Predicar está bien. Cumplir, aún mejor. Como sociedad, estamos empezando a ver las consecuencias de una política basada en eslóganes pero que no responde a los problemas. Una política de fuegos artificiales que no baja al suelo. Llevamos al menos una década en un bucle que para el sector sanitario tiene un coste especialmente alto.
Podríamos dibujar el sector sanitario como si fuera un árbol con un tronco fuerte del que salen distintas ramas: Sistema Nacional de Salud, Medicamento, Farmacia, Industria… Cada una, a su vez, tiene sus particularidades. Si la planta no recibe los cuidados necesarios, esas ramas empiezan a tener problemas y si esos problemas se reproducen, la estructura tiembla.
Metáforas aparte, las diferentes ramas del sector tienen problemas que no se están resolviendo. Podemos citar, por ejemplo, el caso de todas aquellas leyes que están obsoletas y que afectan a la capacidad del sistema para responder a nuevas necesidades: desde el Estatuto Marco y la falta de profesionales en nuestros hospitales hasta el paquete legislativo farmacéutico y la creciente competencia a nivel internacional en innovación y acceso.
«Sanidad, Medicamento, Farmacia, Industria… Cada rama del sector sanitario tiene unos problemas que no se están resolviendo«
En este punto puede ayudar a mejorar las cosas una reflexión sobre las causas que provocan este deterioro. No podemos abordarlas todas, eso conllevaría una serie de artículos -o varios libros-, pero sí me gustaría poner la lupa sobre una de ellas: la inestabilidad. Se trata de un monstruo que tiene muchas caras y que hace daño en cualquier faceta de la vida.
Si en la esfera personal un ambiente familiar estable siempre ayuda, lo mismo podemos decir de la esfera laboral, donde los equipos cohesionados y con dinámicas de trabajo bien engrasadas y ensayadas marcan la diferencia. ¿Quién puede pensar que esta cualidad no iba a ser positiva en el ámbito de lo público?
El sector sanitario acusa especialmente la inestabilidad. Las políticas que se juegan en este tablero -igual que ocurre por ejemplo en Educación- son los cimientos que tendremos en el mañana. Además, la mayoría implican el paso de una serie de años para ver unos resultados que, sin embargo, estamos exigiendo de forma inmediata mientras vemos el desfile de altos cargos. Para que una política sanitaria dé sus frutos, primero debe echar raíces, después ser regada con constancia y, por último, veremos los resultados.
«El sector sanitario acusa especialmente la inestabilidad. Las políticas aquí implican el paso de unos años para ver unos resultados que, sin embargo, estamos exigiendo de forma inmediata mientras vemos el desfile de altos cargos»
Esta estrategia de luces largas es ahora mismo un oxímoron. Se echa en falta por estos lares cuando asistimos a un fenómeno de incesante rotación en puestos políticos claves de la Administración Sanitaria. Podemos mirar a cualquier lado. En los últimos 8 años hemos tenido 10 ministros y ministras de Sanidad. Los directores de Salud Pública duran en las comunidades lo que dura un caramelo en la puerta de un colegio: en el mejor de los casos, algunos resisten una legislatura o casi, pero asistimos también a cómo en muchos casos la silla baila a los 12 o 18 meses.
Si miramos hacia las sedes de los principales partidos, más de lo mismo. Allí, la rotación es continua y la ‘cartera’ de Sanidad dentro de las ejecutivas parece más un ‘marrón’ o un trampolín hacia futuras responsabilidades -dependiendo del caso- que una oportunidad para mejorar la vida de los ciudadanos.
«La ‘cartera’ de Sanidad de los partidos parece más un ‘marrón’ o un trampolín hacia futuras responsabilidades -dependiendo del caso- que una oportunidad para mejorar la vida de los ciudadanos»
Esta rotación en puestos decisivos no es algo menor, es una forma más de irresponsabilidad institucional con dos consecuencias tan claras como nocivas: diluye cualquier responsabilidad y convierte en una quimera trazar planes a largo plazo.
La planta que tenemos entre manos empieza a marchitarse. Si no la volvemos a regar con constancia y a darle la continuidad a estos cuidados para que remonte, nunca dará frutos. Y si no da frutos o, por lo menos, logramos que no se pudra, pagaremos una factura muy cara. Mientras tanto, lanzo una pregunta: ¿preferimos ver un carrusel de reformas iniciadas que nunca se culminan o nos conformamos con que una sola de ellas llegue a buen puerto?