno entra a través de heridas abiertas y causa complicaciones neuromusculares potencialmente mortales.
4. Enfermedades transmitidas por vectores: La presencia de agua estancada favorece la aparición de mosquitos y otros vectores que pueden transmitir enfermedades infecciosas, como el dengue y otras enfermedades virales. Estos riesgos no solo están presentes de manera inmediata, sino que persisten a medida que las áreas afectadas tardan en drenar y se acumulan residuos.
Prevención
Las recomendaciones de prevención que los profesionales sanitarios deben tener presente y comunicar a la población afectada son:
- Uso de mascarillas: Para evitar infecciones respiratorias, especialmente las provocadas por hongos y bacterias que proliferan en un ambiente húmedo y cargado de esporas. Los profesionales que trabajan en la limpieza de áreas afectadas deberían emplear mascarillas tipo FFP2 o N95 para protegerse contra partículas y microorganismos suspendidos en el aire.
- Vacunación: Es vital mantener la inmunización contra el tétanos, particularmente en situaciones donde el riesgo de exposición a esta bacteria es elevado, como en los trabajos de desescombro. La revisión y actualización de las vacunas pertinentes debería ser una de las primeras medidas tomadas tras un desastre natural.
- Protección de heridas: Evitar la exposición de heridas abiertas al agua estancada y, en su caso, desinfectarlas de inmediato. Esto reduce el riesgo de infecciones que pueden complicarse debido a la falta de atención sanitaria en áreas afectadas.
Estos esfuerzos de prevención se desarrollan en un contexto donde las condiciones higiénico-sanitarias básicas pueden verse comprometidas durante días. La acumulación de basura, la falta de acceso a servicios básicos y el debilitamiento de la infraestructura sanitaria en las zonas afectadas se suman al problema, dificultando la respuesta y limitando la capacidad de prevenir una propagación amplia de enfermedades infecciosas.
Mejor prepararse antes
Sin embargo, la pregunta que subyace es cómo evitar que estas situaciones dejen a las comunidades en una posición de vulnerabilidad. Es evidente que la preparación y la coordinación adecuada permiten mitigar los impactos de este tipo de crisis. Sin una planificación efectiva, es poco probable que las medidas de última hora sean suficientes.
El aprendizaje, tras una pandemia como la de COVID-19 y desastres naturales como esta DANA, debería ser que es preciso estar preparados antes de que la crisis golpee. Tener recursos y medidas preestablecidas para actuar ante catástrofes puede marcar la diferencia entre una gestión efectiva y una desorganización que agrave las consecuencias.
«La idea de ‘salir más fuerte’ de una crisis puede sonar optimista pero no consuela a quien la escucha»
La idea de “salir más fuerte” de una crisis puede sonar optimista pero no consuela a quien la escucha ni evita lo ya perdido. La realidad muestra que lo que realmente nos permite afrontar estas situaciones es haber hecho los deberes con anterioridad. Para una respuesta efectiva, necesitamos contar con áreas clave claramente definidas, intervenciones necesarias planificadas, infraestructuras y material preparados, acuerdos preestablecidos y personal entrenado.
Además, es fundamental disponer de recursos materiales y planes de respuesta escritos que puedan activarse sin demora cuando surge una emergencia, además de esperar la generosidad mediante donaciones o apoyos especiales de entidades como AMA o Cofares.
Lecciones aprendidas
La necesidad de previsión en estos aspectos es un tema que se ha planteado reiteradamente desde la pandemia y ahora vuelve a debatirse con este desastre natural. Hay dudas razonables de que los avances en términos de planificación y preparación son insuficientes ante estas situaciones.
Por eso es necesario concretar políticas efectivas para anticipar futuras emergencias sanitarias, como las pandemias, y poner en práctica las lecciones aprendidas. Esto aplica a las pandemias y a los riesgos asociados a los desastres naturales. La salud pública no puede depender de respuestas improvisadas, ausentes o no especificadas; debe basarse en una planificación sólida y en recursos tangibles. Y el momento para prepararse es precisamente cuando todavía no han ocurrido.
Prepararse antes es más prudente que reconstruir después. Más que insistir en la idea de “salir fortalecidos” de cada crisis, lo que necesitamos es una preparación previa que permita afrontar un desastre inevitable con sistemas reforzados. Es preferible contar con una infraestructura robusta y bien organizada desde el inicio que enfrentarse a los eslóganes de turno después de haber atravesado la desolación de un desastre, sea de origen natural o sanitario.
En última instancia, la responsabilidad de estar preparados recae primero en las autoridades, y luego en los profesionales de la salud y en la sociedad en general. Solo mediante un enfoque de prevención, planificación y acción anticipada se logrará una verdadera resiliencia frente a futuros desastres.